La Ramona y la Marrona
No esperará que, si Sánchez culmina lo de dar la ciudadanía electoral a 600.000 inmigrantes, los que proceden de Venezuela, Cuba o Nicaragua, introduzcan la papeleta podemita en la urna. Creo que en el Helicoide de Maduro los Galapagar no son muy seguidos
Irene Montero gritaba fanática y enajenada hasta la afonía en un mitin en Zaragoza que había que acabar con los fachas. Entendamos por facha, si es que estamos dotados para ser iluminados por la inteligencia artificiosa de la susodicha, todo aquel que no vota a Podemos porque no quiere convertirse en donante involuntario de la saneada economía familiar de los Iglesias, regada por los euros de la Eurocámara y por las aportaciones a la taberna (in vino veritas) del macho-alfa. Españoles que no están dispuestos a llenarles la piscina de la mansión en Galapagar, ese reducto desde donde la farsante transprogresista alienta un apartheid. Fachas que serán sustituidos por inmigrantes, todo esto aventado desde la dacha obrera que el matrimonio se compró mientras jugaban a hacerse los pobres.
Porque Irene Montero cree que todos –«chinas, negras y marronas», dixit– contribuirán, debidamente manipulados, para que ella y su Pablo puedan seguir viviendo entre fascistas y disfrutar de la sinecura, pero con la pureza de la revolución en sus venas, con las barricadas en el alma y las barreras de seguridad en el jardín. Ahora bien, alguien le tendría que decir a la mujer de Iglesias que igual muchos de esos extranjeros residentes en nuestro país, a los que dice proteger, proceden de países hispanoamericanos hundidos en la miseria y en la represión por regímenes comunistas, como los que ella defiende, y cuyos fondos ilegales pagaron el crecimiento de Podemos. ¿Y si le sale el tiro por la culata? No esperará que, si Sánchez culmina lo de dar la ciudadanía electoral a 600.000 inmigrantes, los que proceden de Venezuela, Cuba o Nicaragua, introduzcan la papeleta podemita en la urna. Creo que en el Helicoide de Maduro los Galapagar no son muy seguidos.
Sepámoslo ya: en el desquiciante régimen que Sánchez ha instaurado los proletarios viven entre escoltas, chóferes, asistentas, cuidadoras, jardineros, coches de alta gama y, encima, profieren insultos contra las clases que jamás han podido disfrutar de tales prebendas y mantienen con sus tributos confiscatorios toda esa vida padre. Cuando Irene era una de esos que hoy le sirven, y trabajaba de cajera en una tienda de electrodomésticos, se conjuró para asaltar los cielos y ¡voto a bríos! Que lo ha conseguido: asaltó el cielo más bonito de Madrid, el de su sierra blanca plagada de clases acomodadas y fincas bien cuidadas. Y mientras iba de feminista, escondía las acusaciones de las «hermanas» que denunciaban a sus «hombres»: Hermana, yo sí te toqueteo, parecían mascullar sus compañeros ante la pasividad de la reina del medro conyugal.
Irene espera que los inmigrantes vengan a socorrerla electoralmente frente a más de ocho millones de españoles, o de media humanidad si fuera necesario, a los que habría que aplicarles la máxima de Hamás, sus amigos del alma: «Desde el río hasta el mar». «¡Ojalá teoría del reemplazo! ¡Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora!», se desgañitaba la pablonaria. Todos los que osan no invertir con sus impuestos en su vida acomodada son «unos vividores» que no merecen votar. Son exactamente esos «vividores» que se dedican a currar, comer de su esfuerzo, ahorrar, comprarse una vivienda que, a veces, tienen la ocurrencia de alquilar y luego enfadarse si los inquiokupas quieren quedarse sin pagar. Para defender –a los malos– ya está Irene. Supongo que los okupas en todas sus versiones también nos reemplazarán a todos. Irene podría abrir su mansión a esta chusma y dar ejemplo.
Con su marido y la turbia Ione han fracasado importando un modelo de Gobierno que ha sido un infierno para medio globo terráqueo. Ahora, ya solo les queda alimentar su pyme familiar, dependiente de unos miles de votos para subsistir; tampoco es pedir tanto. Entre la Ramona y la Marrona han pasado exactamente 50 años. La letra de La Ramona, cantada por Fernando Esteso, que tristemente nos acaba de dejar, no resistiría los estándares actuales. En eso hemos mejorado. El cine de destape fue muy seguido en aquel tiempo porque era el fruto de una España que hace medio siglo empezaba a amanecer sin pijamas y con picardías. Un tiempo hoy afortunadamente superado en muchos aspectos, pero no necesariamente mejorado por los valores que nos quiere imponer la izquierda. Si en aquella canción, que hoy todavía se revisita masivamente en fiestas y karaokes, encontrábamos letras obscenas, un punto misóginas, y poco compatibles con la igualdad, en pleno siglo XXI tenemos a políticas, como la Marrona, colocadas por sus maridos en puestos de poder, haciendo discursos de debilitamiento de las mujeres, como si necesitáramos ser defendidas por unas impostadas nuevas feministas, y lo que es peor, gritando mensajes de odio, casi genocidas, contra los que no piensen como ellas. Españoles, judíos..., grey fuera del pensamiento irenevesánico: si molestan, fuera.
Así que entre la Ramona de Esteso y la Marrona de Irene Montero, no sabría con quién quedarme. O sí lo sabría.