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Una diputada española en el Parlamento Europeo ha declarado su odio a España. Sentimientos tan fuertes y personales como el amor y el odio no parecen susceptibles de debate. Uno puede odiar a su patria, a su madre, a sus antepasados, a sus descendientes, puede odiar las acelgas, a Cervantes o al clima polar. El odio es libre; no así sus eventuales consecuencias, que pueden llegar a constituir delito. Pero un parlamentario que profesa el odio a su país debeppadecer una grave patología del corazón y no me refiero a las que requieren consulta al cardiólogo. ¿Acaso podría comenzar sus discursos parlamentarios con estas palabras? «Odio profundamente a mi país y estoy aquí para procurar los mayores males para él».

Ante la historia y la realidad de España caben básicamente tres actitudes: la loa absoluta e incondicional, la impugnación a manos de la «leyenda negra» y una actitud más acertada que reconoce las muchas grandezas y los menos horrores. No ama más a España quien niega sus errores y no ve en ella cosas dolorosas en el pasado y otras que deben ser mejoradas en el futuro. Entre estos errores históricos se encuentra la actuación de la Inquisición, la expulsión de los judíos y los moriscos, la represión brutal contra los protestantes, especialmente en Flandes, y algunos graves abusos (rechazados por las leyes) en la empresa americana. En general, la creencia de que todos los españoles eran católicos o debían serlo. Pero estos errores o parecidos o más graves fueron también cometidos por otras naciones como Inglaterra, Francia o Alemania. Esto ciertamente no es consuelo, pero sí motivo para preguntarnos por qué la leyenda negra solo se dirigió injustamente a España. Porque la leyenda negra no consiste en la denuncia de abusos o errores, sino en la descalificación absoluta de una nación como tal, la creencia de que ella misma es un error que nunca debió existir y que no debe existir en el futuro.

Piensa Julián Marías que para que se produzca la leyenda negra tienen que cumplirse de modo coincidente tres condiciones. La primera es que se trate de un país muy importante con el que necesariamente hay que contar. No ataca la leyenda negra a un país menor o insignificante. La segunda es que exista una secreta admiración, envidiosa y no confesada, por ese país. Y la tercera, la existencia de una organización, que pueden ser varias, que la defienda y propague. Las tres se han dado en el caso español. Y probablemente solo en él, salvo quizá en los Estados Unidos en tiempos mucho más recientes. La obra histórica de España no admite comparación con la de ninguna otra nación, incluida Roma: la Reconquista, la pronta unidad nacional, la conquista de América, la expansión en el Mediterráneo, Flandes, Italia, la derrota del intento de hegemonía turca en el Mediterráneo. Cuentan que estaba ya el filósofo Nietzsche sumido en las tinieblas de la locura, cuando oyó hablar en español a unos amigos paraguayos que visitaban a su hermana, y levantando los ojos del piano en el que improvisaba, exclamó: ¡Ah, los españoles; esos quisieron ser demasiado! Y acaso lo fueron. En definitiva, la leyenda negra es hija del odio y del resentimiento, de errores intelectuales y morales. El amor es vidente y el odio ciego.

¿Qué odian verdaderamente los que odian a España? La esencia cristiana de su proyecto histórico, entendido como incompatible con el islam. Esto ayuda a comprender muchos acontecimientos de nuestros días. También la increíble, en el estricto sentido de la palabra, obra en América cuyos logros no detallaré aquí. Y quizá, sobre todo, la indeclinable fidelidad de España a la idea y realidad de una Europa cristiana. Todo esto se cuestiona y se desconoce hoy y da lugar a que el odio a España constituya una forma del odio de Europa a sí misma. Odie cada quien lo que quiera, aunque mi recomendación es que toda persona debe alejar el odio de sí misma y no odiar nada ni a nadie, pero odiar a la nación que uno mismo representa parece una grave anomalía intelectual y moral.