La baza de Sánchez
Sánchez lo apuesta todo a perder las generales, frente a dos adversarios cuya torpeza les haga imposible un acuerdo de gobierno. La puerta de su retorno se abriría, entonces, como salvífica hipótesis de estabilidad
Hemos asistido a un ensayo general. Analicemos sus pistas. Tras el batacazo socialista en las elecciones aragonesas, ¿es, de verdad, tan negro el horizonte que se abre ante Pedro Sánchez? Nos gustaría que lo fuera. Pero puede que no lo sea tanto.
El actual presidente del Gobierno es un sujeto moralmente detestable. No creo que eso a él le preocupe mucho. Pese a su blindado analfabetismo, puede que tampoco falten entre sus asalariados quienes puedan susurrarle aquel pasaje clave en el que Maquiavelo retrata al más odioso entre los poderosos de su siglo. Y, al tiempo, el político más eficiente: «Jamás hizo cosa alguna, jamás pensó en cosa alguna, que no fuera en engañar a los hombres: y siempre halló el modo de poder hacerlo. Y jamás hubo hombre que tuviera mayor eficacia en afirmar y reafirmar con los mayores juramentos una cosa y hacer la contraria. Pero, sin embargo, los engaños siempre le funcionaron a su gusto, porque conocía bien las cosas de este mundo».
Pedro Sánchez Pérez-Castejón es la versión jibarizada de aquel gigante luciferino, cuyo perfil tan equitativamente esboza el sobrio Canciller toscano. Una versión raquítica, si se quiere. En lo intelectual, por supuesto. Pero igual de exenta en escrúpulos morales. En resumen: un político de nuestro tiempo.
Los resultados de las autonómicas en Aragón no pueden ser vistos por él más que como un canon. El canon –la verdad, bastante espeluznante– de lo que puede estar aguardando a esta pobre nación nuestra en los meses que vienen de camino: la ingobernabilidad. En su esquema resumido: un PP con mayoría muy amplia, pero no absoluta; un PSOE (o, con más exactitud, un Partido-Sánchez) derrumbado, pero no lo bastante para extinguirse; un Vox en un ascenso tan grande como para dejarse arrastrar por el señuelo de estar a punto de tocar la hegemonía conservadora en España. Y, en los márgenes, unos cuantos residuales chiringuitos con apodo de partido.
A primera vista, el resultado de ayer es catastrófico para Sánchez. Y lo sería más aún, trasplantado a la escala de unas elecciones generales, no ya tan lejanas. Pero esa primera perspectiva puede engañar.
La aplastante mayoría electoral del PP no sirve absolutamente para nada sin la conformidad de los considerables escaños de Vox. Vox, en espectacular racha de ascenso, no puede permitirse el lujo de ceder ante la derecha clásica una especificidad programática en la que piensa tener la clave para alcanzar su inexorable mayoría en los agrios años que vienen. El modelo Marine Le Pen tiene para los de Abascal un brillo hipnótico: basta con resistirse a todas las tentaciones pactistas, para que el electorado anti-socialista acabe siendo mayoritariamente nuestro. El PSOE (o, más bien, el Partido-Sánchez), de momento, no cuenta para nada.
Para nada, salvo para asistir al espectáculo de cómo los dos aspirantes a la hegemonía conservadora –anoche en Aragón, pronto en España– se descuartizan por la apropiación del voto de una clientela común y mutuamente se neutralizan. Es el momento de revestir perfil bajo: lo bastante bajo como para que el electorado vaya olvidando que el Partido-Sánchez no es un partido, sino una banda de gánsteres. Si la ingobernabilidad conservadora se confirma, blindar el olvido de los años delictivos del socialismo del siglo veintiuno será fácil. Y, una vez recompuesta la máscara de aquel pluscuamperfecto PSOE de los años treinta del siglo veinte –que, en pura realidad histórica, jamás existió–, todas las mitologías guerracivilistas volverían a soplar a favor de su retorno.
Sánchez lo apuesta todo a perder las generales, frente a dos adversarios cuya torpeza les haga imposible un acuerdo de gobierno. La puerta de su retorno se abriría, entonces, como salvífica hipótesis de estabilidad. Si Abascal y Feijóo no perciben la letal eficacia de tal cálculo, si prefieren seguir jugando a su adolescente parchís de hegemonías, nunca podrán quejarse de que el pícaro, de nuevo, les levante la cartera. Y todos, sí, tendremos demasiado que reprocharles. A todos. Aragón ha sido un ensayo general. Nada más que eso. Puede que nada menos.