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HorizonteRamón Pérez-Maura

Las lenguas, no solo en Andalucía

Este disparate de las lenguas autonómicas no es solo de Montero y es más grave de lo que parece. Convertir el bable en una lengua oficial en Asturias no puede tener menos sentido. Y ahora el socialismo asturiano está en esa batalla

Uno se pregunta cómo puede cometer la vicepresidenta primera del Gobierno de la nación la imbecilidad de hablar de lenguas de Andalucía. Solo se me ocurre el viejo y perverso principio político de que hablen de ti, aunque sea mal. María Jesús Montero es para mí un personaje disparatado, que con sus gesticulaciones durante sus proclamas de campaña demuestra que hay algo que no funciona bien en ella. Y más interesante aún, todavía funciona peor el cerebro de los que la aclaman en sus discursos de petición del voto. Porque vitorearla después de lo de las lenguas andaluzas solo puede hacerlo un analfabeto a quien le da igual blanco que negro.

Pero este disparate de las lenguas autonómicas no es sólo de Montero y es más grave de lo que parece. Convertir el bable en una lengua oficial en Asturias no puede tener menos sentido. Y ahora el socialismo asturiano está en esa batalla. Un buen amigo me enseñó hace un mes una invitación que había recibido de la consejera de Cultura del Principado, la socialista Ana Vanesa Gutiérrez González, presentándose como conseyera de Cultura, Política Llingüística y Deporte e invitando a la presentación del llibru ‘Diccionariu de la manzana, el pumar y la sidra con refranes y espresiones populares sobre elles. Eso fue el 26 de enero, perdón, de xineru. Y, para quien lo dude, pumar en castellano es manzanar y en mi tierra montañesa un prau.

He pasado el último fin de semana en La Coruña con un periodista local como anfitrión. Y rápidamente me ha venido a la memoria algo que ya deduje el 8 de octubre de 2022. Había acudido entonces con mi familia a ganar el Jubileo a Santiago y, a sugerencia de un hermano, fuimos a visitar el Museo de Grabados de Noia. Me pareció una colección notable, con capacidad de atraer público. Pero en todo el museo el único idioma que se empleaba en la cartelería era el gallego. Vaya boina llevan puesta, pensé.

Este fin de semana pasado en La Coruña he tenido una impresión similar. La cartelería en toda la ciudad está en gallego. No recuerdo un solo ejemplo en el que lo viéramos en español. O en inglés, por mencionar una alternativa útil para los turistas de los cruceros que tienen la ciudad entre sus destinos favoritos. Pero lo más curioso es que por la calle, que paseamos mucho en esas 48 horas, no escuché hablar en gallego prácticamente a nadie. Ni en los restaurantes, ni en la exposición de Annie Liebowitz que fuimos a ver, ni en la Misa de 12:00 en la parroquia de Santiago, ni a los muchos coruñeses que interpelaban a mi amigo por la calle.

Yo no creo que Manuel Fraga se equivocara cuando promovió el gallego. Entendió que en Cataluña y Vasconia el idioma se había convertido en un instrumento del independentismo e hizo bien en no ceder esa baza. Hoy lo emplean todas las instituciones que no son exactamente de la izquierda independentista. Y yo respetaría que se usase. Pero lo que es absurdo es que no conviva, en la práctica, con el español. Tan legítimo como el gallego. Convendría que el PP no se avergonzara en ninguna parte de lo que representa. Y en Galicia, donde el PP ha logrado una plusmarca electoral inverosímil, que Vox no tenga ni un diputado autonómico, deberían espabilar si no quieren dejarle el terreno sembrado. Ellos sabrán.