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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Muerte de un columnista

Porque un columnista tiene que ser antipático. Es un deber moral. Gregorio Morán, que era un bendito en el trato directo, sabía exhibir una antipatía artesanalmente blindada cuando escribía. Sólo los entendidos saben que es esa, quizá, la virtud más alta del oficio. Y la más innegociable

No tantos habrán reparado anteayer en la noticia, fuera del gremio. Gregorio Morán ha muerto. Nunca fue un columnista de moda. Sencillamente, detestaba con cordialidad las modas. Y se negó siempre a practicar el rentable deporte de halagar al lector. Y, aún más —y con mayor riesgo y empeño— se negó siempre a plegarse al deporte de complacer a sus superiores jerárquicos. Se limitaba a despedirse cada vez que un jefecillo necio osaba sugerirle que cambiase una coma de su texto. A lo largo de cuarenta años, sus Sabatinas Intempestivas fueron transitando de una cabecera a otra en la prensa española. Y se convirtieron en lectura obligada de los profesionales de esto. Sin jamás una reverencia a nadie. No hay mayor prestigio para un periodista.

Ser execrado por Morán era una forma de honor que uno le agradecía. Si es que uno tenía la inteligencia imprescindible para reírse de sí mismo. Porque sabía uno que no haberse llevado un gruñido del ogro Morán, era exactamente lo mismo que ser nadie en este oficio. Yo le agradecí siempre sus medidas exhibiciones de mal humor. Aun en las más hurañas de ellas, había siempre una seria enseñanza: «no olvides que eres mortal». No lo olvidaba él. Jamás. No tantos en el gremio dominan eso. Los contundentes excesos de Morán fueron un signo de aristocrática distinción en el tan sesteante universo periodístico de la España reciente.

Porque un columnista tiene que ser antipático. Es un deber moral. Gregorio Morán, que era un bendito en el trato directo, sabía exhibir una antipatía artesanalmente blindada cuando escribía. Sólo los entendidos saben que es esa, quizá, la virtud más alta del oficio. Y la más innegociable.

Y era Morán, además de eso, un estudioso capaz de encerrarse durante años, para salir de los archivos con un puñado de libros imprescindibles. Yo valoro, sobre todo, su Miseria y grandeza del Partido Comunista de España. 1939-1985, sencillamente porque no es solo un gran libro; es un libro al que sus circunstancias de elaboración convierten en único. Y algunos de cuyos hallazgos no podrán ya ser recuperados por investigador alguno en el futuro.

Morán había tenido acceso a los archivos del PCE, apenas llegados del Este. En cajas, todavía sin desempaquetar y clasificar, habían sido puestos bajo la tutela del precario centro de estudios que el partido había instalado en la madrileña calle Alameda y cuyo control ejercía uno de los más fascinantes personajes de la clandestinidad comunista: Domingo Malagón, el humilde artesano que había falsificado, durante decenios, las documentaciones de los clandestinos, sin que jamás una de ellas fuera descubierta. Morán pidió a Malagón permiso para lanzarse de cabeza dentro de aquellas cajas repletas de misterios. La respuesta da el retrato exacto del personaje: «Gregorio, de momento, nadie me ha dado órdenes al respecto. Mientras no me lleguen, puedes hacer lo que quieras. Cuando la orden llegue, aplicaré lo que me digan». Antes de que llegase esa orden, Morán exhumó de aquel maremágnum papeles literalmente alucinantes. Que nadie los busque ahora en ese fondo, porque ya no están: llegó la orden. Sólo queda de aquellos papeles la resonancia en su libro. Y esa, como mínimo, es una deuda que la historiografía española deberá guardar siempre con Gregorio Morán. Aunque dudo de que los historiadores actuales sean lo bastante generosos para reconocerla.

Lo que escribía yo no solía gustarle a él. A mí, lo que él escribía, me gustaba casi siempre. Y creo que, en lo personal, nos apreciábamos demasiado para que preferencias ideológicas o políticas nos afectasen en lo más mínimo. Dice en algún lugar Ezra Pound que un escritor contradice solo a aquellos escritores que valen la pena. Los demás no existen. Y Gregorio Morán existía. Mucho.