24F: 'Carpe diem'
Lo de antes del 24 de febrero lo he borrado. Y no entiendo cuáles puedan ser las lógicas de esta rememoración, fingida ahora, con un par de puñados de papeles muertos
No entiendo cuáles son las lógicas de esta rememoración, ahora, de papeles muertos. Ni nadie me hará creer que todo lo que en los archivos se preserva del golpe de Estado de 1981 es ese triste puñado de cuartillas en las que no hay nada que no supiéramos: desde el primer día.
Y no entender me desasosiega. Si, en esos amarillentos papeles que acaban de ser puestos al alcance de todos, no hay una pizca siquiera de información novedosa, ¿a qué vino tanta alharaca, promovida por el presidente del Gobierno, en torno a lo trascendental que iba a salir a flote?
Las vísperas de la «revelación» habían sido altamente enigmáticas. Se podía pensar en que soñara Pedro Sánchez con desplazar la atención morbosa que nos viene haciendo a todos especular con el verosímil presidio que amenaza a su familia y a él mismo. Si tal era el propósito, estaba exigido que los papeles fueran una bomba nuclear en el corazón del Estado. Si algo pusiera en la diana del golpe de Estado de hace 45 años al Rey Juan Carlos o a Felipe González, las cuitas judiciales de los hermanos Sánchez, de Begoña Gómez o de Zapatero pasarían a ser anécdotas casi cómicas. Estaríamos ante el escándalo más monumental del último medio siglo.
No ha sido así. Cualquier, no digo ya historiador, cualquier ciudadano culto conocía, en sus rasgos generales, lo que esos papeles revelados anteayer contienen: miseria, anacrónica miseria nacional. Y nada más que eso. Publicarlos, ni perjudica ni beneficia a nadie. Solo nos hace recordar lo casposos que éramos por aquellos días. Una lección de humildad, no necesariamente imprescindible.
Apenas si recuerdo nada de aquella tarde. He hecho todo cuanto he podido para borrar de mí su memoria. Bastante displacer tiene la vida como para añadirle sordideces subsidiarias. Pero recuerdo bien, muy bien, todo lo que vino a partir del día siguiente. Todo lo que nacía aquel 24 de febrero de 1981. Que fue —días, meses, algunos años…— todo. Lo que vale la pena recordar. La luz, demasiado brutal, que viene a cegar los ojos después de la tormenta. Pero uno ni siquiera percibe su ceguera. Sólo el exultante empeño en gritar que la tormenta ha pasado.
No, no se engañen los más jóvenes. No se traguen la mentira que les cuentan. La Transición aquí no comenzó tras las pompas fúnebres de 1975, ni tras la solemne redacción de un texto constitucional en el 78. La Transición, la de verdad, no la política; la que hace mutar las almas y las pone ante la orilla extrema desde la cual se pueda saltar al cielo o al vacío, comenzó un 24 de febrero del año 1981. Duró algo menos de un decenio. Después, volvieron las sombras. Y un cálido guarecerse en los clásicos, que siempre acogen a quien sabe refugiar en ellos lo perdido: lo que «después de acordado, da dolor».
Ya joven profesor por aquellos años, yo –es injustificable– no había leído aún a Ernst Dawson: «No duran mucho los días de vino y rosas: / de un sueño neblinoso / nuestro camino emerge por un instante, se cierra de inmediato luego / dentro de un sueño». A partir del 82, pasados ya los meses del desconcierto, Madrid desencadenó su fiesta. Sospecho que fue, en diversas medidas, igual en toda España. La vida era posible. En el vino y en las rosas. Si alguien era lo bastante ingenuo para pensar que esa vida sale gratis, acabaría por pagarlo. A un precio alto. No, no había leído a Dawson. Por fortuna, sí a Horacio: «…He olvidado tantas cosas, Cynara, arrastrado por el viento: / rosas arrojadas, rosas pisoteadas por el turbión, / danzando hasta volverlas pálidos lirios de olvido».
Fueron años, no sé…, años extraños, desde luego. Los de mi edad los vivimos como un desquite o un paréntesis. Que acabaría por cerrarse y que no dejaría mucho más que una añoranza literaria y alguna que otra cicatriz. Las cicatrices cierran. Las añoranzas…, ¿quién sabe eso? No fue ese, desde luego, un tiempo largo. No lo es jamás el tiempo de un paréntesis. No son largos «el llanto y la risa, / el amor, el deseo y el odio: / no tienen, creo, parte en nosotros, luego / de que hayamos pasado nuestra puerta». Sólo la memoria pervive. Recuerdo la ciudad insomne que vino luego. Lo de antes del 24 de febrero lo he borrado. Y no entiendo cuáles puedan ser las lógicas de esta rememoración, fingida ahora, con un par de puñados de papeles muertos.