La presidenta del Congreso, Francina Armengol, durante su intervención en el acto de la Constitución de 1978
Armengol y la Constitución de 1931
La ignorancia de Armengol frente a los datos: el fracaso de una «Constitución de izquierdas» que dinamitó el consenso y la estabilidad en España
En un acto celebrado en el Congreso de los Diputados el pasado 17 de febrero para conmemorar «nuestra Constitución más longeva», pues la de 1978 lleva ya 47 años vigente, Francina Armengol pronunció un discurso ante los Reyes, representantes políticos y «padres» de la Constitución en el que, tras repasar las Cartas Magnas de nuestra historia, hizo un encendido elogio de la Constitución promulgada por la Segunda República en 1931 que, según ella, «llevó al país a ser una república democrática», añadiendo que «aquel texto fue uno de los más renovadores y progresistas de su tiempo, pero se vio truncado, como tantas vidas en nuestro país, por el golpe de Estado, la guerra civil y la instauración de la dictadura franquista, que duró hasta 1975, casi cuatro décadas».
Siendo conscientes de las carencias históricas y jurídicas de Armengol, su alegato sobre la Constitución de 1931 estuvo fundamentado en lugares comunes y tópicos manidos de una izquierda poco ilustrada, demostrando gran ignorancia sobre las funestas consecuencias que aquella norma fundamental acarreó para el pueblo español. Empezando porque su principal redactor, el profesor de Derecho penal -y militante del PSOE- Luis Jiménez de Asúa, que la elaboró en escasos cuatro meses, se había jactado públicamente el 27 de agosto de 1931 (la Carta Magna se aprobó el 9 de diciembre siguiente) de que estaba redactando una «Constitución de izquierdas», para nada destinada a garantizar los derechos civiles y políticos de todos los españoles.
Por ello, la Constitución de 1931, concebida sin el consenso de un amplio espectro ideológico, se fundamentó en la poco democrática premisa de que los republicanos de izquierda siempre controlarían el poder, algo seguramente fascinante para la sectaria Armengol. Tampoco contaron los republicanos de izquierda con la otra mitad de España para llevar a cabo la reforma militar, la reforma agraria o la nueva relación entre Iglesia y Estado, planteadas todas en sentido revanchista y sin una búsqueda de consenso sobre temas que la mayoría de los españoles querían claramente reformar. Ya Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la Segunda República y uno de los políticos republicanos más moderados, llegó a reconocer que la insistencia en quitar derechos fundamentales a los cristianos y perseguir directamente a la Iglesia era planear una Constitución para una guerra civil.
Armengol omitió que durante los 5 años que duró la Segunda República hubo que suspender las garantías constitucionales 62 veces
Lo que Armengol omitió comentar, imbuida de la típica cultureta republicana de extensión oceánica y profundidad milimétrica, es que durante los 5 años que duró la Segunda República hubo que suspender las garantías constitucionales 62 veces mediante la declaración de estados de alarma, excepción y guerra. Y que el país tuvo 19 gobiernos diferentes -un gobierno cada 3,5 meses- y se celebraron 3 elecciones generales. La bondad de una norma se mide por sus efectos, y la ensalzada Constitución de 1931 trajo un periodo terrible de inestabilidad política, desequilibrio entre fuerzas sociales y escasas garantías democráticas.
Y queda añadir el capítulo de la violencia. Desde la derrota de la izquierda en las elecciones de 1933, tras dos años de vigencia de la nueva Constitución, la política española se radicalizó gravemente. Entre 1934 y el verano de 1936 se produjeron más de 2000 muertos por violencia política, entre ellos el jefe de la oposición monárquica José Calvo Sotelo, asesinado por militantes del PSOE que luego robaron el sumario del Tribunal Supremo. El catedrático Eduardo González Calleja calculó que se produjeron 196 muertos en 1931, 190 en 1932, 311 en 1933, 1457 en 1934, 46 en 1935 y 428 en 1936. Las propias izquierdas se sublevaron cuatro veces contra la República, siendo especialmente relevante la Revolución de octubre de 1934 en Asturias y Cataluña, que causó 1372 muertos. Miguel Platón ha explicado en «Segunda República, de la esperanza al fracaso», que 63 edificios públicos fueron incendiados o dinamitados y 739 casas particulares, 58 iglesias, 58 puentes y 26 fábricas. Esa era la idílica sociedad republicana («una democracia poco democrática», como la definió el historiador Javier Tusell; o una «democracia sin demócratas», como la ha llamado la hispanista sueca Inger Enkvist) que nuestra nada añorada Armengol reivindicó hace pocos días cuando se conmemoraba la Constitución de 1978.
La servil Armengol siempre que abre la boca muestra un sectarismo vergonzoso y su falta de nivel para desempeñar un alto cargo institucional
El profesor Roberto Villa, uno de los más prolíficos investigadores de la moderna historiografía no contaminada por el marxismo, ha publicado en X lo siguiente: «Es normal que el PSOE la reivindique (la Constitución de 1931) porque fue obra suya… Armengol la hace aparecer como el meteorito que acabó con los dinosaurios... Lástima que no pudiera explicarnos cómo fue posible que su propio partido se levantara en armas contra la sin par Constitución».
Qué va a explicarnos la servil Armengol, quien siempre que abre la boca muestra un sectarismo vergonzoso y su falta de nivel para desempeñar un alto cargo institucional. Aún me descacharro recordando que un veterano periodista mallorquín la comparó con Antonio Maura.