¿Quién llorará a Alí Jamenei?
Ahora, Jamenei ha muerto. ¿Habrá alguien, de verdad, entre los que en España se lucraron de sus favores económicos, que se detenga a verter «un Orinoco de lágrimas» sobre su santa tumba
Nadie verterá una lágrima por los clérigos iraníes. Porque tampoco nadie, en el último medio siglo, masacró a su población civil en cifras más altas: varias decenas de miles, sólo en la represión de las manifestaciones últimas. Irán ha sido, desde 1979, el reducto de la más atroz infamia: la de un clero que decide acerca de la vida y la muerte sin más criterio que el que su misión profética dictaba.
En el año 1979, en efecto, Jimmy Carter asumió, como presidente de los Estrados Unidos, el brutal error de cálculo. Harto de las arbitrariedades de un déspota coronado, el entonces presidente de los Estados Unidos apostó por los «hombres santos», capaces de poner orden moral en aquel Irán loco de fastos imperiales. Olvidó la norma más sencilla de la política moderna: que un corrupto –incluso con psicopatías imperiales– es siempre sencillísimo de controlar mediante cuenta bancaria. Y que, en política, un santo es puerta abierta a la general matanza cuyo poder salvífico sólo él regula. Carter apostó por la santidad en el poder. Esto es, por el poder absoluto de aquellos que sólo de su dios recibían las órdenes. Y fue aplaudido casi unánimemente en Europa por la piadosa decisión tomada. Cuando occidente quiso darse cuenta de lo que había hecho, ya no tenía remedio. Medio siglo después, nos asomamos al estéril cementerio cuyo alzado se propició entonces.
Jomeini fue trasladado, desde su exilio en París hasta Teherán, bajo escolta militar francesa. Y se erigió en guía espiritual de un régimen que no reconocía más gobernante que Alá. Ni más ley que la divina: la sharía.
En la República Islámica, que sustituyó al régimen imperial, las decisiones políticas era Alá quien las tomaba. Éste, naturalmente, precisaba de un traductor o intermediario para ponerlas en el lenguaje humano que los gobernantes civiles no debían hacer más que aplicar. Jomeini fue ese traductor durante los nueve años y medio que duró su vitalicio destino. Su sucesor, Alí Jamenei fue mejor agraciado por la bondad celeste: dispuso de casi treinta y siete años para ejercer su providencial oficio de sacrificador supremo. Como portavoz de aquel en cuya voz no habla más que la verdad, el líder espiritual de una teocracia ni puede equivocarse, ni tiene límites. Jomeini primero, Jamenei a continuación, no ocupaban cargos políticos: eso son fruslerías. En una teocracia, no es la voz del líder la que está resonando cuando se digna dirigirse al pueblo. Es la voz de Dios, a través de un altavoz humano. Exactamente. Y esa voz lo abarca todo –no sólo la política– en su infinita potencia.
Por eso la «constitución» de la República Islámica de Irán pone en manos exclusivas del Líder Espiritual Supremo la tarea de establecer las líneas maestras de la política, exterior como interior, de un gobierno al cual puede destituir en cualquier momento. Y lo habilita para ejercer el mando supremo del ejército, en sus dos ramas, la regular y la más ferozmente sacralizada, la de los Guardianes de la Revolución. Y hace de él garante último de una justicia que se ejerce en estricta aplicación del código fijado en la sharía, cuyo intérprete es el Guía espiritual mismo.
Ningún sentido tiene fijar límites o divisiones en el poder, cuando es el Único, el Grande, quien está ejerciendo una potestad homogénea sobre un pueblo que es estrictamente suyo.
De sus decisiones –de todas– sólo ante Alá responde el Guía espiritual. De nada cuanto acometa, pues, podrá ser responsabilizado ningún otro: toda legitimidad se juega en exclusiva en la partida de ajedrez entre el Ser Supremo y él.
Jomeini y Jamenei ejercieron con literalidad ese mandato. La sharía fue universalmente aplicada. Las mujeres iraníes, muy occidentalizadas antes de 1979, fueron encerradas en sus velos y en sus casas, y sometidas al poder autista de sus amos varones. Los opositores eran enemigos de Alá por el solo hecho de oponerse a sus mensajeros: fueron exterminados, como todo enemigo del Supremo merece. Quienes no se ajustaban a los criterios morales de los ayatolás –homosexuales o adúlteras, por ejemplo– no podían ser otra cosa que perversos contaminados por la decadencia occidental: no había para ellos más cura que la muerte; sus cadáveres, colgados de grúas, o lapidados en los descampados, pasaron a ser parte del paisaje. Los libros que osaran hacer competencia al Libro, al único Libro, fueron destruidos; perseguidos, sus autores. El acoso y final mutilación de Salman Rushdie es el más vergonzoso de esos casos, porque nos afecta a todos cuantos decimos vivir en un mundo libre que no supo defenderlo.
Han sido centenares de miles las víctimas de esos piadosos portavoces del paraíso, de esos carniceros de Alá. Ahora, Jamenei ha muerto. ¿Habrá alguien, de verdad, entre los que en España se lucraron de sus favores económicos, que se detenga a verter «un Orinoco de lágrimas» sobre su santa tumba? ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede, en esta España, sorprenderse ya de nada?