La desbandada sacerdotal
Pero ese sometimiento a las pasiones y el no vivir la vocación son, sin lugar a dudas, la principal causa de la desbandada –y de la fragilidad matrimonial–. Conviene tenerlo presente para pelear el noble combate, acabar la carrera, conservar la fe
Un amigo sacerdote contaba la historia de un padre de familia que cada vez que entraba en su iglesia y pasaba por delante del confesionario, tenía que dar media vuelta porque experimentaba un gran malestar.
Un día el sacerdote le preguntó el motivo de su comportamiento. Ese hombre le dijo que en su juventud el Señor lo había llamado al sacerdocio, pero él le había dado un no al Señor y decidió contraer matrimonio. Pasar por delante del confesionario le recordaba el momento en que declinó la invitación y le pesaba enormemente.
Con muy buen criterio, el sacerdote le dijo que, aunque hubiera hecho oídos sordos a la llamada, ahora estaba felizmente casado y eso era lo que Dios quería. Había elegido un camino, lo había sellado en el altar, y esa era su vocación, no otra. Tenía que ser un esposo y un padre de familia fiel y ejemplar.
No veo razón por la que no deba funcionar del mismo modo el sacerdocio. En el momento en el que uno, libremente, se compromete, el Señor bendice ese compromiso y da la gracia necesaria, si se le pide, para vivirlo con fidelidad.
Aunque actualmente da la impresión de que el compromiso sacerdotal o matrimonial es válido mientras las pasiones lo acompañan, y cuando dejan de hacerlo, lejos de tener valor la promesa que un día hicimos y, descartando que la voluntad tenga nada que ver, optamos por olvidar el compromiso. Rompemos, y adquirimos uno nuevo, ignorando que, por la misma razón por la que rompimos el primero, romperemos también el segundo.
Y a esa mentalidad, a ese sometimiento a las pasiones, que, gracias a algunos medios, vemos cómo se va extendiendo entre el clero –y por descontado entre los matrimonios–, se le suma otro problema no menos importante: cuando uno no vive su vocación, la pierde.
El matrimonio en el que ambos cónyuges viven vidas paralelas, tiene los días contados. Igual sucede con los sacerdotes.
Un bar de copas a las dos de la madrugada con amigotes no suele ser lugar para un padre de familia. Mucho menos para un sacerdote. Abrir el corazón, compartir intimidades con otra mujer que no sea la esposa, tampoco es la estrategia más inteligente. Para un sacerdote, menos.
Poner el corazón fuera de casa o fuera de la parroquia es una mala decisión. Buscar aprobación fuera de casa o fuera de la Iglesia, tampoco parece muy inteligente si lo que uno quiere es perseverar en su vocación.
Y el problema en el sacerdocio, igual que en el matrimonio, sospecho que tiene mucha relación con que durante la preparación, en el seminario, quizá se enseñan una serie de materias importantes, pero no a vivir la vocación. No se enseña que hay cosas propias del ministerio sacerdotal y otras que no lo son.
Y cuando, después de la ordenación, se envía a los sacerdotes, solos, a la misión, sin más apoyo que algunos conocimientos sobre filosofía y teología, la atracción del mundo es tan irresistible que, poco a poco, se van abandonando en los brazos equivocados. Y acaban teniendo unos comportamientos que, de haber estado preparados a conciencia, no solo no se plantearían, sino que los combatirían con todas las armas a su alcance.
Y, ante esa dejadez en los años de formación, acaban dialogando con la mayor ingenuidad con el príncipe de este mundo, contra quien ya sabemos tenemos las de perder.
La desbandada sacerdotal es alarmante, y claro que tiene múltiples causas: soledad, falta de apoyos, presión social, escasa vida de oración… y muchas de esas causas los laicos podemos y debemos aliviarlas. Es esencial rezar y mortificarse para que los sacerdotes perseveren, es esencial acompañarlos, para que en momentos de tribulación acudan a esas familias buenas donde ellos son importantes y su misión adquiere sentido. Eso es mucho más valioso de lo que imaginamos.
Pero ese sometimiento a las pasiones y el no vivir la vocación son, sin lugar a dudas, la principal causa de la desbandada –y de la fragilidad matrimonial–. Conviene tenerlo presente para pelear el noble combate, acabar la carrera, conservar la fe.