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DivisaderoAntonio Pérez Henares

La guerra de Sánchez

El papel de «sietemachos» puede que le dure muy poco. Lo que tiene enfrente no es precisamente un cordero. En buena medida su esperanza es que la situación se atasque, el conflicto se cronifique y se mantenga cuanto más tiempo mejor como gran preocupación y referente informativo

Pedro Sánchez ya ha encontrado «su» guerra y su esperanza es que dure cuanto más tiempo mejor. No había nada más que ver el alborozo de su coro ministerial y a esa ministra coreando alegre y eufórica la resucitada consigna de 'No a la guerra'.

Han visto en ella la ventana por la que escapar del estado de parálisis gubernamental y corrupción ya sistémica del sanchismo y a traves de ella buscar incluso salida electoral. Ese y no otro es el objetivo y en esa clave es en la que se mueve y va a moverse toda la maquinaria.

Es toda una repetición de la jugada aquella, que seguro que ahora le habrá alentado a repetir quien la puso la vez anterior en marcha. La de Irak de Zapatero. Un gran modelo de agitación y propaganda rematado tras el atentando del 11-M, cargándole al Gobierno de Aznar la responsabilidad de los casi 200 muertos por el terrorismo islámico.

Entonces y ahora lo que no se duda es blanquearlo, como se ha visto con Hamás y ahora con el de los ayatolás. Las decenas de miles de asesinatos cebándose con su propia población de tan solo hace unos días de estos últimos o la atroz matanza, secuestro, violación y torturas de miles de ciudadanos judíos que llevaron a la guerra de Gaza quedan en nada. En un parpadeo ya están olvidadas. Esa sangre y esos muertos son de inferior categoría y mentarlo perjudica a la causa y al «relato».

Los gurús de la operación, estoy más que seguro que con Iván Redondo de nuevo en la sala de máquinas, van a echar toda la leña que puedan a la caldera. Y de inicio ya tienen el enemigo perfecto y perfectamente dibujado, Trump, que hay que reconocer que les da para ello cuantiosa munición y les está viniendo de miedo. El sueño húmedo es repetir con el 'efecto Canadá' donde consiguió tras soltar una parva de amenazas y despropósitos, hacer perder las elecciones a quien las tenía ganadas y ganarlas al partido a quien sus desatinos y escándalos tenían desahuciado y resucitó de inmediato.

La trampa ahora es tan burda como efectiva. ¿Quién puede estar a favor de la guerra? Nadie. Por tanto si no se comparte la consigna lanzada uno se convierte en un ser inmundo y malvado. Sánchez ya no solo es el bueno sino el héroe de la película.

La realidad es muy otra. A Sánchez eso le importa una mierda. El está en lo suyo, que es sacar el rédito como siempre hace con cualquier catástrofe que pueda cargar sobre los otros, véase la dana, tras huir de sus responsabilidades.

Las consecuencias aún le importan menos. Que la exacerbada posición y asunción del papel de gran enemigo del imperio americano pueda acarrear, y sin tardanza, graves costes y males a todos nosotros es algo que ni considera siquiera. Que España pueda quedar indefensa, aislada, sin aliados y que nos comiencen a hacer el vacío o hasta echarnos de todos los lados que nos corresponden y donde tanto nos costó acceder y regresar es algo que él no va a pagar, sino que lo haremos nosotros. Porque la jugada, con un toque de desesperada, tiene más allá de la propaganda y el electoralismo, dinamita en las entrañas. Puede hacernos polvo.

Y para el propio Sánchez está también cuajada de peligros. El papel de «sietemachos» puede que le dure muy poco. Lo que tiene enfrente no es precisamente un cordero. En buena medida, su esperanza es que la situación se atasque, el conflicto se cronifique y se mantenga cuanto más tiempo mejor como gran preocupación y referente informativo. Vamos, que lo que a Sánchez más le interesa es que esto dure y dure. Y lo que más teme es que se acabé. Ya le pasó con Gaza este verano.