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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

¿Qué le pasa al periodismo?

Recordé los mil debates que acerca de la inmersión lingüística había mantenido en su día en los medios catalanes. Desde que empecé a hacerlo a solas en 2003, cuando nadie se atrevía a dar la cara, hasta que quince años después dejé de intervenir en tales medios, agotado

Recientemente tuve ocasión de abrir, moderar y clausurar un acto donde se denunciaba la extraña situación de España por lo que hace a las lenguas vehiculares en la educación. Mis primeras frases fueron para advertir que no se trataba de defender la lengua española sino los derechos de los españoles. Que el español no necesita que nadie lo defienda porque es una lengua universal con casi seiscientos millones de hablantes y una literatura vasta y deslumbrante. Es lengua oficial en 21 países. Cincuenta millones de estadounidenses lo hablan. Sesenta si incluimos los que lo tienen por segunda lengua. En 2050 habrá más de cien millones de hispanohablantes en EE.UU. La mera idea de «defender el español» resulta ridícula dado su vigor. Se trata de defender los derechos de los españoles que, en España, no pueden escolarizar a sus hijos en español.

¿Se me ha entendido? Sí, ¿verdad? O acaso esté confundido y la idea sea dificilísima. No parece. Es sencillo. ¿Recuerdan? El español no necesita que se le defienda; los derechos de los españoles sí. Si no se pilla hay un grave problema, me digo. Sin embargo, eso es lo que pasó en aquel acto. Aunque solo con los periodistas. Todo el resto de intervinientes hicieron hincapié en aquella misma idea. Seis veces se les dijo pues. Cuando al día siguiente vi la cobertura del acto en prensa, me quedé muerto. ¿Qué decían los corresponsales españoles que habían atendido nuestras explicaciones, habían tomado notas y habían grabado el evento? ¿Lo adivinan? Decían que aquel acto se había organizado en defensa del español.

Salvando las cercanas excepciones, la explosión de medios tiene efectos descorazonadores en el periodismo. ¿Quieren solo consignas? Algunos sí. Cuando empiezas a explicarte, mejor ponte a rezar para que el filtro de algunos profesionales no te borre. Lo más probable es que desnaturalicen tus palabras, porque no las entienden o por fastidiar. O que les den la vuelta como a un calcetín, no necesariamente de mala fe. Peor que el plumero ideológico, conspicuo, son los problemas de comprensión de personas que han pasado por la universidad y no deben ser los peores en lo suyo; en otro caso no trabajarían como corresponsales.

Recordé los mil debates que acerca de la inmersión lingüística había mantenido en su día en los medios catalanes. Desde que empecé a hacerlo a solas en 2003, cuando nadie se atrevía a dar la cara, hasta que quince años después dejé de intervenir en tales medios, agotado. Aquellos nacionalistas que me combatían unánimes tampoco lograban entender que uno no estuviera defendiendo el español sino nuestros derechos. Menos les entró, pese al millón de repeticiones, que el objetivo no era estudiar el español en Cataluña, sino EN español en Cataluña. Entonces me importaba un comino, no hablaba para mis interlocutores sino para el público en su casa. Pero aun hoy, si razonas a puerta cerrada, pierde toda esperanza. Es como si los periodistas no escucharan, sin ser nacionalistas. Qué les pasará.