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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Durísima, pavorosa, derrota de la civilización

Cualquiera que escuche a su conciencia sabe que lo que ha ocurrido con Noelia no está bien: un médico del Estado matando a una enferma mental, eso ha ocurrido

En mi infancia y juventud, a finales del siglo XX, pude ver, como todo el mundo, algunas películas inquietantes del género que hoy llamamos «distópico». Describían unos futuros angustiosos, con sociedades de sesgo totalitario, donde la libertad era inmolada en el altar del Estado benefactor y donde la vida humana no suponía un valor en sí misma, sino que era solo un engranaje de usar y tirar en una gran rueda superior. Habló de títulos como La fuga de Logan (1976), donde el Estado proveía unas existencias hedonistas y muy cómodas a sus ciudadanos, con el único problema de que al cumplir los 30 eran sometidos a la eutanasia. O de la película sobre la celebérrima novela 1984 de Orwell, estrenada en el año que da nombre a su título. O la formidable Brazil, la cumbre del gran Terry Gilliam, que con una dolorida caricatura muestra el funcionamiento de un Estado intrusivo e hipervigilante, que aniquila todos los espacios de libertad particulares.

Si en los años setenta u ochenta del siglo XX un guionista hubiese presentado el argumento que voy a resumir a continuación, los productores tacharían su distopía de exagerada, de totalmente inverosímil: una joven de 25 años, que sufre una enfermedad mental y la parálisis de sus piernas, pide que la maten y el Estado benefactor envía a un médico-verdugo para que la elimine. ¿Duro? Pues así ha sido.

Millones de españoles, a los que nadie nos ha permitido opinar en un referéndum sobre esta despiadada Ley de Eutanasia, nos hemos quedado sobrecogidos tras saber que se había culminado «el procedimiento» de Noelia. «Hoy hemos sufrido una auténtica derrota de la civilización», me escribió un amigo, padre de dos hijas en la veintena. Otro, en un correo conmovedor, me ha confesado que en dos baches de su vida sopesó el suicidio, pero su conclusión moral ante el caso de Noelia es clara: «Esto es un crimen».

Este jueves, y por culpa de la inhumana Ley de Eutanasia impulsada y aprobada por quien se presenta como el campeón de la paz, hemos vivido en España un alarde de inhumanidad. Cualquiera que haya visto a Noelia hablando en televisión esta semana, con buen aspecto y en pleno uso de razón a pesar de sus indudables padecimientos físicos y mentales, sentirá, si conserva un ápice de conciencia, que no está bien matarla. Y todavía menos que lo haga un médico, pisoteando su juramento hipocrático de consagrar su vida a curar, que no a matar. Para más señas, un galeno enviado por el Estado, que se convierte en verdugo si así lo pide un ciudadano (¿qué tal dormirá el médico que se ha prestado a perpetrar esta barbaridad?). Repulsivo también ver al periódico palmero de Sánchez y a sus televisiones afines jaleando la solución de la aguja y negándose de plano a contemplar otras alternativas para la chica sufriente. En una de esas televisiones de izquierdas –de capital de derechas– incluso hacían comentarios displicentes contra quienes se reunieron a rezar por ella.

Noelia tuvo una vida muy dura y un largo historial de enfermedades mentales. Sus padres le fallaron cuando era niña y acabó a cargo de los servicios sociales. Más tarde, ella asegura que sufrió tres casos de abusos sexuales, de los que al parecer no consta denuncia. Tras el último, se arrojó desde una ventana el 4 de octubre de 2022 y se quedó parapléjica. Desde entonces vivía en un centro asistencial y en abril de 2024 pidió la eutanasia, que le fue concedida. Su padre peleó contra la decisión en tribunales, por amor y argumentando que realmente no estaba en plenitud de facultades. No ha servido de nada.

Una vez más, la Iglesia Católica se convierte en un faro en medio de esta atroz subcultura de la muerte, levantando casi en solitario la bandera de la vida y esgrimiendo el argumento clave: hay que respetar de principio a fin el valor de la vida humana y su dignidad. Nadie defiende el ensañamiento terapéutico. Lo que sí se defiende es la alternativa del amor al que sufre y los cuidados paliativos. Pero el poder «progresista» –sarcástico autoapodo– prefiere la vía rápida: la subcultura del «descarte», como decía el Papa Francisco, y de la aguja con el veneno letal.

Solo nueve países de todo el planeta han despenalizado la eutanasia y tenemos la desgracia de ser uno de ellos. Allá donde se instaura avanza muy rápido y cada vez con menos contemplaciones. En algunos países pioneros, como Canadá, Holanda y Bélgica, alguna gente mayor que está muy sola tiene hoy miedo a acudir a la consulta de su médico, pues puede ser que le ofrezca la alternativa eutanásica (al igual que algunos familiares con prisa por heredar). En Canadá, donde se legalizó en 2016, supone ya el 4,7 % de las muertes. En Bélgica, el número de «beneficiarios» subió un 17 % el año pasado y ya se aplica a niños a partir de los doce años, un espanto. En los países «más avanzados en derechos» basta con esgrimir «sufrimientos intolerables», sean demostrables o no demostrables, y un médico de la seguridad social te matará a cargo del Estado. Hay historias atroces, como el testimonio de una vagabunda canadiense, obesa mórbida, que no se atrevía a recurrir a los servicios sociales porque sabía lo que allí iban a recomendarle.

Las leyes de eutanasia no son ningún avance. Se trata de una espiral descorazonadora, que muestra unas sociedades con el alma entumecida. Hay muchas personas rotas, o muy enfermas, o que están pasando una racha durísima, o que han perdido la memoria; hay chavales anoréxicos atados a la vida solo por un hilo, hay ancianos con movilidad reducida que apenas hablan con nadie en semanas… Todos seremos algún día muy frágiles. ¿Qué hacemos? ¿Ofrecemos amor, compañía, una fuerte inversión pública en cuidados paliativos, buenos médicos y psiquiatras y nuestras oraciones… o vamos por la vía rápida del presidente «progresista»?