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El puntalAntonio Jiménez

El cálculo electoral equivocado del pacifista Sánchez

Y si Sánchez no lo cree así, que haga caso a las encuestas de su siervo Tezanos y convoque ya las elecciones aprovechando el tirón de la guerra, pero me barrunto que confía menos en los sondeos del CIS que en los pronósticos que pudiera hacerle Rappel con una bola de cristal

La foto con la que ABC ilustró su portada el pasado jueves me lleva a pensar que Sánchez y sus vicepresidentas, todavía lo era Marisu, se lo estaban pasando en grande en el Congreso a pesar de la guerra. Qué manera de desternillarse y de aflojar los músculos faciales, cigomático y risorio, en el banco azul. Ante tanta felicidad, cualquiera diría que un sobreactuado Sánchez acababa de pontificar sobre la maldita guerra de Trump y sus consecuencias negativas para nuestras vidas.

La risa descontrolada de Yoli, echándose sobre el regazo de Marisu, cuyas carcajadas eran correspondidas por las de un Sánchez contagiado de tanta hilaridad, completaban un cuadro que podía sugerir la celebración de algo muy gordo como la aprobación, por fin, de unos Presupuestos Generales del Estado en esta legislatura que declina; pero no fue ese el motivo de tanto regocijo y seguiremos sin Presupuestos. Quizás festejaban algún chascarrillo burlón e irónico sobre la generosa Marisu Montero que humildemente renunció al mejor de los mundos políticos y a la mayor concentración de poder que nunca antes en democracia había tenido otra mujer, como ella misma señaló, para sacrificarse por su tierra y rescatar a los andaluces del perverso Moreno Bonilla. Con Marisu de vuelta a casa, los andaluces estamos salvados. O más bien se reían por el balón de oxígeno que la guerra de Trump le ha insuflado a Sánchez para emerger como el pacifista global que se encara con el presidente estadounidense y explota electoralmente el conflicto mientras culpa a la oposición de apoyarlo, aunque sea mentira.

El problema de Sánchez estriba en la dificultad para distinguir cuando sonríe de forma espontánea y sincera y cuando lo hace de manera forzada e impostada. Tan indistinguible como increíble resulta el supuesto pacifismo de quien enarbola la pancarta del 'No a la guerra', apelando al derecho y la legalidad internacional, mientras se pasa por el forro normativas democráticas patrias e incumple la Constitución, ya sea para beneficiar la causa del independentismo procurándole amnistía y privilegios fiscales o para satisfacer las exigencias de quienes le entregaron sus votos de sangre a cambio de gobernar, sin importarle revictimizar y afrentar a los damnificados por el terrorismo etarra excarcelando a sus verdugos.

Sánchez nunca se frenó ante ninguna línea roja o fronteriza entre la dignidad y la infamia, entre el sentido de Estado y la felonía. Por ello no tiene ninguna credibilidad su apuesta de pacifista global, inspirada únicamente por el interés personal y benéfico que le reporta políticamente enfrentarse a Trump y menos con su cara impresa en los misiles que Irán dispara contra Israel y los emiratos del Golfo. Detalles por los que el «primo de Zumosol» de Washington pasará factura, sin duda, a España.

A diferencia de Sánchez, los demás dirigentes europeos han demostrado que se puede estar en contra de esta guerra y poner condiciones a la utilización de sus bases sin tocarle los bemoles a Trump y no provocar su animadversión con amenazas económicas. Claro que ninguno de esos líderes ha visto en la guerra, como Sánchez, una oportunidad para intentar emerger electoralmente y frenar en parte su desgaste político ocasionado por la corrupción y sus pactos infames con el independentismo y los herederos de ETA.

Así se explica el interés que puso en el Congreso por remontarse a la guerra de Irak y comparar su cuestionado pacifismo actual con el «belicista» Aznar de entonces, hasta el extremo de hacer oposición retrospectiva a un gobierno de hace 23 años.

Se equivoca Sánchez, sin embargo, si cree que esta percha en la que pretende colgar alguna expectativa electoral movilizando a la izquierda le va a dar el resultado que pretende. Las encuestas, menos la de su conmilitón Tezanos, se lo niegan y las urnas también, tal y como evidenciaron las elecciones en Castilla y León. Y tampoco le favoreció al PSOE electoralmente, como equivocadamente pudiera creerse por las sucesivas y contundentes manifestaciones habidas, el «no a la guerra» y la foto del trío de las Azores en 2003. Las elecciones municipales y autonómicas celebradas tres meses después de iniciarse la guerra de Irak las ganó el PP, imponiéndose en 9 de las 13 comunidades y en 35 de las 52 provincias. El PP ganó e incrementó en algunos de sus habituales predios políticos el poder territorial, local y autonómico. Después vendrían en marzo de 2004 las generales, pero Rajoy no perdió los comicios ganados por Zapatero, al que ninguna encuesta le otorgaba la victoria, por el «no a la guerra», sino por la calamitosa gestión que Aznar hizo de los terribles atentados de los trenes de Atocha tres días antes de las elecciones.

Y si Sánchez no lo cree así, que haga caso a las encuestas de su siervo Tezanos y convoque ya las elecciones aprovechando el tirón de la guerra, pero me barrunto que confía menos en los sondeos del CIS que en los pronósticos que pudiera hacerle Rappel con una bola de cristal. Con o sin guerra, el camino de salida de la Moncloa se lo mostrarán las urnas andaluzas el 17 de mayo.