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HorizonteRamón Pérez-Maura

Quieren borrar la memoria

Si yo fuese alcalde en cualquier ciudad, dedicaría un presupuesto a que la concejalía de Cultura pusiera placas como las que ahora nos recuerdan que en una casa vivió una personalidad ilustre y nos informaran de los nombres que tuvo anteriormente una calle a la que se le ha cambiado su designación una o más veces

Hace tiempo que me indigna esa manía política de cambiar el nombre de las calles. En España he denunciado siempre la doble vara de medir que se aplica al callejero y a las estatuas de figuras políticas. En el paseo de la Castellana en Madrid sigue la estatua dedicada a Francisco Largo Caballero, uno de los personajes más sanguinarios de nuestra Guerra Civil. Y está erigida a menos de cien metros de donde fue retirada la última estatua de Franco que había en la capital de España.

Belvís de la Jara es un municipio toledano al que acudo con alguna frecuencia. Una de las avenidas principales es la calle Comarca de la Jara. No tiene mucho de singular ese nombre. Pero lo tiene un poco más de lo que pone en una placa debajo del nombre de la calle: «Anteriores nombres de esta calle: Calle Real hasta 1859. Calle Las Navas de Tolosa desde 1859 a 1931. Calle Pablo Iglesias desde 1931 a 1938. Calle Coronel Santapau desde 1938 a 2011.» No tengo la menor idea de quién fue el alcalde que tuvo la brillante idea de poner esa placa. Pero si yo fuese el regidor de cualquier localidad, dedicaría un presupuesto a que la concejalía de Cultura pusiera placas como las que ahora nos recuerdan que en una casa vivió una personalidad ilustre y nos informaran de los nombres que tuvo anteriormente una calle a la que se le ha cambiado su designación una o más veces.

Los nombres de las calles son de relevancia histórica y muy indicadores de un tiempo o una circunstancia. El último cambio de nombres en Madrid lo hizo Manuela Carmena. Yo denuncié aquel borrado varias veces y con otros vecinos procedí contra el cambio de nombre de la calle en la que vivía. Se llamaba Algabeño y le pusieron José Rizal. Aducían que Algabeño había sido un sublevado contra el Gobierno de la República y no podía ser honrado con una calle en Madrid. Tras una larga batalla legal, se demostró en los tribunales que la calle había sido dedicada al torero José García Rodríguez 'Algabeño' que murió en 1947 y que no se sublevó nunca. Quien lo hizo fue su hijo José García Carranza, 'El Algabeño hijo', que murió tomando Málaga con el general Queipo de Llano en diciembre de 1936. Y no se puede quitar a nadie una calle porque se llame o sea conocido igual que su hijo. Porque eso, además, es bastante frecuente.

Traigo esto a colación porque la semana pasada leí un reportaje sobre cómo se está haciendo ese cambio de los nombres de calles con los que quedan en los estados de la antigua Alemania del Este dedicados a comunistas. El Bundestag ha nombrado una comisionada, Evelyn Zupke, para enumerar las avenidas que quedan evocando figuras de aquella dictadura y negociar nombres alternativos con los ayuntamientos afectados. Zupke es una antigua activista prodemocracia en los últimos años de la República Democrática de Alemania.

A mí me parece que quitar esos nombres equivale a borrar de la memoria el sufrimiento que provocaron estas personas. Yo creo que hay que entender que, por borrar el nombre de las muchas Leninstrasse que todavía hay allí no se borra el sufrimiento de la ideología engendrada por ese criminal. Alemania del Este fue una realidad que no va a cambiar porque no quede ningún símbolo que recuerde lo que allí hubo. Igual que la España de Franco, seguirá en la memoria de muchos y cada vez más jóvenes se preguntan por ella. Porque se dan cuenta de que se les está borrando una realidad que no tiene por qué gustar a todo el mundo. Pero lo que no puede es ser censurada.

Y ¿saben qué? En los Lander de la antigua RDA es donde mayor fuerza tiene Alternativa por Alemania, el partido a la derecha de los democristianos. Y este partido se opone al cambio del callejero. Y no es precisamente procomunista.