Humanísimo rebaño
Tengo muchas ganas de discrepar de la gente de izquierdas. Pero no puedo al no existir opiniones. Hay exabruptos, hay escupitajos, hay etiquetas de deshumanización del adversario, que han convertido en enemigo tiempo ha
No acusaré a los destinatarios de la bella carta de Sánchez, la impermeable militancia socialista, de ser idiotas o hijos de tal, como han hecho en la prensa con los votantes de derechas una serie de autoras. Siempre mujeres. Una dejó el nombre a una estación, otra brotó de la revista Pronto, otra exhibe cabestrillo ful. Todo esto es anecdótico. Digo que no voy a insultar a los militantes del PSOE porque cada persona tiene una dignidad irreductible. Pero lo que piensan no lo tiene. Si es que piensan algo, pues según parece solo sienten. Eso sí, sienten muy fuerte. Además, sus sentimientos son inducidos y negativos. Lo negativo se ve en lo partidarios que son de matar deprisa seres humanos muy pequeños, o enfermos, o envejecidos. Lo inducido, en que nadie se indigna genuinamente con las mismas palabras.
A la izquierda le falta matiz y fundamento. Ponles un micrófono delante en una manifestación sindicalista o en un homenaje a Hamás, condimentados o no con el orgullo. Si las opiniones que vierten tuvieran fundamento (¡si fueran al menos opiniones!), podríamos discrepar. Tengo muchas ganas de discrepar de la gente de izquierdas. Pero no puedo al no existir opiniones. Hay exabruptos, hay escupitajos, hay etiquetas de deshumanización del adversario, que ha convertido en enemigo tiempo ha. Se puede jugar a eso, pero cansa. Ni la intelligentsia progresista cumple. Miren cómo responden a las preguntas del periodista incómodo (es decir, del periodista): agarran su micrófono y lo arrojan lejos, al asfalto.
Este acto, repetido por políticos y periodistas de progreso, debe contener alguna virtud que se me escapa. Una vez materializado, no es objeto de crítica en los medios, solo en las redes. Sin embargo, lo que sí condenarán los medios con energía es la alusión al acto. Por ejemplo, cuando a alguien se le ocurre convocar un concurso de lanzamiento de micrófono. Esto saca de sus casillas a los periodistas, gentes de progreso en un ochenta por ciento perfectamente paretiano (de Pareto, Óscar, busca, busca). En la profesión sienta muy mal, peor que en otras, que te saquen de tus casillas ya que sueles vivir encasillado cómodamente, de modo que nadie se pregunta nunca «¿Este de qué pie cojea?». Hoy, como dijo aquel, es necesario explicar lo obvio; recordaré, por tanto, que el cojear es connatural al columnista y aberrante en el redactor o investigador.
Volviendo al lanzamiento de micrófonos, y en términos aristotélicos: en potencia es gravísimo, acarreando acusaciones de fascismo, propuestas de ilegalización e igualación con la violencia. En acto (¡acto violento!) es virtuoso, pues unos lo aplauden y otros callan. Intenten recordar otros ejemplos donde concurra esta anomalía. Solo darán con reproducciones de lo mismo, susceptibles de reconducción al doble baremo, la mancha que acredita al progresista cuando va por el mundo. Tengo una pesadilla daliniana: algunas personas van por la calle con una pierna mucho más larga que la otra. Qué sinvergüenzas, pienso. De algún modo sé que no es una anomalía física, sino moral.