Sombras de bulto bello
Inventar un paréntesis no nos salva. Solo es más agradable. Perderse en el tiempo muerto de la ciudad vacía. Y en él perderse entre viejas metáforas barrocas, que nunca devorará el tiempo. «Sombras de bulto bello». Puede que no sea enorme. Pero es mucho
La semana de tiempo estático se abre hoy. Como cada año. En hora buena para retornar a los libros a los que no horada el tiempo. No son muchos. Y hablan de nuestro presente con la desmesura sobria de aquello que jamás tuvo interés en anclarse en presente alguno.
Pocas veces a un escritor le es regalada por la lengua la metáfora que aprisiona en unas pocas sílabas un mundo, el mundo tal vez. Es un don que solo toca a los más grandes. Y escasas veces. Pero una sola de ellas basta, en una vida, para justificar el caos a través del cual ha de abrirse camino un hombre. 1584 nos aparece inundado por el destello aritmético de uno de esos milagros: ¡qué más dan las repetidas monotonías que hayan podido girar en aquel año, sus pesares, o aun sus alegrías! Queda esta dádiva, porque no es cosa del tiempo: tres líneas de once sílabas, medidas por un intratable canónigo de la Catedral de Córdoba. Don Luis de Góngora y Argote se confronta al desvarío al cual nos es impuesto llamar vida y mundo:
en su teatro, sobre el viento armado,
sombras suele vestir de bulto bello…»
Faltan veintisiete años para que a un vagabundo autor de obras escénicas venga a asaltarlo, en las brumas de la lejana Inglaterra, idéntica certeza: vivimos en el sueño, y llamamos realidad a la disposición verosímil de nuestras fantasías: ensoñaciones a veces, otras delirios; hermosos o aterradores; mas, por igual, engaño. Es el paradójico último refugio del consuelo. «Estamos tejidos / en la tela de los sueños, y nuestra fugaz vida / transcurre en un letargo». Y, en mutua ignorancia, los dos más grandes poetas que haya conocido la edad moderna dejan sobre el papel idéntica certeza: vivir es ceder al juego de las ensoñaciones, en el cual seremos premiados o castigados por un destino en cuya esclavitud solo el saber decirlo nos abre un ventanuco. Leer a Góngora o a Shakespeare es, para un hombre de los últimos cinco siglos, apresar un sorbo de aire en el hermético calabozo de repeticiones al cual ha sido condenado por el habla establecida.
Porque leer a Góngora o a Shakespeare es, de pronto, darse de bruces con una libertad que habíamos olvidado. La única. La libertad de jugar con las palabras. La libertad de poseer una lengua que no esté hecha de la miseria y ataduras con las cuales un hombre es hoy embrutecido por poderes cuya estupidez primigenia exige la castración lingüística de cada uno de sus siervos. Porque solo el que repite los ecos degradantes de lo mandado puede alcanzar el extremo de aceptación de esa tiranía acéfala, en cuyo vértice vivaquean los peores monstruos: los que no requieren ya ni siquiera doctrina; solo una red de pantallas infinita, imponiendo palabras que nada dicen, palabras que solo acunan la muerte en vida de quienes las repiten.
Otros vendrán en aquel prodigioso nacimiento de la edad moderna. En aquel milagro de esplendor que abría Góngora y que cerrará el Calderón del Gran Teatro del Mundo. Apenas medio siglo, para decirlo todo. Para dejar al escritor que venga luego, atónito ante la desmesura de quienes cerraron el bucle de las grandes metáforas.
Cervantes, 1615, luego de que su héroe haya arremetido contra un inofensivo teatrillo de títeres: «Ahora acabo de creer… lo que otras muchas veces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las mudan y truecan en las que ellos quieren». Quevedo, 1635: «No olvides que es comedia nuestra vida / y teatro de farsa el mundo todo / que muda el aparato por instantes / y que todos en él somos farsantes». Calderón, conclusivo, 1641, «supuesto que es esta vida / una representación». Todo mundo, ficción. Todo hombre, sueño inducido.
No hay escape. Nacemos y vivimos dentro de las escenografías conjugadas para que nada pueda escapar en nosotros al guion y lógica que otro dicta. Y puede que solo en los mínimos paréntesis que cíclicamente asociamos a las fiestas sacras, nos sea dado sospechar hasta qué punto cuanto decimos, en nuestras vidas frenéticas, nos es prisión. La fuga, claro está, y nadie se engañe, es parte de la prisión misma: tragaluz o respiradero. Que, al cabo de su no menos fingida frescura, nos permite retornar vivos al calabozo. «Volverás a dormir», anuncia el carcelero al preso calderoniano, «adonde creas / que cuanto te ha pasado, / como fue bien del mundo, fue soñado». ¿Un engaño más? Puede. Pero, ¿quién, en esta hostilidad normalizada, podría sin engaño seguir vivo?
Inventar un paréntesis no nos salva. Solo es más agradable. Perderse en el tiempo muerto de la ciudad vacía. Y en él perderse entre viejas metáforas barrocas, que nunca devorará el tiempo. «Sombras de bulto bello». Puede que no sea enorme. Pero es mucho.