Peones de la Moncloa
Ángel Escribano es el último juguete roto del poder. Antes fue Álvarez Pallete. Y otros tantos a los que hemos echado al olvido o de los que ni siquiera hemos tenido noticia. Los reyes ponen y quitan peones a su antojo o conveniencia. El creciente intervencionismo del gobierno en el tejido empresarial hace estragos
De un pequeño taller de coches familiar a contratista de la industria de defensa europea en el transcurso de una sola generación. Ese es el éxito de Escribano. Hasta hace nada, un nombre reconocido en el ámbito militar, pero desconocido para el gran público. Desde que los hombres de la Moncloa se cruzaron en su camino, un nombre bajo sospecha. Jamás debiera haber accedido a presidir Indra si su objetivo era integrar a la empresa familiar bajo el paraguas de la pública. Esa operación podría llegar a tener sentido empresarial, encajar en algún proyecto faraónico o tal vez cuento de la lechera de crear un gigante nacional de la defensa que hablara de tú a tú a los Leonardos o Rafaelles. Pero estaba, a todas luces, al margen de la ética. Ahora, después de venderlo caro, su presidente se va, pese a que los accionistas le respaldan. Quién sabe a qué precio. Probablemente sea el de salvar o engrandecer la obra de toda una vida.
Ángel Escribano es el último juguete roto del poder. Antes fue Álvarez Pallete. Y otros tantos a los que hemos echado al olvido o de los que ni siquiera hemos tenido noticia. Los reyes ponen y quitan peones a su antojo o conveniencias. El creciente intervencionismo del gobierno en el tejido empresarial hace estragos, amedrenta al más pintado. El mensaje es nítido: si les molestas, si no obedeces, con los euros y el aval del Tesoro de todos compran la empresa y te ponen de patitas en la calle. A ver quién es el guapo que osa plantarles cara, aun con la ley o el refrendo de la junta general de accionistas en la mano. La inseguridad jurídica está servida.
Venimos de un Estado en retirada, que vendió las joyas de la corona empresarial para engrandecerlas y favorecer la competencia. Vamos a un Estado creciente y omnipresente que se inmiscuye y entorpece el día a día de un tejido productivo que es más débil, menguante. Con los protocolos de conducta y los registros horarios, con las normativas caprichosas para conceder subvenciones o la publicidad institucional condicionada al servilismo, con la apabullante presión de la Seguridad Social, se ahogan proyectos sólidos, brillantes. Y, lo que en las empresas es una evidencia, es un clamor entre los hogares.
Mientras la recaudación de Hacienda bate récords año tras año, creciendo a un envidiable ritmo de dos dígitos, por encima del diez por ciento en el último ejercicio, el poder adquisitivo de los ciudadanos permanece estancado. Montero se va de campaña dejando los deberes hechos: las arcas públicas rebosan. Y ni con eso les llega. La otra cara de la moneda es un país empobrecido, sin ganas de trabajar o pelear o crear nuevas empresas. Sabe que lo que vaya ganando, si es que gana, se lo llevará el señor que rige los destinos de lo público para contratar asesores, comprar voluntades a golpe de pagas o quitar de en medio a todo aquel que ose plantar cara.