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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Los padres del Rey sí pueden pisar la calle

No olvidemos que la Monarquía es una institución puramente emocional, y ver a los padres del Rey nos devuelve a una buena época como españoles: años de progreso, autoestima, proyección internacional, que ejemplificaba este matrimonio, que lo era más institucional que real

Soberana la imagen del Rey Juan Carlos en La Maestranza. Donde «la gente», ese manido concepto cuya representación se arroga la izquierda, demuestra que no está dispuesta a denostar a un jefe de Estado que es parte de su memoria colectiva y sentimental, y que no tiene ninguna cuenta pendiente con los tribunales. Persona sí grata a la que se le ha investigado por tierra, mar y aire, sin poder armar ninguna causa penal; persona a la que debemos nuestra democracia; persona contra la que unos cuantos ceporros han ejercido una violencia institucional y mediática inimaginable en ningún país serio. Reconocido -por él mismo- que su comportamiento personal fue absolutamente mejorable, la mayoría de los españoles sabe diferenciar el reproche moral que merecen algunas de sus decisiones de su talla institucional. Desterrarle fue una idea deleznable, aunque fuera aceptada por su hijo a regañadientes, para levantar un cortafuegos que protegiera a la Corona. Hora es ya de que vuelva a España definitivamente.

Cada vez que lo hace -como este domingo de Resurrección en Sevilla- recibe el caluroso aplauso de sus conciudadanos, felices de verle en forma. Lo mismo ha ocurrido con su esposa, la Reina Sofía. Acompañada de sus dos hijas, en una entrañable reunificación familiar seguramente impulsada por la vulnerabilidad de la madre de Felipe VI, se ha acercado esta Semana Santa a Murcia y se ha bañado en afecto, cariño y consideración de cuantos se han cruzado con ella. No olvidemos que la Monarquía es una institución puramente emocional, y ver a los padres del Rey nos devuelve a una buena época como españoles: años de progreso, autoestima, proyección internacional, que ejemplificaba este matrimonio, que lo era más institucional que real.

Pero que nadie se llame a engaño. Para Sánchez y el conglomerado de la izquierda Juan Carlos I sigue siendo una pieza de caza mayor a batir. A Podemos, o a la pyme Iglesias-Montero, que viene a ser lo mismo, o a la Sumar o «Restar» de Yolanda, con menos sustancia que el redondel del dónut, nunca está de más ofrecerles alguna noción sobre leyes. E incluso instarles a que las respeten, ya que habitualmente no lo hacen. Una de las últimas ocurrencias del conglomerado de la ultraizquierda en España es reclamar a Pedro Sánchez que revoque el decreto 470/2014 por el que se establecía que Don Juan Carlos, tras abdicar en su hijo, ostentaría el título de Rey con carácter «honorífico».

Les faltan tantas lecturas que por no tener no tienen ni las del BOE que, si fueran lo más parecido a un político, deberían poder recitar como papagayos. Pero no. Hay un tal Gerardo Pisarello, un comunista separatista de la factoría de Ada Colau, y que pasa por ser secretario primero de la Mesa del Congreso, que exige cada vez que puede que Don Juan Carlos deje de ser llamado «Rey emérito», porque –y esto es textual– «la impunidad borbónica es una auténtica provocación a los ciudadanos». Como la parte contratante de la primera parte, dice esta lumbrera nacida en Argentina que «el emérito» debe dejar de ser «emérito», cuando resulta que el anterior jefe del Estado no es «emérito, ni él lo será cuando le larguen, porque emérito» es un título que se han inventado gente como él y sus terminales mediáticas para rebajar la condición de Rey a quien lo será hasta que muera.

A ver, Pisarello. Ese decreto que, efectivamente, se aprobó en tiempos de Rajoy (es la única verdad que has dicho) establecía que Don Juan Carlos de Borbón «continuará vitaliciamente en el uso con carácter honorífico del título de Rey, con tratamiento de Majestad y honores análogos a los establecidos para el Heredero de la Corona». Por tanto, difícilmente va a dejar de ser emérito quien no lo es. Porque -y esta clase de la lengua castellana también te la saltaste, Gerardo-, la primera acepción de «emérito» de la RAE es la siguiente: «Dicho de una persona, especialmente de un profesor: Que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones». El padre de Don Felipe ni es un profesor jubilado ni mantiene ninguna función docente. Es decir, excelentísimo diputado –y esto es extensible a todos mis ilustres colegas que intentan humillar a Juan Carlos I llamándole «el emérito»– el otorgamiento de ese título es a personas que se han jubilado y mantienen alguna función, caso en el que no se encuentra el Rey Juan Carlos. Pero, no nos engañemos, el diputado de los Comunes lo que quiere es dañar a nuestra Monarquía.

Por si el sectarismo y la indocumentada existencia de Gerardo le deja un rato libre, igual puede leer el último índice de The Economist, (ya sé que no es la revista Okupo piso, pero hágame el favor), que ha establecido que, de las 25 democracias plenas en el mundo, once son Monarquías (entre ellas en el puesto 21, la española). Noruega encabeza la lista y lo hace desde hace 16 años seguidos. Aprenda, don Gerardo.

Por el contrario, en los países más autoritarios del mundo son todos Repúblicas: Afganistán, Rusia, China, Myanmar, Corea del Norte y así muchos más. La estabilidad institucional y la imparcialidad de la figura del Monarca es uno de los activos más importantes con los que cuentan un Rey democrático. Así que un pequeño consejo: cuando uno es secretario primero de la mesa de las Cortes Generales del Reino de España hay que leer algo más que no sea el menú del bar del Congreso. Y no hablar por boca de ganso. Con perdón.

Mientras tanto, que Don Juan Carlos y Doña Sofía sigan recibiendo la estima que merecen. Hay otros que ni siquiera pueden pisar la calle.