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Pecados capitalesMayte Alcaraz

No le llamen amor, es necesidad

A este presidente tan generoso, que nos va a salvar del fascismo, el azar del amor le ha consolado de las frustraciones. Ahí está demostrando su entrega a Begoña por encima de la dignidad de su cargo

En el fondo, la política española es una novela romántica. Todos los actores políticos aman u odian según marcan sus guionistas. La mayor parte de ellos pagados con dinero público. En ese vodevil de despechos mi preferida es una heroína propia de una novela de Galdós. Es Yolanda Díaz, hoy desencantada de ese desenfreno amatorio que la llevó a ser la primera en viajar para rendir pleitesía al entonces ya supremacista y cobarde líder de Junts. Dos años después la pasión, tan impredecible, se ha roto en pedazos: tras las elecciones de julio de 2023, supo ver claramente que su única tabla de salvación para tener garantizado el coiffure en las peluquerías de lujo de Madrid era que Sánchez se ganara los siete votos de Carles Puigdemont. Así que, pies para qué os quiero, la vicepresidenta viajó a Bélgica para hacerse esa foto y convertirse en una pionera de la lujuria por ese caballero del mocho en la cabeza. Incluso nos conmovió cuando contó que su padre, el ya fallecido sindicalista Suso Díaz, le animó a cumplir con esa misión histórica en la guarida del forajido. Pero nada es eterno. Hoy esa unión tan sólida –la necesidad de mantener la nómina fue un pegamento formidable– se ha hecho añicos. Carles ya no quiere a Yoli. Y es entendible. Ella le ha dicho a su Romeo de Waterloo que es racista y clasista. Vamos, lo que todos sabíamos. Pero el amor es ciego y la fashionaria fue su víctima.

A la todavía ministra de Trabajo ya le han salido ranas muchos de sus amores. Vamos, que tiene una charca que parece el metro de Madrid en hora punta. Cuántos arrumacos dedicó a Pablo Iglesias cuando la nombró sucesora en un alarde de democracia interna en Podemos. Y esas cucamonas que derrochó para ganarse a Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, para que le aprobara la subida del Salario Mínimo. Incluso tuvo cariño especial a Íñigo Errejón, su mano derecha. O al bueno de Jose (Ábalos) al que aplaudía hasta partirse las manos. O a Carlos Cuerpo, su compi de Gobierno. Pero ya dejó escrito Tolstoi que las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera. Nuestra Yolanda Karenina es la mejor demostración de ese aserto: Pablo terminó siendo un machista que la insultaba, Garamendi un capitalista inhumano, Íñigo un señor que pasaba por allí con las manos un poco sueltas, Ábalos una manzana podrida y Carlos Cuerpo, una mala persona. Tengo para mí que Yolanda tiene el corazón como un queso gruyere.

Su jefe Pedro tampoco ha tenido suerte. Se rodeó de amigos tan bizcochables, a los que no se podía hacer otra cosa que querer, como Ábalos, Santos, Salazar y Koldo. Y luego, en una jugarreta del destino, han devuelto ese caudal de afecto presidencial desinteresado en forma de mordidas y catálogos de meretrices. Eran almas sucias, marcadas por una incontrolable avaricia. Pero a este presidente tan generoso, que nos va a salvar del fascismo, también el azar del amor le ha consolado de las frustraciones. Ahí está demostrando su entrega a Begoña por encima de la dignidad de su cargo. Las mujeres, hay que reconocerlo, se le dan mejor: a Ursula se la ha ganado con su caída de ojos progresista, a Meloni, a la que llamaba facha, ahora la requiebra para hacer piña contra Trump y ha pasado a ser «querida Georgia», y a la mexicana Claudia Sheinbaum la quiere con la fuerza de los mares y una desmesurada estima indigenista, tan necesaria para recompensarla de los malos españoles que evangelizaron su país y procuraron lo mejor para los indios, lejos de las ceremonias caníbales que muchos practicaban.

También Feijóo y Abascal son ejemplo de los amores que matan: hoy te quiero, hoy te desprecio; hoy te llamo derechita cobarde, hoy eres un facha que retroalimenta a Pedro. O Abascal y María Guardiola. Él hasta hace poco era un machista para ella y ella una Irene Montero extremeña para él. Como sucede con Rufián e Irene Montero. Primero separados y ahora juntos, porque la necesidad de mantener el coche oficial aprieta. O Mónica Oltra, que dejaba la política asqueada tras ser imputada por encubrir abusos sexuales de su exmarido contra una menor tutelada, y ha decidido reconciliarse con la nómina pública y ahora amenaza con presentarse a alcaldesa de Valencia. «Yo me planteé: ¿nos rendimos o nos levantamos?», ha dicho este fin de semana nuestra Scarlett Oltra, dispuesta a que los presupuestos públicos no la dejen volver a pasar hambre.

Ya lo canta Sabina, otro desenamorado de la izquierda: «El amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren». Pero, por favor, a esto de la política no le llamen amor; es necesidad.