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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Un mártir llamado Álvaro García Ortiz

Seguro que si reflexiona sabrá que lo que de verdad le perseguirá hasta el final es haber condenado a la carrera fiscal a un descrédito del que será difícil que regrese

Uno de los hombres que más ha zaherido nuestras instituciones, que apuró las últimas gotas de dignidad que le quedaban al Ministerio Público español solo por mantenerse unos minutos basura en el cargo, se siente maltratado. Anoche se lo contó a Jordi Évole en La Sexta. Álvaro García Ortiz podía haber pedido perdón al Estado de derecho que prometió defender y cuyo nombre terminó arrastrando hasta el mismísimo banquillo de los acusados del Tribunal Supremo, pero no solo no lo ha hecho, sino que ayer firmó una de sus actuaciones públicas más bochornosas, buscando su beatificación pública; y no lo tenía fácil para alcanzar fondo. No es que sea noticia que el exfiscal general se comporte hasta el final como un fan del Gobierno que le nombró. Eso era de esperar y nada nuevo se aguardaba bajo el sol de Évole. Lo verdaderamente asombroso es cómo puede tener la desfachatez de preguntarse, como hizo ayer, aquello de que ¿quién ha ganado con este procedimiento: la Justicia, la Fiscalía, el Tribunal Supremo? E incluso contestarse: «Yo creo que no, hemos perdido todos». Como si el cumplimiento de la ley y la aplicación de su sistema coercitivo dependiera de los beneficios que reportase a terceros. La ley, don Álvaro, se aplica a Agamenón, a su porquero, a usted, a Sánchez, a la mujer del presidente, a su hermano, a mí, y al lucero del alba. Parece mentira tener que recordar a un titulado en leyes, las generales de la ley.

Se duele García Ortiz de que haya «acabado condenado el perseguidor de los delitos». Tiene razón, fiscal. Es terrorífico, en efecto. Pero no la sentencia, sino haber merecido con un comportamiento injustificable la pena. Quizá por eso, la hasta hace unos días fiscal superior de Madrid, Almudena Lastra, le conminó a usted aquella noche de marzo de hace dos años a que evitase caer en el lado oscuro, el del delito, filtrando ilegalmente datos tributarios de un particular. No hizo otra cosa que lo que debe hacer un servidor del Ministerio público. Por ello, la sustituta que usted nos ha dejado, Teresa Peramato, que dijo que venía a sanar las heridas en la Fiscalía, ha purgado a Lastra, número 424 del escalafón con aspiraciones a continuar, y ha promovido para reemplazarla a otra compañera con el número 1.306. Raro es. Y, para redondear la jugada, ha ascendido a Pilar Rodríguez, la fiscal que sí le dio solícita los correos del novio de Ayuso. Porque, ya se sabe, el selecto club de Fortuny, al que usted pertenece junto a su antecesora Dolores Delgado y a su señor marido, Baltasar Garzón, no hace rehenes. Quien se la hace, se la paga. Ahora solo queda atizar continuamente, como hace Bolaños, el lawfare, y esperar el indulto que le regale Pedro o el amparo que le preste el Constitucional de Cándido.

Efectivamente, señor fiscal, el perseguidor de los delitos nunca debió delinquir. Recuerde aquella noche cuando usted, más un ministro solícito que un jurista riguroso, removió Roma con Santiago, fiscales con periodistas, para que el conocimiento público de las irregularidades fiscales de la pareja de una adversaria de Pedro Sánchez pudiera empatar con la imputación de Begoña Gómez. Que una mancha de mora con otra se tapara. Ah, y que no les ganaran el relato. El relato monclovita, se entiende. Ni tan mal.

Ahora revela García Ortiz que la investigación por filtrar datos personales, que debería haber protegido en su condición de fiscal general del Estado, la conoció el 12 de octubre. «Ese día me avisaron de que me iban a imputar», sostiene alegremente. Es decir, filtraciones van, filtraciones vienen. Cabría saber quién se lo dijo, seguramente vulnerando también la reserva de un procedimiento judicial. Es imposible hacerlo peor. Y hasta llega a preguntar el entrevistado que cómo se puede enjuiciar a una persona que conoces desde hace tanto tiempo, en referencia a su trato con los miembros de la sala Segunda del Supremo, encabezados por Manuel Marchena. De nuevo, otro desenfoque moral. Es decir, los magistrados del alto tribunal deberían haberle absuelto en función de lo mucho que conocían sus virtudes de tiempos pretéritos, no sé si de la Facultad. Es abracadabrante el argumento. Indiciario es también que cuando le pregunta Évole por los mensajes que borró sostenga que «no tengo una explicación concreta», y añada que «puedo hacer con mi intimidad, con mis mensajes, lo que quiera». Es imposible que alguien borre su inocencia, señor Ortiz. Lástima que la intimidad de otros no recibiera el mismo trato reservado.

Álvaro, ese nuevo mártir, es enternecedor. Ahora reconoce que las famosas palabras de Sánchez un año después de llegar al poder a mi compañero Íñigo Alfonso, en RNE, en las que se preguntaba retóricamente: ¿De quién depende la Fiscalía, eh? ¿De quién depende?, le van a perseguir a él toda la vida. Seguro que si reflexiona sabrá que lo que de verdad le perseguirá hasta el final es haber condenado a la carrera fiscal a un descrédito del que será difícil que regrese. ¡Qué país, Miquelarena!