De Bambi a Al Capone
Se trabajó el rescate de Plus Ultra (siempre con mi dinero, como RTVE). Por otra coincidencia de la vida, Huawei contrató a sus hijas y, acto seguido, él empezó a esforzarse para que la firma china entrara en la infraestructura española de 5G. El Pollo Carvajal le atribuye minas de oro, que no sé yo
La llegada del Zapatero presidente averió el sistema. Pudrió los fundamentos. Desde que ganó las elecciones contra todo pronóstico, quedó un olor a chamusquina que no ha desaparecido nunca. Hubo asimismo corrupción intelectual, resumida en Suso de Toro. Y corrupción estética; hemos querido olvidar frases que elevan la cursilería a tortura. El único tirano con aportaciones a la poesía es Mao. Aunque habría que leerlo en chino. Desde luego, cuando Zapatero se ponía intenso, era para salir corriendo. Recuerden su ambición de dedicarse a supervisar nubes. Y cómo chirriaba esto: «Lo que más rebeldía me produce es la soberbia» (?) O bien: «La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento» (ante diplomáticos de todo el planeta). O bien: «En pocas ocasiones he cometido excesos, me motiva la austeridad». Sobre todo, mucha austeridad. Hay mas corrupciones lato sensu:
Reabrir cicatrices de la Guerra Civil es más reprobable que actuar de comisionista. Si intermedias con dictaduras asesinas, habría que verlo con más detalle. Siguiendo la ética socialista, nuestro hombre se diría: si no lo hago yo, lo hará otro. La recuperación del lenguaje de los años treinta, la normalización de categorías desconocidas hasta entonces en nuestro Estado de derecho, la locura de entroncar el 78 con la Segunda República, los masajes a la ETA, toda esa escalada de abyección fue borrando el maquillaje de su rostro. Le habíamos llamado «nuevo Sagasta», «Blair español», y luego Bambi o Míster Bean. Ingenuos. No había un «pensamiento Alicia», como creyó Gustavo Bueno. Había un malvado al que los columnistas con veteranía suficiente tuvimos que dedicar demasiadas líneas. Zapatero fue un Azaña sin talento ni honradez personal.
Ya como expresidente –su verdadera vocación–, inició una relación estrecha con la corrupción stricto sensu. Su afición a las aeronaves de Pdvsa no presagiaba nada bueno. Tampoco parecían causas caritativas las concesiones petroleras a empresarios españoles en la franja del Orinoco. Luego supimos que su amigo y embajador Morodo se había llevado casi cuatro millones por asesoramientos inexistentes. Siempre de fondo Pdvsa, a la petrolera venezolana le cogieron los zapaterinos un cariño tremendo. El Delcygate lo montó él. Quizá quedaba a esas alturas algún alma cándida que atribuyera a simpatía el trasiego España-Venezuela organizado por el hoy tetraimputado. Se trabajó el rescate de Plus Ultra (siempre con mi dinero, como RTVE). Por otra coincidencia de la vida, Huawei contrató a sus hijas y, acto seguido, él empezó a esforzarse para que la firma china entrara en la infraestructura española de 5G. El Pollo Carvajal le atribuye minas de oro, que no sé yo. No queda espacio y están los cantos de Aldama, que lo comprometen, y los favores (siempre en Venezuela) que habría hecho a Duro Felguera, y su señalamiento por Trump como una de las cinco cabezas del régimen de Maduro, y la caída de Alex Saab, y el testaferro Julio Martínez, que cobraba de Plus Ultra y pagaba a Zapatero lo recibido a cambio de nada. Va a acabar donde se merece.