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La primera reacción de Pedro Sánchez a la triple imputación de Zapatero es también una confesión: salir en tromba a defender al expresidente, movilizar a la televisión pública en el mismo sentido y repetir el mantra de la conspiración judicial impulsada por asociaciones ultraderechistas cobijadas en la oposición no solo repite el modus operandi de otros casos de corrupción precedentes, sino que además delata una vez más el juego de complicidades presente en todos ellos.

Sánchez es el origen o el beneficiario de las dos tramas de corrupción que han ido paralelas a su vida política: la que le llevó al poder en el partido y en España, con más trampas que Pierre Nodoyuna y Patán en la serie Autos locos, y la que le ha mantenido en él y proyectado internacionalmente. Es decir, la de Ábalos, Cerdán y Koldo, por un lado, y la de Zapatero, por otro, a veces mezcladas y sintonizadas y otras enfrentadas o distantes.

La única duda es si él los eligió a ellos o ellos lo escogieron a él, conscientes de que su debilidad le hacía presa propicia de sus planes. En este caso, el orden de los factores no altera tampoco demasiado el producto. Unos le engrasaron las primarias del PSOE, la moción de censura y los pactos de investidura mientras hacían sus negocios. El otro le metió en la órbita caribeña del Grupo de Puebla, del chavismo, del indigenismo, de China y de la Internacional Socialista y quién sabe si le auxilió, siquiera anímicamente, cuando llegaron las curvas judiciales con la esposa, el hermano y la guardia pretoriana.

Lo cierto es que a todos ellos les dio a cambio las llaves del Gobierno, de La Moncloa y del partido a la vez, poblados en los tres casos de sus hombres, unos procedentes de la esfera valenciana y navarra de los dos exsecretarios de Organización, los otros del zapaterismo primero repudiado y luego rehabilitado, bajo las alas de José Blanco, de la consultora Acento, de José Bono y de Miguel Ángel Moratinos, con el Aldama o el Julio Martínez de turno para hacer los trabajos sucios.

El rescate de Plus Ultra es solo la punta del iceberg de una mayúscula trama que explica la última década de España: la de un perdedor endémico que, sin embargo, se hace con el poder mientras sus patrocinadores desarrollan todo tipo de negocios y él pone la firma, se hace el loco o se lucra políticamente.

En todos ellos están los acuerdos siniestros con Puigdemont y Otegi, el volantazo diplomático contra Estados Unidos, la complicidad con la tiranía petrolera venezolana, el ascenso en la Internacional Socialista, la aproximación a China, la sumisión ante Marruecos, la radicalización del PSOE, el enfrentamiento al Estado de derecho, el sometimiento ante el separatismo y la devaluación incesante de la democracia.

Todo va a acabar en el juzgado o en la cárcel, al tiempo, lo que ofrece un poco de justicia poética tras tantos años de sufrimiento inducido por una mafia colonizadora de la democracia, con una única duda ya por despejar: ¿También se ha forrado Sánchez o su botín era la Presidencia a cambio de dejar hacer? Todo lo demás, más allá de las consecuencias penales que tenga, ya está muy claro.