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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Ni aunque pillasen a Sánchez atracando una gasolinera

Olvídense, los socios jamás «moverán ficha», porque saben que este presidente es su camino para erosionar «el régimen del 78» y construir sus minipaíses

A primera hora de la mañana, en el esperado cara a cara en el Congreso, Sánchez se echó al cuello esa soga apellidada Rodríguez Zapatero. Hizo una defensa ardorosa del primer presidente imputado por corrupción de nuestra democracia. Un par de horas después, Feijóo lanzaba una petición en un canutazo ante las cámaras: «Los socios tienen que mover ficha». Vana esperanza.

Resulta de una enternecedora bondad pensar que Junts y ERC (los dos partidos del golpe catalán), Bildu (la máscara de ETA), BNG (comunistas y separatistas), el farisaico PNV (la formación chupategui del árbol y las nueces) y los populistas de extrema izquierda de Sumar y Podemos van a romper con Sánchez asqueados por la corrupción, forzando así unas elecciones generales anticipadas.

Me deja entre preocupado y sorprendido que el líder de la oposición, que está llamado a ser el próximo presidente del Gobierno, todavía albergue esperanzas candorosas sobre los principios morales de los integrantes de la autodenominada «coalición progresista». A toda esa amalgama le resbala la corrupción del PSOE, por muy pringosa que sea. Si mañana Sánchez atracase una gasolinera con una media en la cabeza y fuese detenido in fraganti, los separatistas y los comunistas silbarían y no se darían por enterados.

El interés general de España les da absolutamente igual. Se trata de fanáticos de sus causas que están a lo suyo. Solo tienen dos metas. En el caso de los separatistas, avanzar a cualquier precio hacia la construcción de sus miniestados independientes. En el caso de los comunistas, ir desmontando su odiado «régimen del 78», monarquía incluida, y evitar que algún día vuelva a gobernar la derecha.

Jamás romperán con Sánchez, porque saben que solo con él pueden avanzar en su proyecto separatista, un camino que quedaría cegado por completo con la llegada de un nuevo Gobierno que necesitaría el apoyo de Vox.

Aquí hay un plan, como ha recordado María Jamardo esta semana en dos esclarecedoras crónicas en El Debate. Sánchez quiere revitalizar su coalición antiespañola dando el acelerón hacia la «nación de naciones», la «España plurinacional» que consagró el PSOE en su congreso de la gran traición, el de 2017. Se trata de acometer ya a las claras el desmontaje del «régimen del 78», reescribiendo la Constitución con malas artes. El proyecto incluye un posible referéndum no vinculante sobre el modelo de Estado e incluso comenzar a cuestionar abiertamente la monarquía (y la Casa Real anda muy errada si cree que con gestos hacia el sanchismo se va a proteger).

Sánchez es un hombre desesperado, que tiene a su familia enfangada en los tribunales y a su consejero áulico Zapatero ya imputado. Sánchez es el nexo común de todos los casos de corrupción. Sin su cargo de presidente y su larga mano no habría sido posible la guerra sucia de García Ortiz, ni los casos de nepotismo con su mujer y su hermano, ni las golfadas de Leire, Zapatero, Ábalos, Koldo y Cerdán.

Los hombres desesperados se caracterizan porque acometen acciones desesperadas. En política, se deslizan por el tobogán del radicalismo y la autocracia en la esperanza de blindarse atornillándose al poder. Los separatistas y los comunistas son los grandes beneficiarios de esa huida hacia adelante de un presidente fuera de control. Así que nunca lo dejarán caer para verse bajo un Gobierno del PP, que para continuar en la Moncloa requerirá del plácet de Abascal.

Pero aunque los miembros de la coalición antiespañola jamás romperán con Sánchez, ha llegado la hora de presentar una moción de censura, incluso para perderla. Es tiempo de exponer en el Parlamento en toda su crudeza el nivel de degradación que hoy sufre España. Hay que pasar de los pellizcos dialécticos a la acción. Mostrar que existe una alternativa de esperanza, capaz de dejar atrás la mediocridad socialista, reforzar la unidad de la nación y ofrecer un Gobierno operativo. Hay que cantarle las cuarenta al proyecto autócrata allí donde se deben hacer estas cosas, en el Congreso, en la sede de la soberanía nacional. Para esto está el Parlamento, no para el circo de barra de discoteca poligonera de Rufián, la altanería insufrible de una apologista de ETA o escuchar con pinganillo a la cansina embajadora del fugitivo de Waterloo.