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en el recuerdoAlfonso Ussía

La ley de las tontas del pompis

Por lo normal, hay más viudas que viudos. La mujer es más fuerte que el hombre. Así que no he tenido más remedio que anunciárselo a mi mujer. –Cuando yo me muera, ya no serás viuda. Deberás presentarte como mi «conyuge supérstite»–. Y se ha quedado de piedra

Lo de la Ley «Trans», anteproyecto de Ley aprobado por el Consejo de Gamberros que hoy nos gobiernan, escenifica el clamor de la estupidez, de la cursilería del lenguaje y el despropósito de su contenido. En principio, ya no hay viudas ni embarazadas en nuestro país, antes llamado España. Las viudas pasan a ser «conyuges supérstites» y las embarazadas, «progenitores gestantes». Ese es el resultado de las reuniones que mantienen la tonta con cartera ministerial originada en el lecho y su grupo de amigas y asesoras, entre las que no falta la niñera a 5.000 euros cada mes.

Pero hay más. Para entender ese anteproyecto de ley, que es de esperar que caiga en el Congreso y en el Senado, hay que estudiar a fondo y dominar el nuevo lenguaje de la estupidez supina. La cajera de la tienda de electrodomésticos aupada a ministra por Pablo Iglesias, con la natural benevolencia de Pedro Sánchez, se ha desembarazado de pudor y ha cambiado la terminología sobre el género y la maternidad.

De ser miembro de la Real Academia Española, que no lo soy, interpondría contra ella una querella criminal, porque la demanda se queda corta. La persona «Trans» es aquella cuya identidad de género no se corresponde con la identidad científica basada en el género que se le asignó al nacer.

Todos hemos nacido con o sin dolor de nuestras madres, y todos, a la luz del quirófano, o en el campo, o en un taxi, hemos recibido una identidad de género basada en la evidencia. Pitilín, niño. Huchita, niña. Lógico y sencillo, hasta la fecha. Lo enfrentado a «Trans», es decir, la persona más o menos normal de toda la vida, se denomina ahora «cisgénero». Este texto lo está escribiendo un «cisgénero», es decir, la persona que sí se identifica y admite su sexo asignado al nacer.

Ábalos, por ejemplo, es un «cisgénero» de enciclopedia.

Es cierto que muchos antiguos recalcitrantes, personas normales que reciben el apodo de «fascistas» han considerado y consideran que los «Trans» sufren algún tipo de enfermedad o desviación sexual. Para dejar de considerar enfermas a esas personas, se requiere una «despatologización de la transexualidad», según la Ley de las tontas.

Uno va por la calle tranquilo, se encuentra con un amigo y le pregunta por su salud y hacia donde se dirige. Y el amigo, con la mayor naturalidad del mundo le responde: «Voy a despatologizarme de la transexsualidad». Y hay que decirlo sin titubeos, porque el titubeo puede ser considerado indicio de delito por los despatologizadores, que para eso han estudiado. Y para referirse a las personas no binarias, se obliga a usar el nuevo neutro, «hije», «niñe» y demás soplapolleces monterianas.

Para este «carroza» que escribe, el poseedor de un «género fluido» es aquel que merece el calificativo de «salido». Pues no. El «género fluido», según el anteproyecto de ley de la fluida ministra, es la persona que no se identifica con una única identidad de género, sino que va fluyendo entre ellas. Es decir, de hombre fluye a mujer, de mujer a marica de playa, de marica de playa a lesbiana, de lesbiana a «trans», de «trans» a binario, de binario a intersexual, de intersexual a pangénero, de pangénero a heterosexual, y vuelta a empezar. Lo que antaño se decía una loca, un zorrón desorejado o un tigre de Bengala.

Y se autoriza, e incluso recomienda, el bloqueo sexual, técnica que consiste en bloquear los principios de la pubertad, el desarrollo de los pechos femeninos o de la barba masculina. Me alegro por mi amigo Demetrio Vallesquí y Perefragulet, que de haber sido púber en ésta época, habría sufrido un bloqueo hormonal, porque tenía barba, pero simultáneamente unas tetas más grandes que Sofía Loren.

Por lo normal, hay más viudas que viudos. La mujer es más fuerte que el hombre. Así que no he tenido más remedio que anunciárselo a mi mujer. –Cuando yo me muera, ya no serás viuda. Deberás presentarte como mi «conyuge supérstite»–. Y se ha quedado de piedra.

A esto es a lo que se dedican estas analfabetas, obsesas sexuales, indocumentadas, cursis y rotundamente idiotas. Por esta vez, entiendo a Carmen Calvo, que se ha enfrentado a la tonta y por ahora, ha perdido. Quizá ha influido en Sánchez la opinión de doña, don, doñe o como se diga, Begoña, Begoño o Begoñe.

  • Publicada en la web de Alfonso Ussía el 2 de julio de 2021
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