Tapón
Con el dinero como única arma y sostén para alcanzar la independencia, esta jamás llegará, porque de ser independientes el dinero desaparecería y sin dinero, los catalanes, el «procés», y la independencia se irían a la porra
Aragonés, el nieto del entusiasta alcalde franquista, se recrea en sus bobadas. En Cataluña no hay Rey. ¡Vaya si lo hay! Además de necio, muy mal educado. Es probable que esa animadversión hacia el Rey provenga de algún complejo. El Rey de España, también de Aragón, Conde de Barcelona y Señor de Balaguer, presenta 191 centímetros de Rey de España, también de Aragón, conde de Barcelona y Señor de Balaguer. En tanto que la buena percha de los presidentes de la Generalidad se evaporó cuando Tarradellas, Marqués de Tarradellas de Pubol, fue sustituido por Pujol, el jefe de la banda del tres por ciento. Y Aragonés, así a golpe de vista y ojo de buen cubero, mide más o menos lo que Pujol, y le amarga ser un tapón.
Con Alfonso XII habría sido más respetuoso, porque el hijo de Isabel II era muy bajito, y simulaba su retaca majestad con sombreros altos, como el emperador Carlos I y su hijo Felipe II, discretísimos en la estatura. El que salió para aquellos tiempos con cuerpo y alma de gigante fue el hijo natural, Don Juan de Austria, a quien su hermano Felipe II le envidiaba sus 188 centímetros de altura. Pero claro, recibir a un Rey de 1,91 con apenas 1,60 es muy duro. El dandy por definición, 'Le beau Brummell' era bajito, pero su personalidad lo hacía olvidar. No envidiaba ni a Baudelaire, ni a Lord Byron, más altos que él y menos dandys. Cuenta Guiseppe Scaraffia, autor de un acertado ensayo sobre el dandismo, que el Rey Jorge IV de Inglaterra, le pidió a Brummell su opinión sobre una capa que estrenaba, y que Brummell mirando al monarca a los ojos le repreguntó: –¿De qué capa me habla, imbécil? Cuando Aragonés, con sus cómplices empresarios –casi todos–, de Cataluña, es empujado a saludar al Rey me figuro la historieta al revés, con la diferencia de que el Rey es un hombre de educación cimera y Aragonés un paleto grosero y muy pequeñito. –«Le saludo, pero en Cataluña no tenemos Rey. Somos una República»–. Y el Rey desde las alturas, cirro sobre la niebla, le dedica una medida sonrisa que encierra esta cuestión: –¿De qué República me hablas, imbécil?–.
En Cataluña, y eso lo explica con claridad rotunda Salvador Sostres, lo único que importa es el dinero. Los empresarios que antaño miraban hacia otro lado para no perder sus privilegios, ahora son entusiastas agradadores de los vergonzosos indultos. Y como intuyen que una buena parte de los fondos europeos los va a repartir Sánchez en Cataluña, al fin se han comprometido a mantener la unidad empresarial, tanto los empresarios separatistas como los que miraban hacia otro lado, igualmente separatistas pero más cobardes. Y le pidieron a Aragonés que hiciera un gran esfuerzo y cenara con el Rey, que hay que estar a buenas con el resto de España. Entonces Aragonés organizó la cena, con unas sillas a su medida, y no las del Rey, que se sintió bastante incómodo, no por las sillas, sino por la grosería institucional de los catalanes. También se sentó la Colau en la mesa, y el Rey no la miraba, porque come con la boca abierta y mastica mientras habla, y no es cosa de vomitar en público cuando se acude a inaugurar un congreso en trance de devaluación internacional.
Estos complejos son muy dañinos. Nacen en el colegio y explosionan ante la realidad. No es agradable ser tratado y saludado desde las alturas inalcanzables. Aragonés es un bajito que jamás soñó con ser el presidente de la Generalidad de Cataluña, y en el sillón de su despacho se acopla unos almohadones que tienen sus ventajas y sus inconvenientes. La ventaja, que sentado aparenta ser más alto, y el inconveniente, que no le llegan los pies al suelo. Aragonés aborrece a todo aquel que sentado en un sillón normal toca el suelo con las plantas de sus zapatos. Y por eso «República para arriba y República para abajo», pero en el fondo, lo único que busca es dinero, y el dinero lo guarda y lo distribuye Sánchez, aunque los españoles no estén de acuerdo con el reparto. Con el dinero como única arma y sostén para alcanzar la independencia, ésta jamás llegará, porque de ser independientes el dinero desaparecería y sin dinero, los catalanes, el «procés», y la independencia se irían a la porra.
España no roba. España, paga, y en este caso, soborna.
Pero lo que le duele es ser muy bajito y recibir a un Rey tan alto.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 30 de junio de 2021