Paloma
Hay golpes que nos tienen que hacer pensar todavía más de lo que lo hacemos normalmente. Reflexionar sobre lo frágiles que somos. Nunca olvidar que hay que estar siempre preparados porque no sabemos cuándo nos llamará Dios. Hacemos todo tipo de planes a futuro, pero podemos no estar aquí dentro de diez minutos
El demoledor mensaje que me enviaba un íntimo amigo llegó a mi teléfono el miércoles mientras estaba en un almuerzo de trabajo: «Hola Ramón, me acabo de enterar de que ayer se murió de repente la hija mayor de Rocío. Un abrazo». Me quedé helado.
Rocío era una chica a la que yo le hablaba cuando teníamos 19 o 20 años. Me encantaba, pero no tuve mucho éxito. La vida nos ha llevado por caminos diferentes. Ella se casó con un marino, hoy capitán de navío en la reserva, y han tenido destinos fuera de España o lejos de Santander y Madrid. Pero cada cierto tiempo nos citamos a cenar y a reírnos.
Me fui al tanatorio de Majadahonda y allí encontré a mi amiga, su marido y otros familiares. Más que destrozados, como es lógico. ¿Qué se puede decir en estos casos? Paloma, su hija, tenía 29 años y estaba a punto de casarse. Dentro de unos días tenían su petición de mano. Los familiares, desconsolados, me contaron que estaba haciéndose un chequeo en una clínica madrileña cuando murió. Un trombo que había tenido en una pierna le llegó al corazón y no pudieron hacer nada por ella. Estas circunstancias me impresionaron todavía más.
El pasado 27 de diciembre había yo salido a correr como hago todos los días que no tengo que trabajar. Pero a poco más de cien metros del portal de mi casa tuve que pararme, sin respiración. Preocupado, volví a mi casa. Mi mujer, optimista, me dijo que quizá se debiera al frío helador que hacía. Porque, por lo demás, yo me encontraba perfectamente. Consulté con un compadre mío, que es médico, y me aconsejó que fuese a algún hospital a que me hicieran una placa. Después de almorzar, me fui dando un paseo a un centro que tengo a un kilómetro de mi domicilio. Llegué con un poco de dificultad. En media hora estaba ya ingresado y camino de la UVI, donde pasé cuatro días. Tenía un tromboembolismo pulmonar, un asunto grave que había ocurrido porque un coágulo de sangre (trombo), procedente de mi pierna izquierda, había llegado a las arterias de los pulmones y las bloqueaba. Tenía que quedarme en la cama sin levantarme por riesgo a que el trombo se moviera y me llegase al corazón.
Con 59 años y un magnífico equipo del Hospital de La Milagrosa, este castigado cuerpo mío sobrevivió. Con 29 años y una crisis casi igual que la mía, Paloma murió el pasado martes en Madrid.
Hay golpes que nos tienen que hacer pensar todavía más de lo que lo hacemos normalmente. Reflexionar sobre lo frágiles que somos. Nunca olvidar que hay que estar siempre preparados porque no sabemos cuándo nos llamará Dios. Hacemos todo tipo de planes a futuro, pero podemos no estar aquí dentro de diez minutos. Hemos de ser conscientes de la suerte que tenemos por estar vivos y poder disfrutar de esta vida. De todo lo que nos ha dado, de los retos que nos ha planteado y entender también que los fracasos que hayamos tenido nos ayudan a ser más fuertes.