Todavía hay quien se pregunta «por qué»
Este domingo, cerca de millón y medio de personas se han manifestado en Madrid y no hay una sola papelera rota. Sí la esperanza de un mundo y un país mejor
A las 5:30 de la madrugada, bajando calle Preciados de camino hacia la Puerta del Sol, cuatro amiguetes canturrean una tonada visiblemente borrachos. A un campo de fútbol de distancia, bajo el reloj de las Campanadas, cientos de periodistas y voluntarios guardan fila para ir a Misa. A Misa de 10 con León XIV, para más señas. Tras pasar un control de seguridad equiparable al de un aeropuerto –por lo lento–, se les sube a un autobús de camino a la plaza de Cibeles. No está lejos, se puede ir andando, pero es la manera de asegurarse de que todos llegan en tiempo y forma. La gente (y los organizadores) necesitan certezas.
Hay quien se pregunta de dónde viene el auge de lo católico. O si de verdad existe. La demoscopia dice que sí, como leerán pronto en este periódico. Y las sensaciones dicen que también, pues no hay evento en este Madrid cosmopolita e inabarcable que haya movido a tanta gente como el viaje apostólico del Papa.
León XIV ha pedido en su homilía «no caer en la tentación de confiar en otros ídolos», en alusión al becerro de oro del que nos previno la Biblia. A 500 metros de Cibeles está el Congreso de los Diputados, una de las mayores fábricas de ídolos falsos de nuestra época. Quizá por eso hay una vuelta a lo católico, porque en una época en la que la palabra carece de valor y es voluble al calor de la «aritmética parlamentaria», la Palabra con mayúsculas ofrece respuestas que no caducan cada cuatro años. Y todavía hay quien se pregunta «por qué».
El mensaje de la Iglesia y el de León XIV es un mensaje inclusivo en el sentido más genuino del término. Un mensaje que antagoniza con el discurso polarizante del que parte de nuestra clase política ha hecho su modus vivendi, subidos a lomos de aquel «nos conviene que haya tensión» del tótem falso de Zapatero. Este domingo, cerca de un millón y medio de personas se han manifestado en Madrid y no hay una sola papelera rota. Sí la esperanza de un mundo y un país mejor. Ese millón largo de personas se ha deseado la paz siguiendo a un hombre de sonrisa introvertida, que hasta 2025 respondía al nombre de Robert Prevost y que ha vivido junto a los que Francisco llamó «los descartados».
Qué país tendríamos si el mensaje de León XIV y sus predecesores sonase más fuerte –y más veces– que el de Rufián o Aizpurua. Qué sociedad construiríamos alrededor de los Diez Mandamientos.