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La altura espiritual y moral del Papa no tiene parangón. Pensar que sus mensajes ensalzan o refuerzan una idea política concreta, y no digamos a un gobernante, es simplemente ridículo: él no habla para Sánchez ni contra Feijóo o Abascal, ni tampoco al revés; ni obedece a modas, corrientes ni ideologías. Conoce su tiempo y trabaja en él, pero su mundo no es de esta tierra y se mueve en realidades intemporales.

Solo un Rey se le acerca, y no demasiado: Felipe VI, por ejemplo, no puede ni debe actuar a favor o en contra de una ley de amnistía, ni siquiera aunque perjudique lo que él mismo simboliza, y aunque eso le genere incluso cierto rechazo, acierta al quedarse quieto mientras los demás corren. Porque la única manera de defender lo sagrado es no pringarse en lo mundano, aunque a veces ambas dimensiones se crucen.

Por todo eso siempre ha sido algo ocioso el debate sobre qué Iglesia concreta representa cada Papa, y bastante ridícula la división entre conservadores y progresistas, como si formaran parte de un circo que les es ajeno: en lo sustantivo todos son iguales y defienden lo mismo, adaptado a unas circunstancias y consciente de un momento en el que surgen nuevos problemas que han de ser atendidos desde la perspectiva de siempre.

Y también por eso produce alipori la sonrojante estrategia sanchista, e incluso de otra parte de la izquierdita radical española, de intentar privatizar al Papa: primero fue con Francisco, haciéndose un poco la viuda del argentino, y ahora con el americano, como si fuera el presidente de honor de la Internacional Socialista.

En realidad, esa sobreactuación es un gesto de desesperación: arrasado Sánchez por su cloaca endémica, que ahora se destapa, pero ha estado con él desde la noche de sus tiempos y está detrás de todas sus andanzas de más de una década para acá, se esconde tras la casulla a ver si funciona, como lo hace con el cambio climático, los viajes internacionales, la transición energética o la «ola reaccionaria», y lo hará en breve con el Mundial, las vacaciones y lo que depare el destino.

Pero es especialmente sangrante, y ridículo, intentar utilizar a alguien que no se puede defender y que nunca va a hablar ni replicar a esos intentos zafios de explotación, con esos antecedentes.

Porque Sánchez es el presidente que ha actuado siempre como si toda la Iglesia fuera pedófila, una idiotez tan grande como creer que todo el PSOE es putero; que ha criminalizado la enseñanza religiosa y los conciertos educativos, sanitarios o asistenciales con el catolicismo (aunque no se conozca caso de comedor o albergue de la UGT y no haya pueblo sin uno de Cáritas) y se ha dedicado a pisotear los funerales tradicionales, con la dana, Adamuz o la pandemia como grandes ejemplos, porque eso era de fachas y él es el único cardenal laico con derecho a oficio.

También ha olvidado la Semana Santa o las Navidades mientras felicitaba el Ramadán y, en fin, ha convertido la Fe en otra de sus herramientas de polarización, de que es Arzobispo: si en algo se debe dar por aludido Sánchez en el discurso de León XIV es precisamente en eso. Porque él ha hecho de la confrontación, el muro, la trinchera y la división su única estrategia, esperando que la fractura en dos de España le permita sobrevivir, al precio que sea, si su parte suma un poco más que la otra, aunque el todo quede destruido.

Sánchez, en fin, tiene de personaje bíblico lo que Belzebú. Aparecer en el Nuevo Testamento no te convierte en un hombre bueno: para que se entienda el bien, se debe visualizar el mal. Y qué bien ha venido, para salir de dudas, que a los cinco minutos de intentar patrimonializar al Santo Padre haya salido pitando con Begoña para ver un concierto, con su habitual falta de decoro y de saber estar.