Sobre el arte de negociar
Si Estados Unidos no comparte la idea de que Rusia es una amenaza y sólo quiere bases en Europa para proyectar fuerza en otras partes del mundo, en operaciones que diseña y decide sin contar con nosotros ¿nos interesa mantenerlas?
Es sabido que Donald Trump responde al perfil de «narcisista», aunque dejo para los psiquiatras decidir si se puede o no diagnosticar en su caso un Trastorno Narcisista de personalidad que, como el lector se puede imaginar, implica un grado mayor de gravedad. Los narcisistas tienen un alto concepto de sí mismos, les aburre escuchar a los demás y confían en sus intuiciones y ocurrencias más que en análisis profesionales. No es ningún secreto que el actual presidente de los Estados Unidos considera que, entre sus muchas virtudes, se encuentra la de ser un excepcional negociador. Si lo ha sido o no en el ámbito inmobiliario es algo que desconozco. De lo que sí puedo dar fe es de que en política internacional es un desastre, incluso cuando la razón le acompaña.
Estados Unidos ha hecho una formidable demostración de fuerza en Irán, dañando muy seriamente sus capacidades militares. Sin embargo, al carecer de un plan de acción profesional, al confiar Trump en sus intuiciones, al pensar que creando caos se encontraría en una posición de privilegio para lograr sus objetivos… lo que ha conseguido es situar a Irán en clara ventaja.
El Gobierno de Teherán controla el estrecho de Ormuz, bloqueando la salida a los mercados internacionales de una significativa cantidad de hidrocarburos, fertilizantes y otras materias primas. Los estados árabes del Golfo e Irán se privan de parte de sus ganancias. Es verdad. Pero sólo un marxista anacrónico o alguien que haya pasado por una escuela de negocios puede caer en el error de creer que la política internacional se rige por el dinero. El Irán postrevolucionario sigue otra lógica, que no es difícil de entender si se presta una mínima atención, algo que Trump no hizo. Ni el régimen colapsó por los bombardeos, como el presidente esperaba, ni va a renunciar a sus objetivos de poner fin a los gobiernos árabes «corruptos», a la existencia de Israel o a la influencia occidental en la región. Tiene los medios para continuar sometiendo a su población a todo tipo de sacrificios, desde la pérdida de libertad a la privación de bienes básicos. Con el cierre de Ormuz no sólo perjudica económicamente a sus vecinos, además pone en evidencia la fragilidad de sus estrategias nacionales.
Estados Unidos no tiene problema de suministro energético, pero el relativo desabastecimiento de los mercados provoca en unos casos escasez y siempre inflación, lo que finalmente nos acaba afectando a todos. Trump está poniendo en peligro tanto la autoridad de su país en el mundo como la estabilidad económica.
Por otra parte, Irán ha vinculado un hipotético acuerdo, cuyos compromisos supondrían una importante cesión de Estados Unidos, a la protección del Eje de Resistencia. Esa fórmula le proporciona un formidable margen de maniobra. Si Hezbolá ataca a Israel, tiene asegurada la respuesta del Gobierno de Jerusalén, lo que permitirá a Teherán denunciar la «agresión» y justificar el bloqueo de las negociaciones para llegar a un acuerdo. Si Trump tiene prisa por alcanzarlo, y la tiene, se verá obligado a frenar a su aliado israelí, garantizando la supervivencia de la milicia islamista libanesa. En circunstancias normales, Estados Unidos no aceptaría un chantaje tan burdo, pero Trump necesita salir del atolladero en el que nos ha metido a todos.
Israel se siente traicionado por Estados Unidos, al verse presionado para no responder ante el ataque sufrido. Los estados del Golfo se revuelven divididos ante una situación de la que son cómplices, pero que ha devenido en prueba de sus vulnerabilidades. Unos y otros son conscientes de que necesitan a Estados Unidos para garantizar su seguridad y contener a Irán, pero la pésima gestión de Trump los ha colocado en una posición muy incómoda. Al final Irán resiste, controla Ormuz y está en condiciones de continuar atacando a sus vecinos, dañando su economía y quebrando su proyecto de país.
Durante décadas, Estados Unidos cuidó su sistema global de acuerdos de seguridad, que incluía un alto número de bases militares, de utilización conjunta o en exclusividad. Podían ser bilaterales o multilaterales, fruto de alianzas o coaliciones, pero siempre eran el resultado de una visión compartida a partir del reconocimiento norteamericano de que su seguridad estaba vinculada a la de otros estados. Ese mundo ya no existe. Gracias a Trump sabemos que Estados Unidos ha renunciado a buena parte de sus objetivos tradicionales, pero no sabemos qué es lo que quiere, porque Trump no está sabiendo dar forma a una nueva diplomacia ni tiene a su espalda un consenso parlamentario suficiente.
La Administración norteamericana critica a sus socios de la OTAN por no haber ayudado en la crisis de Ormuz y por haber obstaculizado el despliegue de sus unidades desde bases en Europa. Ciertamente no teníamos ninguna obligación jurídica de hacerlo, porque Estados Unidos no planteó previamente el asunto en el Consejo Atlántico. En cualquier caso, no conviene confundir el derecho con la realidad. Los europeos debíamos haber respondido de una manera más comprensiva, mordiéndonos la lengua ante el formidable ejercicio de soberbia e incompetencia norteamericano. Desde hace décadas, el contribuyente de ese país viene haciéndose cargo de nuestra seguridad y eso merece una deferencia.
Los próximos 7 y 8 de julio está previsto que se celebre una cumbre atlántica en Ankara. Obviamente, la delegación norteamericana pondrá sobre la mesa el estado del «vínculo» entre ambas orillas del Atlántico, a raíz de lo ocurrido en torno a la guerra de Irán. Están en su derecho. El mismo derecho que los acompaña para reducir su presencia militar en el Viejo Continente. Sin embargo, estos hechos son efectos, sólo efectos, de un problema. De lo que se debería tratar es del núcleo del problema ¿Qué sentido tiene para todos nosotros la OTAN, una vez que la Alianza Atlántica está enterrada? Si Estados Unidos no comparte la idea de que Rusia es una amenaza y sólo quiere bases en Europa para proyectar fuerza en otras partes del mundo, en operaciones que diseña y decide sin contar con nosotros ¿nos interesa mantenerlas?
Da igual que hablemos de Israel, de Emiratos o de Italia. Allí donde hay un vínculo de seguridad con Estados Unidos percibimos un cierto escepticismo sobre el futuro de la relación. Y es que ni confiamos en su liderazgo ni tenemos claro cuáles son sus objetivos.