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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Querida Gertru

El último día, antes de que nos registraran, Gertru, recuerdo que me preguntaste que si anulabas mi salida a correr y te contesté con un lacónico: «Sí, claro». Luego te llamé y ya no contestabas. Estaba la malvada UDEF hurgando en nuestras cuentas de algodón de azúcar

Se veía venir, querida Gertru. Has sido como una hermana para mí desde aquel lejano 2000 cuando te viniste a mi vera en las primarias socialistas, cuatro años antes de que la conmoción del 11-M me llevara directo al Palacio de la Moncloa. Nunca me decepcionaste: lloras cuando mi perro enferma, le mandas flores a Sonsoles, me pides en la farmacia las pastillas para el colesterol –no sé cómo sufro de ese estigma propio de las sociedades sobrealimentadas por el capitalismo consumista–, examinas a mis futuros yernos para que demuestren fidelidad al credo socialista y, lo que es más importante, te ocupas de que mis cejas, que tanta felicidad me han dado, estén depiladitas y enarcando, con su circunflejo acento, esa «mirada limpia» que dijo Gallardón quizá pensando en ese proverbio machadiano: «el ojo que ves…», más que por lo predecible que escondía esa aguamarina mirada. No hay nadie como tú.

Cómo ha cambiado el cuento, Gertru. Cómo celebraba yo que se filtraran los detalles de las fiestas con payasos de Ana Mato o las jornadas en la nieve de Bárcenas, y ahora este mundo cruel lleno de fascistas nos hace a nosotros lo mismo, sin tener en cuenta mi ecuménica misión sin descanso liberando pueblos sojuzgados por el facherío. No hay derecho, querida mía, que consideren que tú, una socialista de bien, desarrollas «un papel operativo esencial dentro de la red organizada orientada al ejercicio ilícito de influencias». Pero si tú no has hecho otra cosa que velar por que yo no perdiera el norte. Quién si no tú, guardabas las llaves de esa caja fuerte de mi despacho de Ferraz que, sin que todavía sepamos por qué, contenía joyones de más de un millón de euros, cuando lo que metimos nosotros hace unos años fueron unos recuerdos de la familia de Sonsoles y de mis padres. Cómo es posible que este juez Calama crea que ese despacho que me pagaba Pedro era un «centro físico de coordinación, elaboración y archivo de la documentación que sustenta la actividad económica y financiera del entramado». Nada más lejos de la realidad: tú, Gertru, y yo sabemos que era el epicentro mismo de mis desvelos por supervisar las nubes que todo buen progresista debe admirar cada mañana.

¿Qué tiene de malo que te pidiera que avisaras a mis escoltas, a «esos chicos», sobre mis actividades deportivas? Yo corría mucho con Julito Martínez. Ya sé que me vas a regañar, pero es que para mí siempre será Julito. El día 21 espero que no me decepcione y haga un Aldama. Total, los dos corríamos por El Pardo y nos tomábamos unos huevos con panceta como si fuéramos dos obreros de la construcción. En el fondo los que hemos nacido en este lado bueno de la vida siempre somos proletarios. Unos de mono y llave inglesa, y otros de testaferros y millones en la cuenta. Pero proletarios al fin. Como el pagador de mis hijas, Domingo Amaro Chacón, tan amigo del pobre Nicolás Maduro –que Trump tenga en su gloria y en una cárcel en Brooklyn–, con el que me reuní en un apartamento. Solo faltaría que no pudiera yo asegurar la vida a mis hijas, a mis nietos, a mis bisnietos... Ya lo dijo Koldo, que es un listo, que yo era multimillonario. Y él ¿qué? ¿Y su jefe Ábalos? Pues ahora va a jugar al dominó en Soto durante muchos años. Gertru, espero no ir a la cárcel, pero si finalmente el fascismo me condena, pediré ingresar en alguna de las celdas que habitó mi hombre de paz preferido, Arnaldo. Ya le preguntaré cuál es la mejor. Quiero ir recomendado.

Qué les importará a ellos si a mí me gustó Leire cuando se quedó con el personal y dijo que era una periodista de investigación. Yo también lo hago habitualmente y no es tan grave. «Me ha gustado Leire» te dije en el mensaje. Ella estaba haciendo un buen trabajo: limpiar de obstáculos al «presi». Una patriota. Ahora, Gertru, resulta que te imputan a ti y les molesta que yo viajara a Bolivia para que aquel país hermano le quitara una sanción a un grupo empresarial peruano dedicado a las minas. Aldama lo hacía por Plus Ultra y aquí lo tienes. «Comprueba –te escribí–, que han ingresado los 50 (mil) de Perú». Pues claro. Además, qué otra cosa puedo hacer yo, que he vivido gran parte de mi vida en León, que defender al sector minero. Y que cobrara 200.000 euros por mis gestiones tampoco es para tanto ni que hiciera tres viajes exprés de 24 horas a Dominicana. Así se defiende al mundo de la involución.

No hay derecho: ahora resulta que está mal que yo tenga una abultada agenda como expresidente. Que si organizando citas en Moncloa con otros ministros, que si comidas en un hotel madrileño como el Santo Mauro, santo y seña de los menús económicos, que si cenando con periodistas que luego se traducían en una entrevista-masaje en la tele, que si con Yolanda para que no llorara, que si con Irene para que no se sintiera sola cuando ya no era ministra, que si cinco viajes a Suiza con Puchi, que también estaba necesitado de cariño, que si videoconferencias desde Madrid para darle apoyo moral a Santos cuando viajaba al país helvético, otro ejemplo de país comunista y distribuidor de la riqueza de los pobres. Recuerdo cuando me agendaste aquella visita a los Alpes, el 26 y el 27 de enero de 2024, dos meses después de que, gracias a mi labia y a Carles, Pedro fuera, contra todo pronóstico, investido.

A Pepiño, tú lo sabes Gertru, también lo he cuidado. Él se ocupa de esto de las comisiones –todas legales, claro– y es un maestro para mí. Y cómo iba a faltar en mi agenda Susana Díaz. Yo por ella di la vida, hasta que decidí darle esquinazo y poner la foto de Pedro en mi billetera, ya que él aún no ha conseguido salir retratado en las monedas. Y hablando de dinero, dicen que si tengo obsesión por la pasta. Tampoco es para tanto, más de un millón por Plus Ultra, que si 17.800 de los turcos –recuerdo que me pareció «una cantidad rara»–, que si lo de los peruanos, que si el contrato de Kreab a 180.000 anuales y 15.000 mensuales… Es que esta cabecita llena de sabiduría tiene su precio. Y, además, sin contratos ni papeles firmados. Todos acuerdos verbales. De hombre a hombre. Como se han hecho siempre las cosas.

El último día, antes de que nos registraran, Gertru, recuerdo que me preguntaste que si anulabas mi salida a correr y te contesté con un lacónico: «Sí, claro». Luego te llamé y ya no contestabas. Estaba la malvada UDEF hurgando en nuestras cuentas de algodón de azúcar.

Un abrazo, Gertru.