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Desde la almenaAna Samboal

Teatro en Ankara

Lo que queda de legislatura serán las vacaciones pagadas con dos imputados como compañía, todo a costa del contribuyente y propaganda pura y dura disfrazada de labor institucional. Un día el Congreso sirve para vender ropa, al otro es el 'atrezzo' para presentar un programa electoral

Donald Trump necesita llamar la atención. Esa permanente necesidad de destacar parece consustancial al personaje. Por otra parte, cuantas más patadas propine al tablero europeo, menos oportunidades habrá para hablar con un mínimo fundamento del agujero en el que se ha metido en Irán, donde, una vez más, los norteamericanos se demuestran especialistas en perder guerras que previamente han ganado en el campo de batalla.

El americano insultó primero a Meloni. Arremete ahora contra España. Esperemos que sin consecuencias, puesto que el marco en el que se desarrolla la relación comercial bilateral no se fija en Moncloa, afortunadamente, sino en negociación con Bruselas. La noticia, por tanto, no es que el presidente de los Estados Unidos arremeta con fuerza contra nuestro país. Aunque sin duda habrá empresas que tomen nota. La noticia es que cuando Trump y Sánchez se sientan a negociar, en vez de poner sobre la mesa los intereses comunes y las discrepancias que nos separan, el tema de conversación es el fútbol y el golf. Es decir, no tienen nada de que hablar. Digno de la escena de House of Cards, la serie que tan bien conoce Iván Redondo, en la que el presidente debe entrevistarse con su adversario político. Al no tener nada que decirse, se dedican a ver un partido durante el tiempo estipulado. Por aquello de guardar las formas. Y después ya podrán tirarse los trastos a la cabeza. La política queda reducida al mero relato. Y en eso el presidente norteamericano y el nuestro son especialistas.

Lo cierto es que Donald Trump no tiene nada que decirle a Pedro Sánchez porque, aunque histriónico y maleducado, no tiene un pelo de tonto y sabe que el jefe del Ejecutivo español está con un pie en la calle. Hay quien espera que convoque las elecciones en marzo, pero hay quien piensa que nos lleva a votar en plena Navidad. En cuanto el parlamento le tumbe el techo de gasto, se le cerrará la vía para presentar un presupuesto. Excusa suficiente para llamarnos a las urnas entre lágrimas por la fortuna que iba a emplear en agasajarnos usando nuestro propio dinero, después del último sablazo que acaba de darnos Hacienda.

Lo que queda de legislatura serán las vacaciones pagadas con dos imputados como compañía, todo a costa del contribuyente y propaganda pura y dura disfrazada de labor institucional. Un día el Congreso sirve para vender ropa, al otro es el atrezzo para presentar un programa electoral. En eso ha convertido la inefable Armengol la sede de la soberanía, en una pasarela de egos.

De las cosas serias tendremos que ocuparnos en la próxima legislatura: la vivienda, las bajas laborales, los salarios o la política de defensa. Lo sabe Pedro Sánchez y lo sabe Donald Trump. Lo demás, fuegos de artificio.