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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

Begoña no es una mujer florero

Al empresario madrileño le quedaron pocas dudas sobre el carácter ambicioso y dominante de aquella mujer. Me vengo a referir a que semejante temperamento no se compadece con la imagen de una señora a la sombra de su marido, plegada a sus designios, perseguida injustamente...

Había dos ramos de flores esperando a Pedro Sánchez a su llegada a la cumbre de la OTAN, en Turquía. El primero, envuelto en papel blanco, lo recibió el presidente del Gobierno de manos de una joven nada más pisar el aeropuerto de Ankara. Sánchez se lo cedió a un miembro del servicio de seguridad y, seguidamente, se acercó a saludar a las autoridades que le esperaban a pie de pista. El segundo ramo, recogido en papel rosa, lo sostenía una mujer que miró a Pedro sin saber muy bien qué hacer con ese bouquet. Sánchez señaló las flores y, por un segundo, hizo amago de prenderlas. Es en ese instante cuando el presidente del Gobierno de España pareció caer en la cuenta de que la destinataria de ese ramillete era una señora acusada de cuatro delitos relacionados con la corrupción, y que la mujer no podía recibirlas porque un juez le ha prohibido viajar fuera de la Unión Europea. Sánchez se alejó de las flores sonriendo, y a mí esa sonrisa me produjo vergüenza.

Se ha de buscar siempre el lado positivo de las cosas. Gracias a la decisión del sustituto del juez Peinado, que negó el permiso a la esposa del presidente para acompañarle esta semana a la cumbre de la OTAN, Begoña Gómez ha evitado esa imagen de las cónyuges caminando un pasito por detrás de sus maridos, con las flores entre las manos, como si fueran una de esas chicas, afortunadas ellas, a las que les toca el ramo en la boda de su amiga. No nos confundamos. Begoña es cualquier cosa menos una mujer florero.

Han transcurrido más de dos años desde la imputación formal de la mujer de Pedro Sánchez. Llevamos 27 meses sin escuchar una sola palabra de la señora, ni una declaración, ni una sola explicación pública sobre las actividades por las que estaba siendo investigada y por las que, finalmente, se sentará en un banquillo como acusada. Está en su derecho de guardar silencio, faltaría más, y puede que ese mutismo sea lo que más convenga a su estrategia de defensa. «Mejor que no diga nada porque podría ser peor», deslizaron hace unos meses desde Moncloa. De ahí que los informativos de televisión nos muestren en bucle las imágenes de Begoña en actos públicos, sola o en compañía de su marido, antes o después de su imputación, pero siempre callada. Estos recursos visuales, repetidos una y otra vez, trasladan a la opinión pública una imagen distorsionada de la «codirectora» de una cátedra en la Complutense.

Cuando no había pasado un año desde que Sánchez accediera por primera vez a la Secretaría General del PSOE, un conocido empresario madrileño invitó a cenar en su domicilio al matrimonio Sánchez-Gómez. A través de una amistad común, el empresario quería conocer en persona a un joven político que, como líder de la oposición, estaba en disposición de llegar a la Moncloa en un futuro no lejano. Pasó un año y, en el verano de 2016 –es decir, unas semanas antes de que Sánchez dimitiera del cargo después de aquel caótico comité federal con la urna escondida– estuve en Mallorca con ese empresario y le pregunté por la impresión que le había causado el líder socialista en petit comité. Su respuesta entonces me dejó atónito, y la he recordado decenas de veces en los últimos tiempos: «De él no te puedo contar mucho; te puedo hablar más de ella».

Durante aquella cena en un casoplón a las afueras de Madrid, Begoña no dejó de interrumpir a su marido cada vez que éste era interpelado sobre cuestiones políticas, de economía o referidas a su propio partido. Acaparó la conversación de un modo sorprendente, confundiendo la espontaneidad que suele darse en un encuentro privado, con la osadía propia de alguien que desconoce el lugar que ocupa en la mesa. Aquello fue una tosca representación de la power couple, no tanto por la temeridad de ella, sino porque fallaba el requisito previo según el cual ambos miembros de una «pareja influyente» acreditan un éxito individual previo a su unión. Por entonces, Begoña aún se afanaba en la contabilidad de las saunas de su padre, y Pedro estaba a punto de subirse al Peugeot con Ábalos, Koldo y Cerdán.

Al empresario madrileño le quedaron pocas dudas sobre el carácter ambicioso y dominante de aquella mujer. Me vengo a referir a que semejante temperamento no se compadece con la imagen de una señora a la sombra de su marido, plegada a sus designios, perseguida injustamente y víctima desgraciada de los odios que despierta en media España el padre de sus hijas. Ha pasado más de una década, pero el relato de aquel empresario explica mejor que cualquier sumario judicial las «andanzas» de Begoña en la Moncloa y la «carta a la ciudadanía» de su esposo enamorado.