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Se trata de un matrimonio madrileño joven, con dos hijos frisando la adolescencia. Él trabaja en una multinacional europea y hace un par de años le ofrecieron ir destinado por un tiempo a China. El fin de semana estuvimos un momento con ellos, pues habían venido a pasar una semana de vacaciones a España. Al preguntarles qué tal les iba por allá se les iluminaba la mirada y charlaban con entusiasmo de su experiencia. Si tuviese que resumir en una sola frase lo que transmitían, diría que sienten que están viviendo en el futuro y perciben España (y Europa) como un pasado a la baja.

Su idea es permanecer todavía en China un par de años más, en buena medida por el ambiente educativo en que viven sus hijos, en un colegio internacional donde la mayoría de los alumnos son asiáticos. Los chavales ven algo que jamás habían conocido en España: sus compañeros asiáticos compiten por ser los mejores, una liza que al final estimula a todos. «Pelean por lograr un gran expediente que les abra la puerta de alguna de las mejores universidades del mundo».

Tecnológicamente, sienten que Europa está en pañales y adormilada respecto a lo que están viendo. Comentan todo tipo de virguerías –desde las asombrosas luces de las ciudades al transporte y las aplicaciones más vanguardistas– y destacan con admiración los enormes laboratorios que se están creando para las investigaciones más variadas, que disponen además de fondos sin tasa.

Pero lo más interesante de sus reflexiones es lo que hace referencia a la actitud de los ciudadanos: «Si a un chino de clase media le ofreces cobrar 4.000 euros toda su vida, pero no poder cobrar nunca más que eso, lo rechazarán todos, porque lo ven como poner una limitación a sus aspiraciones. Aquí sucede exactamente lo contrario». Es decir, en China hay un hambre enorme de ir a más, de progresar, que los europeos estamos perdiendo. Si lo unimos a la condena del esfuerzo académico que hoy impulsa nuestra izquierda, tenemos ya todos los boletos para enfilar la senda de la decadencia.

En el relato radiante de nuestros amigos faltan por supuesto los puntos oscuros de China, pues ellos viven en una zona muy puntera y próspera. El Estado dictatorial del PCC ejerce un fuerte control social. La censura es férrea, la libertad política no existe y se observa un grotesco culto al líder de carácter nacionalista. Los derechos laborales no son los europeos, ni tampoco las vacaciones. Se enfrentan además a una bomba de relojería demográfica, resaca de décadas de política del hijo único. Y por supuesto existe una enorme China todavía rezagada, bien tapada por una propaganda oficial triunfalista.

También es evidente que, a medida que aumente el nivel de vida de los chinos, irán menguando sus ganas de trabajar, como ha ocurrido en Europa, con Francia a la cabeza, convertida ya en una de las naciones más perezosas del orbe.

Sin embargo, a día de hoy la verdad es que nos están comiendo. «Aquí estamos a gusto, pero como dejándonos llevar, echando la siesta mientras que en China veo que van van a toda leche», zanja nuestra amiga.

¿Cómo definir la Europa actual? Yo diría que es el lugar donde cuando llegó una pandemia éramos incapaces de fabricar un trozo de tela sujetado por una goma, léase una mascarilla. Pero eso sí, existía una burocracia normativa que las regulaba al detalle.

No se puede conquistar el futuro estudiando poco, siendo líderes mundiales en botellón, teniendo cada día a 1,4 millones de trabajadores de baja, porque no hay ganas de currar; quedándose al margen de la cuarta revolución industrial, la de la IA; con una juventud que tiene como meta prioritaria ser funcionarios, con una ingente losa de deuda sobre la cabeza y careciendo hasta de un Gobierno operativo.

Pero si recuerdas todo esto eres solo un cenizo y probablemente un ultra, que no entiende que «trabajar no lo es todo» y que hay que primar «las políticas de cuidados», «de género» y «contra la emergencia climática». Qué inventen los chinos y los estadounidenses, y aquí, que trabajen los hispanoamericanos. Un planazo.