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En Primera LíneaJavier Junceda

Hace noventa años

Mal vamos si seguimos sin poder pasar página de este maldito suplicio colectivo, y mucho peor si lo continuamos haciendo con sectarias omisiones, tendenciosos partidismos sufragados por el Presupuesto o supremacías morales de cartón piedra

Unos republicanos masacraron a otros en agosto de 1936, hace ahora noventa años. La matanza de la Cárcel Modelo de Madrid se llevó por delante a una treintena de ilustres políticos y militares de la época, algunos de los cuales no tuvieron arte ni parte en la sublevación contra el Gobierno de la Segunda República. Era el caso del que fuera presidente del Congreso Melquíades Álvarez, pero también el de los ministros Manuel Rico Avello o Ramón Álvarez-Valdés, entre tantos otros inocentes. Los detalles de sus cautiverios y trágicos finales ponen los pelos de punta, pese al tiempo transcurrido.

El Debate (Asistido por IA)

Aunque habían sido conducidos a prisión para garantizar su seguridad, en ella encontrarían su patíbulo. Fueron detenidos cada uno en sus domicilios, también expoliados por una Policía que no obedecía a legalidad alguna. Malvivieron amontonados en celdas inmundas, apenas alimentándose de lo que sus familiares les hacían llegar. Sufrieron vejaciones permanentes de sus carceleros, incluidos maltratos físicos, burlas e insultos, hasta el punto de tener Melquíades Álvarez que implorarles que acabaran de una vez con sus vidas, pero que dejaran de mortificarlos.

Con el pretexto de sofocar un supuesto motín en el presidio, sometieron a los que allí recluían contra su voluntad y contra la razón jurídica a una ridícula pantomima pseudojudicial, antesala misma del atroz crimen. El propio Álvarez, que unía a su condición política la de letrado de prestigio, recibió un bayonetazo en su garganta cuando trataba de defenderse de una condena decidida de antemano por sus desalmados verdugos. A unos los remataron en los calabozos, a otros en los sótanos, en los patios o en las inmediaciones del penal. Cargaron luego sus cuerpos como simples fardos en camiones de basura para trasladarlos a la fosa común, aunque unos pocos pudieron recibir sepultura gracias a ángeles como aquel sereno que costeó una modesta caja de pino para enterrar a su amigo y paisano Rico Avello. Consta que los restos de Melquíades cayeron del otro lado del volquete municipal al lanzarlo por el aire unos desgraciados que lo justificaron con lamentable crueldad al decir que «pesaba menos que un pollo», como ha relatado Manuel Alvarez-Buylla, bisnieto del gran tribuno.

Aunque Azaña llorara cuando se enteró de estos acontecimientos, o Indalecio Prieto proclamara al saberlo que «habían perdido la guerra», está claro que nada hicieron para impedir esta auténtica escabechina. Es más: conocían, o debían haber conocido, las condiciones de sus arrestos sin cargos y la espantosa existencia en la penitenciaría, pese a que algunos internos consideraran con candorosa ingenuidad que era lo mejor que les podía haber pasado para protegerse de las turbas radicalizadas que atormentaban a aquel Madrid bélico.

A la barbarie de la Modelo seguirían décadas de olvido de estos mártires de la democracia española. Unos serían glorificados por el nuevo régimen, y otros, ignorados por completo, como en el caso de los mencionados. Resulta sencillamente desolador que los que promueven esa deplorable memoria democrática actual no incluyan a aquellos que sucumbieron a los numerosos oprobios perpetrados por sus malvados y miserables predecesores políticos.

Nunca estaríamos ocupándonos de esta tremenda calamidad si no fuera por la grave irresponsabilidad en que hace años incurrió un líder de cuyo nombre no quiero acordarme, sujeto hoy a la acción de la justicia por otros motivos. Habíamos cicatrizado esas profundas heridas antes de que este personaje decidiera reabrirlas por un impresentable cálculo electoral y nulo sentido de Estado. Y desde entonces hemos vuelto a revivir el odio fratricida, que no dejó casa sin víctimas, de uno u otro bando.

Describir este horror del que se cumplen nueve largas décadas no sé si contribuye demasiado a superarlo. Pero puede ayudar el intentar hacerlo desde la verdad, sin pintar como hermanitas de la caridad a los que no lo fueron en absoluto. «Hubo en España una guerra, que, como todas las guerras, la ganara quien ganase, la perdieron los poetas», se cantaba en la banda sonora de aquella serie documental de los Botejara, al comienzo de la Transición. Mal vamos si seguimos sin poder pasar página de este maldito suplicio colectivo, y mucho peor si lo continuamos haciendo con sectarias omisiones, tendenciosos partidismos sufragados por el Presupuesto o supremacías morales de cartón piedra.

  • Javier Junceda es jurista y escritor