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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

¿Estamos dispuestos?

Sánchez no dio un golpe de Estado para renovar su presidencia: formó una mayoría de investidura de acuerdo con la ley. Está ahí con un puñado de palurdos de terruño y la calderilla laclaviana, de acuerdo. Pero todos juntos son mayoría

Para no dejar infamia sin visitar, es probable que Sánchez devuelva una España más pequeña de la que tomó tras vencer una moción de censura. Aquella donde el prócer José Luis Ábalos aleccionó al hemiciclo y a la nación sobre honradez y transparencia en la gestión de la cosa pública. Sus advertencias contra la corrupción, sus cantos al feminismo y su defensa de la limpieza institucional tienen un interés extraordinario: sirven de guía sobre los principios que, con ciega voluptuosidad, pensaban violar en manada.

Una España más pequeña, en sentido democrático y moral, ya la tenemos. Ese logro no se lo va a discutir nadie al autócrata. Pero hasta los ciudadanos que solo vemos en Sánchez un pozo de sorpresas desagradables, los que tenemos en él una fe negativa, nos seguimos sorprendiendo con cada nuevo zarpazo a la libertad y a la nación. La España más pequeña en sentido territorial está al alcance de este proveedor de plagas bíblicas, de este avalista de corruptos, del sociópata que Susana Díaz escogió un mal día para que le guardara la silla. A la silla se adhirió con tal fuerza que, incluso arrancándosela, se le volvió a unir por sí sola tras una gira que hizo con su grupo de amigos íntimos —Ábalos, Cerdán y Koldo— para hablar del mundo como voluntad y representación. Los intelectuales, en cuanto los dejas solos, empiezan a discutir sobre Schopenhauer.

Hay algo desproporcionado entre la bajeza de la banda de Sánchez y la proximidad real de un conflicto armado. Estos saltan de la sangre a los libros de historia y aquella parecía destinada para saltar de los efluvios de sauna sabiniana a varias fichas policiales. Pero la desproporción catastrófica es lo que te espera cuando, en vez de poner a una persona medianamente normal al frente de un país, pones al maromo de la contable de unas saunas gays con menores brasileños y cámaras. De ese negocio sale todo, sale su candidatura, salen sus medios, sale el sanchismo. A la contable de improbable diploma la convierte en catedrática, que es lo mismo que hizo Ceaușescu con su esposa. Pero no sigamos recreando lo conocido. A lo que iba es a dos ideas. Una, ¿cómo tendrá que ser un círculo para que el más listo sea Sánchez? Dos, Sánchez no dio un golpe de Estado para renovar su presidencia: formó una mayoría de investidura de acuerdo con la ley. Está ahí con un puñado de palurdos de terruño y la calderilla laclaviana, de acuerdo. Pero todos juntos son mayoría.

Y es esa responsabilidad la única que cuenta una vez nos hemos despachado a gusto con la banda de Sánchez, con sus horteradas, con su coro de sirvientas mediáticas y con sus fiestas de Paradores. Fue media España, media ciudadanía española, la que con contumacia quiso ponernos en la situación en la que estamos. Por eso lo normal es que perdamos pronto parte del territorio nacional. Porque España no está dispuesta a defenderse. ¿O sí estamos dispuestos?