El Mundial a Marruecos, claro que sí
Y si hace falta, Sánchez intercambiará 400.000 ingenieros que pagarán nuestras pensiones por Lamine Yamal
La mera organización conjunta de un Mundial con Marruecos ya es, antes de todo lo que ahora pueda pasar, una prueba irrefutable más de las cesiones gratuitas, sospechosas e inexplicadas de Pedro Sánchez a Mohamed VI, respondidas siempre con un endurecimiento de las represalias.
Que ahora además se discuta si la final del campeonato debe celebrarse en Casablanca en lugar de en Madrid y el Bernabéu, que es lo serio y civilizado, es el dantesco remate de una historia ya viciada en origen, cuando el entonces obediente Luis Rubiales se limitó a soportar una orden superior dada sin duda por La Moncloa que no iba incluida en el exitoso acuerdo original logrado por el hoy destarrado dirigente federativo.
En los mismos días en que hemos visto en directo una invasión procedente de la principal amenaza existencial de España, saldada con una victoria mundial de Marruecos y una abyecta rendición de un Gobierno dando las gracias al invasor e intentando convertir el prescindible reparto de menas en una campañita ridícula contra el PP y VOX; las supuestas andanzas de Infantino para cederle la final a Rabat tienen toda la lógica perversa: si Sánchez ha cedido el Sáhara, debilitado la lucha contra el narcotráfico magrebí, alimentado el negocio de las mafias de la inmigración y consentido los discursos expansionistas más agresivos hacia Ceuta y Melilla, ¿cómo no va a esperar Mohamed que le den el premio gordo con la aquiescencia de su subordinado socialista?
Si el asalto a Ceuta es una humillante demostración de que, cuando estimen oportuno, se las quedarán con Marlaska y Sánchez diciendo como en Gibraltar que es un momento histórico; la secuencia inmediatamente posterior es un insulto agravado a la autoestima nacional: el mismo régimen que construye uno de los campos de fútbol más impresionantes y caros del mundo y se dice capaz de organizar un acontecimiento global tan exigente; exporta a miles de personas para que las alimente su víctima geopolítica, que es la España de Sánchez, con la complicidad pastueña de quien, vaya casualidad, fue espiado por la Inteligencia marroquí.
España no puede organizar un Mundial con quien la amenaza a diario y discute su propia unidad nacional, como no puede permitirse tener al frente a un presidente hedonista que conspira contra su propio país desde una tumbona en La Mareta, acompañada por su procesada esposa y a saber con cuántos ganapanes más costeados por los riñones de los mismos ciudadanos que pagan el litro de gasolina a precio de botella de vino bueno y no pueden ni cogerse un fin de semana de vacaciones.
Marruecos hace de Marruecos y Mohamed de Mohamed, con una coherencia aplastante que se perfecciona con unas alianzas internacionales impagables para sus intereses. El problema es que España no ejerce de España, que tiene un presidente maniatado, fraudulento, perezoso, indigno y sometido siempre a peajes e intereses de terceros incompatibles con sus más elementales responsabilidades, lo que le convierte voluntaria o inevitablemente en un agente doble de los enemigos de los españoles, se llamen Otegi, Puigdemont, Junqueras o Mohamed.
Y si a eso se le suma la inquietante certeza de que el mismo entorno de personas a las que el Gobierno ayudó a comisionar con el bochornoso rescate de Plus Ultra ha desplegado negocios en Marruecos, como en Venezuela o China, no podrá reprochársele nada a quien crea que Sánchez ha traicionado a España dentro, al dejarse intervenir por el separatismo, y fuera, al sintonizar la diplomacia con los intereses de Zapatero y su caterva.
Tenemos un presidente que aplaudirá la final del Mundial en Marruecos y, si es preciso, intercambiará a 100.000 ingenieros, médicos y matemáticos marroquíes por Lamine Yamal y dirá, mientras nos orina el sátrapa de Rabat, que eso es lluvia y nos viene muy bien para la emergencia climática.