Fundado en 1910

En las sociedades hispanoamericanas imperan unas formas de extraversión, una estética y un desparrame sensiblero que a los europeos nos resultan un tanto chocantes, por no decir chabacanos. O nos resultaban, pues nos estamos contagiando (ahí está, por ejemplo, el fenómeno Bad Bunny, para mí un hortera de bolera, aunque me diviertan algunas de sus tonadas).

Lo que hemos descrito se percibe también en la política hispanoamericana, con unos personajes pintureros y unos comportamientos que nos resultan estrafalarios, o casi risibles. Abelardo de la Espriella, de 48 años, el flamante presidente conservador de Colombia, puede servir como ejemplo. Es abogado de éxito y empresario. Pero también es cantante, se hace llamar el Tigre y monta unos shows escénicos histriónicos.

Pero una cosa es el espectáculo político que da Abelardo de la Espriella y otra diferente lo que propone, que es serio y positivo (y que me perdonen los cancerberos de la corrección política).

Al hilo de su investidura, la mayoría de los periódicos, radios y televisiones españoles lo han calificado de «ultra». Lo han hecho incluso medios y periodistas de supuesto ideario de centro-derecha y derecha, que en realidad están formateados por el Pensamiento PSOE que durante décadas ha reeducado a la sociedad española.

¿Qué ha dicho el peligroso «ultra» en su discurso? ¿Qué barbaridades ha propuesto que le hacen acreedor del inefable insulto? Pues ha jurado ante Dios, y ante una estatua de la Virgen de Fátima, que cumplirá la Constitución de Colombia y sus leyes. Ha prometido restaurar el orden público, persiguiendo con dureza a los delincuentes. Ha dicho que apoyará a la familia tradicional. Y ha anunciado que dará –¡horror!– la batalla cultural contra las políticas de género, el aborto y la eutanasia.

Además, y a diferencia de su predecesor Petro, acusado de financiar sus campañas con dinero del narco, ha prometido pelear contra la industria criminal de la droga y fumigar las plantaciones de coca. También romperá las negociaciones con la guerrilla, acabando con las rendiciones buenistas. En economía, promete controlar el gasto público y una fiscalidad que facilite la atracción de inversores.

Ya ven, ¡un terrible ultra! Su predecesor, Petro, jamás recibió tal etiqueta en Europa, a pesar de que la corrupción distinguió su mandato y de que su pasado como guerrillero es harto reprobable. El radical Petro no era ultra porque era de izquierdas. Así de sencillo.

Ultra es abogar por 16 modelos de familia, como una majadera que tuvimos aquí chupando del bote como ministra, cuando está comprobado científicamente que los niños de familias estables de padre y madre logran mejores resultados académicos y emocionales. Ultras son las políticas de género que desdeñan la evidencia del hecho biológico del hombre y la mujer y sumen a los niños en nocivas confusiones que los atormentan. Ultras son las despiadadas leyes de eutanasia, que en algunos países «muy avanzados en derechos», como Canadá y Holanda, ya someten hasta a los niños a la benéfica aguja solucionadora de la sanidad pública. Ultra es eliminar al nasciturus, que vive y siente, casi siempre por la pura comodidad de no asumir la responsabilidad de criarlo.

Ultra es arruinar las arcas públicas irresponsablemente, comprometiendo el futuro de las generaciones vendieras. Y ultra es utilizar el aparato del Estado para fomentar un ateísmo militante que desdeña y hasta ridiculiza a los que creen en Dios y a la Iglesia, que defiende que todos los seres humanos, sea cual sea su condición física o material, poseen una idéntica e inalienable dignidad.

De la Espriella puede que cumpla lo que promete o puede que decepcione, pero no se le ha ocurrido decir a los colombianos algo así: «Gobernaré maniatado por unos partidos que aspiran a destruir la unidad nacional de Colombia convirtiendo sus regiones en nuevos estados. Además, toleraré con amnistías a la carta que den golpes de Estado contra nuestra integridad territorial». Eso sí que sería ultra, ¿no? Incluso suicida.

Una vez más estamos ante la banalización de las palabras y la confusión conceptual al servicio de una ideología arrogante e intransigente que se cree la única admisible, el socialismo, que ahora se hace llamar «progresismo». Los dirigentes comunistas, la ideología más letal en volumen de la historia, son unos moderados encantadores. Pero todo conservador que ose a confrontar con el imperio de la izquierda es «un ultra». Y lo compra casi toda mi profesión, porque hay muchos periodistas-sofistas que prefieren piar desde el alba a la medianoche como papagayos antes que pararse a pensar tres minutos. El día que usen la cabeza van a tener agujetas...