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Larga cambiadaJavier Fernández-Mardomingo

Morante como salvoconducto

Artistas, insisto, no toreros. Porque Morante provoca en la masa lo que provocan los grandes acontecimientos. Provoca llenando plazas lo que provocan los únicos, los tocados. Lo que provocan los elegidos. Yo lo he visto. De verdad que lo he visto

Como salvoconducto nuestro. De sus fieles. Pero también de los paganos. De los que lo vemos y lo seguimos donde podemos y cuando podemos. Y de ellos. No se escribe de toros, por si a alguno al otro lado de la pantalla la cosa taurina le interesa lo más mínimo. Hablar de José Antonio Morante no es hablar de toros. Igual que no hablaba el Belmonte de Chaves Nogales, que acabó siendo la Biblia de los aficionados a la fiesta, precisamente porque fue un libro para el que no sabe de esto y no nos engañemos, de toros no saben ni las vacas.

No sé las veces que uno ha escrito sobre él. Tampoco me importa. Todas ellas creí hacerlo porque estábamos ante la cima. Creí que no podía remover más, pero vi una fotografía en el Puerto de Santamaría con la firma de Aritz Arambarri y no pude resistirme. Pies juntos, capote a una mano, pegado a las tablas y la felicidad en los rostros de los que contemplaban aquello. La felicidad en compañeros, ganaderos, aficionados o empresarios que se arremolinaban en torno a un solo hombre, a un capotazo. Todos iguales. Desatados. Democracia plena. Los veo gritar y sonreír por ver lo que estaban sintiendo de la manera en que grita y sonríe sólo aquel a quien le están tocando algo por dentro. Muy por dentro. Un tendido lleno y cuento dos teléfonos entre la multitud. Dos. Sólo dos.

Morante en el toreo lo ha hecho todo y ahora parece empeñado en hacerlo fuera de él. Sin redes, sin página web, sin entrevistas salvo en contadas ocasiones. Ha despertado fuera del aficionado un misterio que sólo despiertan los asuntos que trascienden más allá de su categoría, sea la que sea. Las gentes van a verlo por la misma razón por la que todos nos quedamos mirando al sol hace tres días, aunque no fuéramos astrofísicos. Por la misma que mi madre se sienta a ver la final del Mundial de fútbol. Porque puede que no interese lo más mínimo lo que suceda, pero no quieren perdérselo, conscientes de que están ante algo que, desconociéndolo completamente, asumen como extraordinario. Lo llaman FOMO, (Fear of missing out) miedo a perderse algo. Y a Morante las gentes ya no se lo quieren perder.

Los que lo seguimos desde hace tiempo y no al calor de una masa neoaficionada que llena hoy las plazas corremos riesgo de querer despreciar al nuevo, al que llega, al pez que sigue la corriente de un río que baja como baja el Guadalquivir por la Puebla. Por su Puebla. Pero sucede que uno ve lo que provoca y siente que tal vez por eso es el más grande de los artistas que hoy se pueden ver. Artistas, insisto, no toreros. Porque Morante provoca en la masa lo que provocan los grandes acontecimientos. Provoca llenando plazas lo que provocan los únicos, los tocados. Lo que provocan los elegidos. Yo lo he visto. De verdad que lo he visto.

Lo noté hace poco. Sucedió en una plaza, pegado al que escribe, de la mano de la que entiendo era su madre, un tipo no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando a juicio de sus comentarios, pero sabía que lo que pasaba era Morante. Tenía que ver si era para tanto. Lo fue.

Detrás andaba una familia, –¿cuál es Morante?, preguntó la señora. –El de oscuro, coño, contestó el que entiendo era su nieto. Sabían que había que ir a verlo. ¿A ver qué? A verlo a él, por lo que pudiera suceder o simplemente para contar que lo vieron. ¿Y qué pasó? Irrelevante, pero vieron a Morante. Con eso bastaba. Los toros no importan. Importa él. Y al calor de esa tendencia, quién sabe si alguno de los paganos acabará encandilándose de otro muchacho o de los toros en general. Confío en que sí. Confío en que algunos de los miles que han acudido a su llamada acabarán sucumbiendo al veneno que algunos llevamos dentro hace muchos años y querrán buscar, cuando no esté, uno que les haga sentir cosas parecidas, que no iguales, a lo que les hizo sentir este tipo.

Morante no es un torero. Es el salvoconducto a un verano que cada vez más es adults only porque se ve que a algunos les molesta que haya niños alrededor, y eso que la mayoría están viendo dibujos en un teléfono mientras los padres cenan pizza en lugares en los que cogen el pescado por la mañana a unas pocas millas mar adentro. Salvajes sin consuelo, artificiales todos, sin un Morante que les haga mirar, sólo mirar si de verdad es para tanto aquel del que todos hablan. Mirar con los ojos y no a través de una pantalla a uno de los más grandes artistas que verá nuestra generación. Busqué en la galería mientras escribía. No encontré un solo vídeo suyo toreando. ¿Cómo vas a sacar el teléfono mientras ves lo que te está brindando en tus narices un torero tan grande que es capaz de desatar la locura incluso entre quienes no saben distinguir un toro de una vaca? A ver, ¿cómo?