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El éxito, por lo demás relativo, del socialismo se asienta sobre dos creencias erróneas. La primera es que defiende a los pobres. La segunda, que es la opción de la inteligencia, de los intelectuales. Sus dos falsas ventajas serían su superioridad intelectual y moral. Pero parece más bien que el socialismo es la continuación de la oligarquía por otros medios y la mejor coartada de los ricos. Y cabe preguntar por qué abundan tanto los ricos en el socialismo si es la opción de los pobres. No es fácil determinar si es porque los ricos tienden a hacerse socialistas o si, por el contrario, los socialistas tienden a hacerse ricos. El resultado es el mismo. Tampoco es sorprendente que abunden tanto los socialistas hijos y nietos de franquistas. Mientras tanto, los pobres piensan que los socialistas son los suyos. Bueno, no todos. Solo los que se dejan engañar. La igualdad es la «fórmula política» (Gaetano Mosca) que utilizan los socialistas para alcanzar el poder y mantenerse en él. Por eso ya dijo Tocqueville que la mejor manera de conservar el poder en los tiempos democráticos es amar la igualdad o, al menos, aparentar que se la ama.

Comparemos las visiones del socialismo de dos pensadores tan inteligentes como distintos: Chesterton y Nietzsche. El escritor inglés piensa que a nadie le gusta la escuela de Manchester, pero se la aceptó como el único medio de producir riqueza. A nadie le gusta tampoco la escuela marxista, pero se la acepta como el único modo de evitar la pobreza. «No me propongo demostrar aquí que el socialismo es un veneno, me basta con afirmar que es una medicina y no un vino». Su visión no es ácida ni enteramente negativa. Las siguientes palabras, que resumen su posición, lo confirman:

«La idea de la propiedad privada universal, pero privada, la idea de las familias libres, pero familias aún, de la domesticidad democrática pero aún doméstica, de una casa para cada hombre, sigue siendo la visión real y el imán de la humanidad. El mundo puede aceptar algo más oficial y general, menos humano e íntimo. Pero el mundo será como una mujer con el corazón roto que hace una boda de conveniencia porque no puede hacer una boda feliz. El socialismo puede ser la liberación del mundo, pero no es el deseo del mundo».

Naturalmente, para Chesterton, la alternativa al socialismo no es el capitalismo. Impugna a ambos como frutos de la modernidad. La alternativa es el conservadurismo y la restauración de los principios y valores clásicos. El socialismo puede ser justo, pero siempre será una boda de conveniencia, nunca una boda feliz.

La visión de Nietzsche es menos matizada y, desde luego, más provocativa. Lo que no significa que sea menos acertada. La cosa no ofrece dudas. El socialismo es entendido por el filósofo alemán como «la tiranía llevada hasta sus últimas consecuencias de los más insignificantes y estúpidos, es decir, de los superficiales, envidiosos y comediantes en un setenta y cinco por ciento».

Pero esto no es todo. Hay más: «Por ello, en su conjunto, el socialismo es una cosa desesperada y amarga: y nada es más divertido de observar, que la contradicción entre las caras venenosas y desesperadas que ponen hoy los socialistas… y la inofensiva felicidad de cordero de sus esperanzas y anhelos». En una sociedad socialista, la vida se niega a sí misma, se corta las raíces a sí misma. Incluso aunque diese resultado se pagaría con una cantidad monstruosa de vidas humanas. Como pronóstico no está mal. Para Nietzsche, el ideal socialista no es en realidad más que el mismo ideal moral cristiano, pero mal entendido. Creo que no harían bien los devotos del socialismo en despachar estas críticas diciendo que uno es un reaccionario y el otro un loco. Eso sería cualquier cosa menos un argumento.