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Ceuta está al límite. La reacción del Gobierno ante esta crisis es gravísima. Como ocurrió con la dana, comprobamos que, ante situaciones extremas, nos encontramos solos y sin amparo alguno.

Parece necesario dejar esto dicho de antemano, para que nadie diga que hablar del eclipse y de todo lo que lo rodea es una cortina de humo. Entiendo que los medios han dado la tabarra hasta la saciedad con el asunto. Pero eso no resta interés a un fenómeno que, al menos para algunos, merece la pena ver y comentar.

El Planetario de Pamplona organizó varios puntos de observación en toda Navarra. En el nuestro habían instalado carpas para protegernos del sol y del calor mortal de aquellos días. La más grande acogió una sucesión de charlas sobre la astronomía, la historia y la cultura en torno al fenómeno.

Tuve ciertos reparos a la hora de acercarnos a aquella carpa. No habíamos contado a mis hijos qué ocurriría durante el eclipse: queríamos que lo descubrieran por sí mismos. Preguntaron una y otra vez, pero no soltamos prenda. Al final me cansé y le dije a mi hija: «Cuando el eclipse sea total y la Luna oculte por completo el Sol, todo aquel que no tenga una fe firme e inquebrantable en Jesucristo morirá». Pensé que captaría el mensaje, pero respondió horrorizada: «¡No puede ser! ¡Van a morir casi todos!». Ah, cómo le envidié aquel «van» en lugar del «vamos» que habría pronunciado yo…

Al final no murió nadie, pero todos quedamos fascinados. Fue un espectáculo imponente. Muchos creen que, cuando un fenómeno admite una explicación física, deja de ser maravilloso. Equivale a decir que Las meninas no son más que pigmentos sobre un lienzo o que disfrutar de una comida deliciosa se reduce a la activación de ciertos centros de placer del cerebro.

A algunos nos remitió al Creador, a las innumerables pistas que ha dejado en su obra. La vida no era un desenlace obligado. Para que apareciera –y, más aún, para que llegara a ser compleja– tenían que coincidir unas condiciones extraordinariamente precisas: un universo capaz de formar galaxias, estrellas estables y los elementos de los que estamos hechos. Es lo que los científicos llaman «ajuste fino». De entre los millones de universos que permiten imaginar las ecuaciones, solo una estrechísima franja, por pura probabilidad, habría reunido las condiciones necesarias para que alguien pudiera levantar la vista y contemplar un eclipse. Como escribió Kant: «Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí». Yo añadiría otras preguntas: ¿por qué algunas cosas nos parecen bellas? ¿Por qué experimentamos lo sublime? Y, más misterioso todavía, ¿por qué nos hacen gracia algunas cosas?

No pretendo adentrarme aquí en una cuestión inabarcable. Dios no se nos impone mediante una prueba irrefutable: nos deja pistas, y también la libertad de ignorarlas. Ninguna obliga a creer por sí sola, pero la suma de todas ellas vuelve razonable creer.

Resulta cansino encontrarse una y otra vez con personas que confunden explicar algo por sus causas con desentrañar su misterio. Aunque la culpa no es del todo suya, sino de las ideas dominantes en Occidente. No deja de ser irónico creerte superior por tus creencias cuando eres tan fruto de tu tiempo como un campesino del siglo XV lo era del suyo.

Aunque no creyera en Dios, seguiría maravillándome con la existencia y todo lo que la rodea. Era improbable que el mundo llegara a ser. Era improbable que el ser humano llegara a existir. Era improbable que existieras aquí y ahora, con estas circunstancias tan favorables, a pesar de los pesares.

Ante esto, mi respuesta no es el cinismo, sino el agradecimiento. Debe de ser difícil, eso sí, sentirse agradecido sin saber a quién dar las gracias. Si alguien desea encontrar a ese Interlocutor, le animo a buscarlo con ahínco. Quizá descubra que, mucho antes de emprender la búsqueda, Dios ya había salido a su encuentro.