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En la magnífica novela Ensayo sobre la ceguera, Saramago denuncia: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven», refiriéndose a la tendencia humana a ignorar el sufrimiento ajeno y la injusticia a pesar de tener ojos para verlo. El miércoles el sol hizo un ensayo para casi todo el mundo, y España lo vio –decir vio puede parecer sarcástico– eclipsado por unos segundos: dejamos de verlo. No es que perdiéramos la vista, pues todos estábamos advertidos de no mirar directamente, sino con gafas especiales para el evento, ese ocaso. Durante el proceso de ocultación, la luz solar fue tan intensa que nos hubiera achicharrado los ojos –no las pupilas de Ábalos y Koldo, o las niñas de Zapatero, sino el iris del resto de los mortales–, así es que pertrechados con el atrezzo pertinente miramos al cielo para ver cómo se eclipsaba el sol. Guiados por el índice nos fijamos en la luna, no en el dedo como acostumbramos, y la vimos eclipsar al astro rey. Y guiados por otros índices podremos ver también un montón de eclipses que amenazan con provocarnos ceguera vitalicia en este crepúsculo de agosto.

El primer eclipse es de la propia España. Juntar desde 2018 en el mismo espacio físico a Pedro Sánchez y a nuestro país nos ha dejado una ceguera casi total: la córnea ha quedado dañada de manera tan irremediable que permite que el personaje conserve, según los sondeos, un 26 % de suelo electoral. Hemos recibido una radiación incluso mayor que la de Chernóbil, que ha devorado nuestra dignidad institucional. Nuestro cristalino está estos días perjudicado de ver a los ceutíes abandonados, mandando a sus niños a la península, y planteándose dejar su tierra viendo que su futuro está en parte en manos de un señor que ha cambiado su obligación por una tumbona y en gran medida en las de un sátrapa que quiere dejar a su hijo Hassán III el premio de dos plazas a las que nadie defiende y que son más españolas que el Quijote. Nuestro humor vítreo está estresado de contemplar cómo el rapto de empatía y cercanía de Margarita Robles ha durado el tiempo en que recibió una llamada de Moncloa para que dejara de hacerse la guay con Pepi y siguiera el ejemplo de Marlaska, Bolaños, Albares y ayer Mónica García: colocarse en el photocall, mentir al respetable y volver a la sombrilla lo antes posible. Patxi es el ejemplo. Ni media palabra sobre la violación de nuestra integridad territorial; a él que tanto le preocupaba saber si Sánchez sabía lo que era una nación. Ya llegará septiembre y López volverá por donde solía: a eclipsar nuestra inteligencia.

Ayuso ha eclipsado parte de su buen hacer político con la inexplicable operación de intentar comprar una terraza con piso para ver Madrid desde lo alto mientras, por contra, su compañero Juan Jesús Vivas, no persigue áticos, sino que le basta con garantizar que el humilde techo de los caballas no se convierta en una cárcel ante el pánico a salir a la calle. Pero lo importante es que los Sánchez Pérez-Castejón sigan descansando, Begoña Gómez eclipsa la decencia mientras espera a ser juzgada por corrupción y su marido hace lo propio con sus tiktoks de lectura y música eclipsado en la Mareta, esa chabola regalada por un moro amigo, tratando de agradar a otro; éste no tan amigo dado que le teme más que a un nublado. Por si decreta su eclipse total. Parece que material tiene para ello.

Y luego está el Rey, eclipsado por Pedro Sánchez, al que manda a poner el cuerpo para absorber la lluvia de protones de la indignación ciudadana contra el núcleo irradiador de una nimiedad ética como este presidente. Perdonen el pesimismo, pero si miran a todos estos indicios delatores verán una España eclipsada totalmente. Una España abandonada de todo y de todos. Flotando a la deriva como, –de vuelta a Saramago–, esa balsa de piedra en la que se ha convertido. Y todo motivado por el egocentrismo de un personaje sin escrúpulos que por gobernar entiende remacharse en la poltrona sin otro fin que perdurar; quiere, como el dinosaurio de Monterroso, estar ahí cuando despierte España. Un personaje que permite que sucedan todos los despropósitos siempre que los cometen cualquiera de sus lacayos. Que les deja hacer cuanto quieran y si se exceden tanto que dan que hablar, les dará un cachetito cariñoso mientras repetirá: que no soy tonto, que sé que las comías de tres en tres porque yo comía de dos en dos y callabas.