La generación más sombría
Una generación sombría marcada por la muerte, el rechazo a la naturaleza del hombre, el desorden familiar, la disolución social y la virtud convertida en indeseable. La misma generación sombría que cuando España se oscureció aplaudió como las focas del zoo
Estoy expuesto una vez más a quedar como un cenizo –seguramente con razón– pero, teniendo en cuenta la época estival, la alegría desbordante del pueblo español y, viendo lo que circula por redes, no creo vaya a ser catastrófico recordar algunas cosas.
La semana pasada pudimos disfrutar de un bellísimo espectáculo. Los que tuvimos la fortuna de ver el eclipse total, con una Tierra que se oscurecía mientras el sol peleaba por aparecer entre las sombras, dispersando una suerte de polvos de luz detrás de su estrella hermana, caímos rendidos ante belleza tan singular.
Belleza sin duda espectacular y, particularmente llamativa por su excepcionalidad. Un cielo azul intenso, moteado de alguna que otra nube y a sus pies una alfombra de pinos vigorosos eleva el espíritu del más sombrío, aunque esto último podemos disfrutarlo más a menudo y es un misterio que ya hemos normalizado.
La Creación, sin duda, es una escuela y una fuente inagotable de belleza, basta observarla con detenimiento y dejarse conquistar por ella. También el 10 de agosto quedamos embelesados viendo cómo se deslizaban por el firmamento las lágrimas de san Lorenzo.
Pero el despliegue de medios que se ha dado al eclipse más parece el ruido ensordecedor de una sociedad aturdida que el asombro de unas criaturas rendidas ante la generosidad del Creador.
Durante semanas pareció no existir nada más en el horizonte, tan solo el sol, la luna y el eclipse, que iba a marcar a toda una generación, según decían algunos. A nosotros nos pilló de viaje y, gracias a Dios, pudimos disfrutar del emocionante espectáculo. Algunos parecían haber recuperado la fe, tenían un nuevo dios al que consagrar sus esperanzas.
Una generación sombría marcada por la muerte, el rechazo a la naturaleza del hombre, el desorden familiar, la disolución social y la virtud convertida en indeseable. La misma generación sombría que cuando España se oscureció aplaudió como las focas del zoo, no se sabe si por la cercanía de la oscuridad o por aturdimiento y psicosis social.
En cualquier caso, que la euforia de un pueblo desatado y volcado en un acontecimiento natural de tan extraordinaria belleza, no nos haga olvidar –de ahí lo de cenizo–, que el eclipse quizá marque a una generación, pero a la más sombría de la historia, a una que, simulando caer rendida ante la majestuosidad de la naturaleza, vive de espaldas a ella, en una sombra que ya dura más que el minuto cuarenta del eclipse.