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Post-itJorge Sanz Casillas

Joan Laporta y el síndrome Guardiola

Al final, el separatismo no es más que una forma de victimismo, una manera de estar en la vida que consiste en culpar al de enfrente de lo malo que te pasa

Hay un documental reciente sobre Pep Guardiola titulado A Beautiful Obsession (Una hermosa obsesión). En él se muestra cómo vive el entrenador catalán su trabajo diario, cómo se esfuerza por convencer a sus futbolistas de sus capacidades, a menudo sin éxito. En una charla, llega incluso a echarles en cara su divorcio, que es el principal salseo del documental.

«¿Saben qué va a pasar? ¿Saben ustedes qué va a pasar? Que ustedes tendrán otro mánager a final de temporada», les dice en un momento, frustrado por no conseguir de sus jugadores la misma pasión con la que él se emplea. «¡Cuando digo 'Hola' y te abrazo, tú me abrazas! Porque yo trabajo para ustedes. He dejado mi vida, mi divorcio... Mi familia está fuera... He dejado todo por vosotros. ¿Y qué es lo que me dais a cambio?», les reprocha desesperado.

Hay que tener mucha cara para culpar a tus futbolistas del peaje personal que –en tu libertad y con la cuenta llena de pasta– has elegido pagar por ser entrenador de fútbol. Viendo el vídeo pensé que, en el fondo, esa manera de estar en la vida es la esencia misma del separatismo: culpar al de enfrente de lo malo que te pasa.

Y en esas llegó el partido entre el Barcelona y el Athletic Club de Bilbao, en el que tendrían que haber homenajeado a los campeones del mundo (que el Barça tiene ocho). Sin embargo, Laporta cambió ese tributo por un «acto de exaltación» de la estelada alegando que, unos días antes, en el campo del Elche, la Policía había detenido y golpeado a un chaval por mostrar una bandera separatista, cosa que es falsa. Cualquiera que haya visto las imágenes podrá discutir (o no) la proporcionalidad del trato policial, pero queda claro que a ese chico no lo detienen por ondear una bandera, sino por participar de una serie de provocaciones y, por el camino, intentar agredir a un agente.

Todo este tinglado le vino bárbaro a Laporta para esquivar el homenaje a la selección, pero nos recordó a lo peor del procés, cuando cada detención se presentaba como un atentado a los Derechos Humanos. Le pasó a Junqueras y le pasó a este chaval. Uno pensó que podía tirarle un puño a un agente y salir andando y el otro creyó que solo tenía derechos, y que su libertad de expresión era compatible con la sedición y la malversación del dinero de todos los españoles. No han entendido nada.

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