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El 22 de septiembre se cumplirán dos años del lance más amargo de la sensacional carrera del madrileño Rodrigo Hernández Cascante, que se produjo cuando acababa de ganar la Eurocopa y ser coronado con el Balón de Oro que distingue al mejor del mundo.

Corría el minuto 16 de un Manchester City-Arsenal. Rodri, de 1,90 de talla, intentaba desmarcarse en un córner cuando se le trabó la rodilla derecha y se rompió el ligamento cruzado, una de las lesiones más temidas por los futbolistas. Hubo de permanecer de baja 220 días y se perdió 51 partidos. Ya recuperado, confesó que llegó a dudar sobre si podría competir de nuevo. Tras aquella gravísima lesión, ha sufrido otras menores; la última, una pequeña operación en la espalda tras ganar el Mundial. En total, de 2024 a 2026 ha estado 416 días en el dique seco.

Nadie pone en duda que Rodri es excepcional, uno de los contados centrocampistas capaces de ejercer de director de orquesta. Pero a la hora de evaluar su incorporación, Flo y Mou le miraron el DNI (30 tacos) y tuvieron también en cuenta que su rodilla puede aguantar perfectamente tras la operación del virtuoso gallego Manolo Leyes… o quizá no. Unido a que Rodri expresaba sensaciones ambivalentes hacia el Real Madrid, su fichaje se frustró y ha acabado en el Barcelona, ese club quebrado que al final siempre encuentra dinero para todo y que ha pagado 60 millones por él.

Rodri ya ha debutado con el Barcelona y ha expresado su satisfacción: «Estoy feliz. Es el sitio donde quería estar». Pero muchos no entendemos cómo es que quería estar ahí, toda vez que ese club es antiespañol de manera militante, aunque su hinchada no lo sea mayoritariamente.

No siempre fue así, porque el Barcelona se ha mostrado adepto al cómodo principio marxista (sección Groucho) de «estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros». Resulta ameno visitar la hemeroteca de La Vanguardia Española, repasar aquellas portadas con la directiva del «más que un club» rindiendo pleitesía a Franco (un periódico, por cierto, que más tarde también se reconvertiría, publicando el editorial conjunto proseparatista durante la crecida golpista, porque hay que colocarse siempre al calor del dinero y el poder).

En 1954, el Barcelona concedió a Franco su insignia de Oro y Brillantes. En agosto de 1965, un Consejo de Ministros celebrado en el Pazo de Meirás aprobó, tapándose la nariz, la turbia recalificación de los terrenos de Les Corts, a fin de salvar las arcas del Barcelona, pues por entonces ya andaba como ahora: semiquebrado y flotando a base de chanchullos.

Acto seguido, Franco recibió como agradecimiento el título de socio de honor del «más que un club». En 1971, nuevas ayudas del Gobierno de «Madrit»: 43 millones a fondo perdido para los dos edificios del Palau Blaugrana, y nueva medalla del «más que un club» para Franco. En febrero de 1974, el Barcelona todavía seguía siendo franquista, pues allá se fue al Pardo toda su directiva para rendir pleitesía a Franco con motivo del 75 aniversario, entregándole la medalla de honor de la efeméride.

Muerto su queridísimo Franco, el Barcelona se hace nacionalista primero y separatista después. Ese giro lo ha convertido en una sociedad activamente antiespañola, con lo que a muchos nos expulsó de la inocente simpatía barcelonista de nuestra infancia, cuando nos enganchamos con los melenudos pop Cruyff y Neeskens. Imposible querer a quien no te quiere.

Hoy el Barcelona está presidido por un astuto vivales nacionalista, Laporta, que en el Mundial de Estados Unidos se dejó llevar por nuestro éxito y españoleó un poquito para poder coctelear con las élites. Los talibanes del separatismo anotaron y lo esperaban enfurruñados a su regreso a Cataluña. Laporta necesitaba un gesto de fe separatista para hacerse perdonar. Con la excusa barata de que un chaval hincha del Barça provocó a los antidisturbios en Elche y recibió un par de porrazos, Laporta suspendió el homenaje previsto en el Nou Camp a los ocho jugadores del Barcelona que ganaron el Mundial con España y lo sustituyó por un acto de «exaltación de la estelada» (la bandera ilegal que promueve el separatismo y que cuelga de muchas instituciones oficiales, ante la abulia de la justicia y el Gobierno para aplicar la ley).

El Barcelona proyectó la estelada en sus pantallas gigantes, repartió diez mil banderolas de la misma y Laporta y su directiva cantaron arrobados himnos regionales a la vera de próceres separatistas (esta gente es muy de cantar y lagrimear).

Rodri, el capitán de la selección española, nacido y criado en Villanueva de la Cañada, 36 kilómetros al oeste de la Puerta del Sol, parece querer bien a su país. Hay momentos especiales en los que en la vida asoma lo que cada cual lleva dentro, y en la mastodóntica fiesta de Cibeles a él le salió del alma su aprecio por España. Mientras la estrella Yamal optaba por escaquearse por el fondo del escenario con unas gruesas gafas de sol en plena noche, Rodri empuñaba el micro y soltaba un eufórico «¡viva España y viva el Rey!», coreado con fervor por la marea humana. No parece que las simpatías del magistral futbolista madrileño estén precisamente con el separatismo catalán.

Así que me atrevería a decirle a Rodri que, a pesar de que es una persona cabal y bien formada (graduado en ADE), se ha columpiado por todo lo alto al fichar por el Barcelona. Ganará un pastizal, pero ya lo tenía y podía haberlo aumentado en otro destino. Puede que conquiste muchos títulos, pero ya posee todos los importantes. Sin embargo, no lo va a pasar nada bien jugando para una directiva que fomenta la aversión a su país, España.

Rodri, muchacho, ¿cómo te has metido ahí? ¿Qué ventolera te ha dado? En la vida conviene ser consecuente, porque de lo contrario se pasa mal y se queda aún peor.