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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Calor

Incapaz de cualquier patriotismo español, a la PSOE le ha bastado un mes –desde la invasión hasta hoy– para dejar al descubierto: su sometimiento a Marruecos; su falta de disposición a defender la integridad territorial de España

Durante unos días pareció que los comunistas no veían con buenos ojos la invasión marroquí de Ceuta. Claro que hacía mucho calor, estábamos relochos. No al nivel de Sánchez, pero sí al ralentí. Como es sabido, en verano hay mucho cambio climático, y hasta que no te acoges al aire acondicionado no razonas con normalidad. O sea, que tanto podía ser que los comunistas se hubieran vuelto un poco virtuosos de repente –lo que significaba la pérdida inexorable de su condición, que no admite brechas en el vicio intelectual y moral–, como que fuera uno el que no entendía bien la cháchara lejana procedente del fondo a la izquierda.

Eso obligaba a una cierta prudencia, si bien nos daba gozo aquel inesperado rayito de esperanza. No era plan de hacerse demasiadas ilusiones, pero costaba evitar esta ilación desatada y ociosa: si los comunistas españoles se hacían un poco patriotas, en un santiamén avergonzarían a la PSOE. Incapaz de cualquier patriotismo español, a la PSOE le ha bastado un mes –desde la invasión hasta hoy– para dejar al descubierto: su sometimiento a Marruecos; su falta de disposición a defender la integridad territorial de España; la existencia de facciones, dentro de su Gobierno, incompatibles entre sí; la imposibilidad de decir una verdad; la dificultad de mantener una mentira (consecuencia de la quiebra del Ejecutivo en dos trozos); la inutilidad de la propaganda cuando te están invadiendo la nación; la prioridad de los invasores marroquíes sobre los ceutíes, que estaban tan tranquilos; la existencia de un entramado de negocios parasitarios del dinero público (de nuestros impuestos) cuya sórdida estrategia consiste en hacernos sentir culpables; la excentricidad de unos militares desarmados y vulnerables ante cuatro navajeros.

Todo eso y más ha quedado al descubierto. A propósito de la canícula, no desprecien su influjo sobre nuestra percepción de la realidad y sobre nuestra conducta. El personaje más célebre de Albert Camus, Meursault, mata a un moro porque hace mucho calor. Es lo que hay, lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo, que diría Sandro Giacobbe en la canción que conmovió a la peña en 1975, año de la Marcha Verde. Lo morería irrumpió entonces en nuestro Jardín prohibido y ahora no se dónde irrumpe porque deploro los productos musicales del momento. Pero irrumpe.

Con lo que, sin llegar a la ida de olla de Meurault, el sol inclemente de agosto nos aturde, hasta el día de hoy. Y se queda en mera especulación la posibilidad de que los comunistas se situaran definitivamente a la derecha del PSOE. A mí me trae al pairo porque pienso de Enrique Santiago y Pedro Sánchez lo que pensaba Felipe González de Julio Anguita y José María Aznar. Quien se acuerde, ya sabe. Quien no, que pregunte. No voy a despedir esto con alusiones escatológicas estando en Florencia, donde solo la presencia de un excesivo turismo catalán ha logrado evitar que me afectara el síndrome de Stendhal. Ahora me vuelvo a los Uffizi.