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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

El que vuelve

Sólo en lo efímero alienta un rescoldo de eternidad. Lo eterno se encierra en este estar seguro de que nadie volverá a poner sus pies, sobre las huellas que sellaron pasos nuestros, a los cuales dejó en nada la piedad del mar

En días como estos, cuando la inaugural luz de septiembre trueca el mundo de anteayer en otro, porque sólo el rotar de las estaciones transfigura el universo para mejor repetirlo; en días como éstos, días de volver a casa, a la aceptada rutina a la cual llamamos casa, todo nos es retorno a la celda de salida. ¡Una vez más! ¡Qué pereza!

Ante el papel, pues. Hoy. De nuevo. Ante el reproche callado de la reseca estilográfica, que quedó abandonada a la asesina canícula madrileña. Cuatro semanas de lejanía, y quisiera decir casi de olvido, no bastan para aliviar el peso de abrir otra vez los ojos. Como platos. A un presente aún más vulgar que odioso. Primer día. Que es siempre inaugural. Porque, ¿qué vida?, se pregunta el que escribe, ¿podría atribuírsele al pasado? Al alcance de su mano está Quevedo: «soy un fue y un será y un ser cansado». De esa fatiga debe un hombre sacar todo cuanto él es. Sin los consuelos vanos del recuerdo. Sin las brumas que despliegan risueñas promesas de mañana. Retorna a lo real. Es todo. Y, en el umbral de este retorno, nada va a querer saber hoy de los obscenos mercachifles del Estado; de esa banda de bandas que –es su oficio– prestidigitan el arte de envenenar nuestras vidas. Es su oficio, sí. De mala gente.

Mañana, mañana se le impondrá avenirse a escribir de lo que importa, de eso que, desde siempre, arruina nuestras vidas: el mal, ese mal sin calificativo que ofician desde el poder los sinvergüenzas. Pero es que hoy el primer sol lo ha despertado muy temprano. Madrid, en las filosas madrugadas de septiembre, es un don que habría que estar loco para no saberlo inmerecido. Bajo la fría cuchilla de este vermeil muy pálido, sobre cuyo pulido espejo la ciudad se insinúa, perder el átomo de un segundo en evocar a la mala gente sería pecado. Mortal. Ya habrá tiempo para tantas sordideces. Demasiado. Sabe eso. Lo acepta. Hoy, no. Lee, en un libro muy viejo, la voz de un viajero perdido: «anhelo cada día retornar de vuelta a casa». Pero él sabe que el lugar al cual se vuelve no es ya aquel que abandonaste.

Hoy va a preferir dejarse llevar, como en volandas o como en un sueño grato y profundo, a lo largo de la fría línea de luz que alarga inverosímilmente su sombra entre la plaza de España y el Palacio de Oriente. Decide, por un día, regalarse un destello de flâneur baudelairiano: ver todo, no jugar a nada. Y, como Baudelaire, soñarse aquí tan sólo pasajero de sí mismo, transeúnte, indolente turista de su propia vida. Ser este que todo lo anhela ver; apreciar, nada. Lo embarga, sin haberlo convocado, un fármaco benevolente: el de los libros. De ellos le fue dado aprender que nada son los recuerdos; los proyectos, menos aún que nada. En tan sólo el desierto del presente un hombre es libre. Los otros tiempos del verbo engañan. Saborea la maravilla de que Parménides supiera eso, aun antes de existir la palabra «filosofía».

Inventar lo que fue es –y bien está que lo sea– lenitivo para resignarse al presente: esto que nunca nadie ha elegido. Pone en pie el teatrillo del primordial turista: el que nada recuerda de lo visto. Porque repetir agosta. Y el que recuerda, repite. Sólo hay primeras veces: lo demás son ficciones. Y una estepa acumulada de ayeres mustios.

En cada esquina de cada ciudad, acecha el eco de un error. O de un acierto. Pretéritos perfectos: lo mismo. Esto es: nada. Al cruzar cada calle, da en la sombra de una apuesta. Perdida. O, peor aún, triunfante. Seres que fueron. Ahora, nada. Eso es la vida. La vida, al menos, que merece ser tenida en cuenta, cuando el tiempo, como siempre, gana el juego.

Lo que él fue, apenas le es reliquia. Mejor así: sólo en lo efímero alienta un rescoldo de eternidad. Lo eterno se encierra en este estar seguro de que nadie volverá a poner sus pies, sobre las huellas que sellaron pasos nuestros, a los cuales dejó en nada la piedad del mar. Nadie va a repetir sus gestos. No, no es que eso vaya a ser bueno ni malo. Es. Inexorable. La eternidad entera cabe en la certeza matemática de que nada hay en haber sido. Y el transeúnte vaga, al azar, entre la niebla de su paradoja. De sí, recuerda lo que él fue; lo que él no es, por tanto: un divertido acertijo de fantasmas. ¿Su mundo? Igual que el de todos: res derelicta. En días como éstos. Demasiado bellos.