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Palabra de honorCarmen Cordón

Confieso: Yo no fui

Después llegó la burla. Jesús Cintora preguntó en antena si Marcos de Quinto, uno de los promotores de la iniciativa, era «un cantamañanas» y lo rebautizó como «Marcos de Tercio» por aparecer con una cerveza en la mano. Qué barata resulta la ironía cuando otro ha pagado el esfuerzo

Confieso que soy una creída y estoy avergonzada. Me tenía por una mujer valiente, comprometida, capaz de dar un paso al frente cuando toca, de esas que «en las peores circunstancias demuestran de qué pasta están hechas». Toda la vida con la dichosa frasecita… En mi defensa diré que tenía mis motivos para tanta autoestima: el GRAPO secuestró y asesinó a mi padre en 1995 y, desde entonces, no he rehuido una sola batalla. He peleado con ferocidad cuando ha tocado y he aguantado cuando no quedaba otra. Así, después de más de treinta años en modo Leónidas, acabé creyéndome una valiente. Miembro acreditado de una familia de valientes.

Pues resulta que ya no estoy tan segura de tanto arrojo y tanta épica.

Me declaro culpable. Hace unos días tuve la oportunidad de embarcarme rumbo a Ceuta, pero no fui. Procedo a declarar contra mí misma. Los hechos son los siguientes:

Se organizó la Armada Civil Solidaria de Ceuta. Ya que el Gobierno de España no enviaba ni una fragata de defensa; ya que no se ponen medios para que lo sucedido no pueda repetirse; ya que los españoles de Ceuta están abandonados; ya que Marruecos, detrás del ataque, sigue elevando el tono de sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla; ya que el Rey Felipe no aparece por allá y la sensación de humillación es insoportable, unos comprometidos civiles decidieron plantarse allí.

Una armada voluntaria y civil española cruzaría el Estrecho para, permítanme la expresión, marcar territorio, recordar a los nuestros que no están solos y decir alto y claro que Ceuta es España.

La imagen me llevó inmediatamente a Dunkerque. Salvando todas las distancias, pensé en aquella escena de la película: los muchachos aliados acorralados en las playas francesas, esperando pálidos frente a las frías aguas del canal de la Mancha, y aquella flotilla de pequeñas embarcaciones civiles Inglesas apareciendo en el horizonte para recogerlos.

Me entusiasmó.

La difundí apasionadamente, moví contactos, busqué adhesiones, reenvié mensajes. Todo cabía cómodamente en mi vida. Entonces, dos días antes, me llamó uno de los organizadores:

«Hay un sitio en mi barco. Vente».

Y yo, la arrojada, la valiente, la comprometida, dije no.

Soy navegante. He cruzado el Estrecho varias veces y no es un paseo por el Retiro. Da miedo: tráfico incesante, corrientes, oleaje, encontrarse aislado y completamente vulnerable ante ataques de orcas. Además, estaba lejos, visitando a mi suegra, muy mayor, a quien no habíamos visto en todo el verano. Tenía mis planes, mis compromisos, mis obligaciones. Yo ya había hecho mucho moviendo contactos ¿No?

Es alucinante la capacidad que tenemos los seres humanos para consolar nuestra conciencia. Hume sostenía que la razón es una herramienta al servicio de las pasiones. Pues eso. Mi agudo cerebrito se puso a trabajar y enseguida fabricó el anestésico necesario para adormecer mi compromiso y supuesto arrojo. Para no «poder» estar. Y, sin necesidad de mentir, escogió entre todas mis verdades las que más convenían para continuar con mis planes: Reuniones apalabradas, abuelas sin visitar, recoger el coche del taller. Pero la realidad era muy sencilla. Es una cuestión de prioridades: poder, podía haber ido y no fui.

Después vi los vídeos. Dios también había decidido echar una mano. Tuvieron buena mar. Allí estaban, cruzando el Estrecho más de un centenar de embarcaciones, llenando el mar de banderas españolas y trazando una raya sobre el agua para decir: estas aguas son España. Desde la costa, cientos de ceutíes los aclamaban ondeando las suyas. Haciendo lo elemental: estar.

Y sentí vergüenza. Busco una palabra más grande para explicarme. No la encuentro.

Rosa Montero escribió una vez que todos tenemos un «barrunto íntimo de nuestra bravura», una medida secreta con la que nos sabemos más o menos valientes o cobardes. La mía acababa de sufrir una seria corrección a la baja.

Y pensé en el secuestro de mi padre ¿Cómo podía aquella muchacha de 27 años, embarazada, ponerse delante de unos terroristas, cruzar fronteras con un rescate y, treinta años después, no ser capaz de coger un petate y cruzar el Estrecho?

Es fácil. Era para salvar a mi padre. Aquella batalla me había elegido a mí. Esta vez yo elegía la batalla. Y no la elegí.

¿Será que sólo somos capaces de comprometernos de verdad cuando el dolor es propio? ¿Tiene que ser nuestro padre el secuestrado, nuestro negocio el arruinado, nuestra casa la okupada, nuestra hija la violada, nuestra calle la invadida?

¿Hasta dónde llega el perímetro de las cosas que consideramos nuestras?

Después llegó la burla. Jesús Cintora preguntó en antena si Marcos de Quinto, uno de los promotores de la iniciativa, era «un cantamañanas» y lo rebautizó como «Marcos de Tercio» por aparecer con una cerveza en la mano. Qué barata resulta la ironía cuando otro ha pagado el esfuerzo. Uno había ayudado a organizar una flota y cruzado el Estrecho; el otro hacía juegos de palabras desde un plató. Yo tampoco me salvaba: contemplaba el vídeo y comprendí, con bastante fastidio, que, desde mi sofá, estaba más cerca del segundo que del primero.

Ese día, comiendo unas migas granadinas en el Churrasco de Torrenueva, mi cuñado dijo: «Si yo fuese ceutí, me daba algo». «Pero eres español. Esto también te está pasando a ti», pensé, pero no verbalicé.

¿Qué nos pasa? ¿Acaso hemos sustituido el deber por las ganas? Voy si me apetece. Me comprometo si no me complica demasiado. Defiendo España mientras quepa entre el café y la comida. Me indigno al ver el telediario. Y continúo con mi vida.

¿Cuánto estamos dispuestos a incomodarnos por aquello que decimos que nos importa? ¿En qué momento una convicción se convierte en compromiso? ¿Cuánto tiene que costarnos una causa para que sea realmente nuestra?

Me declaro culpable. Culpable de haberme creído más valiente de lo que soy, de confundir el coraje con defender lo mío y, sobre todo, de exigir al compromiso de los demás bastante más de lo que esta vez estuve dispuesta a exigirme a mí misma.

Vistos los hechos, dicto sentencia: Hay que dar un paso al frente. Hay que estar.