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Pedro Sánchez es el embajador de Marruecos en España, y nada le parece suficiente para reprocharle nada y tomar las medidas oportunas contra un país invasor que, además, no esconde sus intenciones anexionistas sobre Ceuta y Melilla; mientras él peroraba vacuidades y mentiras en favor de Mohamed VI, otro ministro insistía públicamente en el afán invasor sobre las dos ciudades españolas.

El líder socialista ha cometido todo tipo de tropelías desde hace una década, pero en todas ellas él obtenía un beneficio personal, nada menos que la Presidencia: la infame amnistía, los indultos, la condonación de la deuda y hasta la colaboración para sacar etarras por la puerta de atrás son algunos de los impuestos revolucionarios que un amoral sin límites ha pagado gustoso, para perjuicio de su país. Pero a él le rendían dividendos.

Algo que no sucede con su pleitesía sumisa hacia Rabat: todo lo que ha dado, todo lo que ha callado, toda su pasividad y toda su complicidad no ha hecho otra cosa que dañarle públicamente, superando las cotas de su propio descrédito que ya parecían imbatibles. España entera se ha echado a la calle por Ceuta y contra él; sus socios le han denigrado, los ceutíes no le pueden ni ver, una parte del PSOE se ha sumado a las manifestaciones, su Gobierno se ha quebrado y, en el viaje de fabricarle coartadas al invasor, ha llegado a enfrentarse a los Cuerpos de Seguridad acusándoles poco menos de conspirar contra él.

De todo ello no ha extraído rédito alguno. Todo son castigos y, sin embargo, ha decidido continuar por esa línea, a sabiendas de que es inviable, como si lo único que pudiera permitirse es ganar cinco minutos más, buscar alguna trampa nueva, tratar de improvisar un penúltimo truco con la esperanza de contentar al invasor y, al mismo tiempo, fabricar un relato absurdo pero suficiente para mantener prietas sus tristes filas.

Aunque sea con mentiras tan obscenas como la perpetrada contra la Policía Nacional y la Inteligencia española, que no solo advirtieron de la invasión en marcha, sino que además podrían revertirla en 48 horas si tuvieran las órdenes oportunas: ellos solos, sin necesidad de un despliegue militar de tintes bélicos, desalojarían Ceuta en poco tiempo si de verdad Sánchez quisiera o le dejaran.

Esto último parece la clave de todo: por lo que sea, y hay indicios sólidos de cuál puede ser la razón, España tiene un presidente maniatado que no puede cumplir con su función constitucional, que es aplicar rápido y sin ambages la respuesta a una «violación de la integridad territorial», tal y como él mismo la definió en el único momento de lucidez y decencia que ha tenido en este asalto insoportable.

¿Por qué no lo hace? ¿Qué sabe Mohamed de él como para que Sánchez se inmole públicamente en su favor, se gane a pulso el título de traidor y no pueda extraer de todo ello ninguna ganancia política? ¿Por dónde le tienen pillado para que prefiera catalizar, al fin, una respuesta social masiva que ninguno de sus múltiples escándalos previos había logrado activar y ahora ya parece irreversible? ¿A qué tiene miedo como para que su mejor baza, ante las evidencias de su complicidad con un acto bélico, sea agredir a quienes intentaron ayudarle a prevenirlo y revocarlo?

Sánchez ha sido más duro con Felipe que con Mohamed, más sensible con los invasores que con los invadidos y más contundente contra nuestros policías que contra sus homólogos marroquíes, ejecutores de un plan que venía de palacio y palacio utiliza ahora para coronar la invasión con el desalojo definitivo de los ceutíes, de los melillenses y si se pudiera de los canarios.

Cuando uno prefiere pasar por un traidor es que la otra opción es aún peor. No hace falta saber la causa exacta para concluir que Pedro Sánchez trabaja para Marruecos, que es tan rehén de Mohamed como aquí de Otegi, Puigdemont y Junqueras y que, para salvarse de las consecuencias inevitables de su traición, solo puede intentar destruir definitivamente España. Un presidente decente ya hubiera accionado la respuesta a una acción hostil como esta: él ha preferido estar con los enemigos y, eso sí, que parezca un accidente.