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José Miguel Ortí Bordás ha escrito un excelente libro sabio, Memoria de la dictadura y de la transición. Una Introducción, un puñado de recuerdos y un prólogo. La primera, sobre su generación, la generación de la paz. Lo segundo, la rememoración de un pasado cercano y lejano. Y, por último, el «Epílogo para hambrientos». De este último, brevemente me ocupo.

No está de moda hablar de patriotismo. Incluso está mal visto. Suena mal, como algo añejo y pasado, mientras que nacionalismo parece algo nuevo y prometedor. El mundo al revés. Los destinatarios del Epílogo son los hambrientos de patria, los hambrientos de España. En tiempos de indigencia patriótica, un comprometido ejercicio de patriotismo, un poco, o un mucho, al estilo de Ortega: un patriotismo del dolor, ante una España exangüe que se deshace. Pero también convive con un patriotismo de la ilusión y de la esperanza. Nuestra nación ha dado muchas veces lo mejor de sí cuando estaba al borde de la extinción.

Acaso si miramos bien la crisis provocada por la invasión de Ceuta, podamos comprobar un cierto renacimiento del patriotismo. Porque el clamor nacional en apoyo de la ciudad autónoma no es solo un movimiento de solidaridad hacia los ciudadanos que están padeciendo el sufrimiento atroz y el abandono del Gobierno, sino también una exhibición de patriotismo ante el dolor de una España que se resiste a dejar de ser. Parece que abundan estos hambrientos de España que sólo despiertan cuando la situación apenas puede empeorar. Estos hambrientos no pueden entender que sus gobernantes hablen de un aliado fiable y necesario cuando el régimen de Marruecos no deja de declarar su decisión de anexionarse Ceuta y Melilla, ciudades que ya eran españolas cuando el reino de Marruecos aún no existía. En cualquier caso, declarar un aliado fiable a quien atenta contra tu soberanía nacional no deja de ser una curiosa extravagancia política. Acaso explique por qué los independentistas internos también son aliados fiables.

El patriotismo requiere que exista una patria, una sola patria. En la guerra y sus prolegómenos hubo patriotismo en los dos lados, pero el verdadero patriotismo requiere la unidad y la concordia. Ese patriotismo es el que protagonizó la generación de la Transición, más allá de sus defectos y errores. Un proceso que dirigió la generación de los reformistas y críticos procedentes del interior del Régimen franquista con la patriótica colaboración de buena parte de la izquierda. Por eso cabe hablar de «generación de la paz». Por eso los enemigos de la reconciliación y de la concordia aspiran a dinamitarlo en nombre de la revancha y el resentimiento.

En los últimos años, pongamos que desde la llegada de Rodríguez Zapatero al poder, hemos vivido un proceso de desnacionalización de España, de convertir a nuestra nación en mosaico de territorios sin proyecto común. Un proceso de negación de España. El relativismo, aliado del nihilismo, ha profundizado en su tarea de suplantar la verdad por la falsedad. Sobre todo cuando se trata de los mejores momentos de España en su historia, como la Reconquista y la empresa americana.

El Epílogo, y el libro, de Ortí Bordás termina con estas palabras: «No cabe duda de que sobre la España cultural y política de hoy se abaten serias preocupaciones. Mas lo que fundamentalmente importa es impedir que España se despeñe y empequeñezca, que la mera mención de la patria nos ruborice y avergüence, que la nación se extravíe y disperse, como el pecio de un naufragio culpable y esperado» Y añade: «La España de la que sentimos hambre y cuyo sabor ya presentimos ya está aquí. Sólo hay que tocarla».

Es posible que España al fin salga del marasmo y despierte.