Francia ante el manicomio
Un psicópata eficacísimo, el tal Mélenchon. Y, como todo psicópata eficaz, un superviviente nato. El más digno heredero, en resumen, del cínico François Mitterrand; esta vez, en sincera versión manicomio
Tengamos la cortesía de evitar, en lo posible, la retórica. Jean-Luc Mélenchon no es extravagancia política. Es psicopatía vulgar y corriente. Esas cosas se tratan –y hasta se curan– en los frenopáticos. No es para tanto. De momento.
Si, como anunciaban anteayer las encuestas en Francia, el antisemita Mélenchon tuviera garantizado el paso a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de abril, entonces sí, la extravagancia tomaría tintes serios. Desde el ascenso de un paranoide pintor vienés de brocha gorda a la cancillería –y luego a la omnipotencia– alemana en 1933, un tal triunfo de la psicopatología sobre la política no se había impuesto en Europa. Y no, no sería sólo la Quinta República Francesa la que entraría en barrena. Todo el proyecto europeo –la UE no es, al fin, más que el oropel decorativo del eje París-Berlín– bailaría en precario sobre el último estambre de una maroma deshilachada.
Como otros tantos horrores de la Francia contemporánea, Mélenchon es criatura de François Mitterrand. Biografía ejemplar, la del fallecido presidente: de la extrema derecha de los Croix-de-Feu a la presidencia socialista a perpetuidad, pasando por la fidelidad condecorada por Pétain en Vichy y a sucesivos ministerios en los gobiernos más reaccionarios de la Francia de la IV ª República. De Gaulle –que, ideologías aparte, era un tipo decente– tenía de él el peor concepto que se pueda tener de un hombre. El general acertaba. En 1971, Mitterrand disolvió el viejo y respetable socialismo francés (la SFIO) para fundar una cosa nueva, de propiedad exclusiva suya: el PS. Se atrajo, como aliado indispensable, al tan bienintencionado Michel Rocard; apenas llegado al poder, le cortó el gaznate. Hizo asesinar a los ecologistas del Rainbow Warrior. Le salió gratis. Todo. Se eternizó en la presidencia. Hasta el umbral mismo de la muerte: espíritu intachable de monarquía republicana. Tras él, el socialismo francés quedó en escombros y envilecido. Personaje horrible. No se discute. Y listo como el diablo. Se discute aún menos.
¿Por qué el monarca Mitterrand se dignó poner los ojos sobre un personajillo insignificante y obviamente desquiciado, como lo era el entonces joven Mélenchon? Nunca tentaron a Mitterrand los arrebatos sentimentales. Él era un killer. De temible eficacia. Detectó enseguida que el 68 se había saldado con una doble derrota. La de los revolucionarios. Inmediata. Y la de un general De Gaulle, a quien muy poco tiempo de supervivencia le auguraba la carcoma de su régimen. Quien quisiera hacerse con el poder vacante debía recoger los residuos del izquierdismo vencido y amasarlos bajo etiqueta respetablemente conservadora. «Socialista», por aquel tiempo, tenía aún esa resonancia. Debía también garantizarse, desde el momento fundacional, el absoluto control único del engendro.
Fueron cayendo en su red los desengañados del primer armamentismo –hoy se diría terrorismo– de la maoísta Gauche Ouvrière et Paysanne. Y la fracción menos respetable del trotskismo francés: los «lambertistas» de la OCI, profetas de la infiltración en los partidos socialdemócratas –lo que se llamaba entonces «entrismo»–. Lionel Jospin, el más brillante de los ministros «entristas», abre a Mélenchon el camino hacia un Mitterrand que gusta de esos decorados juveniles para cazar una bolsa específica de su electorado. Tampoco es que la de Mélenchon fuera una carrera política deslumbrante: un ministerio –que era, en realidad, un viceministerio– creado a su medida por sus viejos camaradas Jospin y Lang, con el pintoresco nombre de «ministro delegado para la enseñanza profesional ante el ministro de la Educación Nacional». Demasiado largo para ser serio.
Luego, vaya usted a saber por qué capricho, al monarca Mitterrand le dio por morirse. Para entonces, el discípulo desquiciado había aprendido un par de cosillas acerca de cómo crecer sobre el cadáver de los colegas. Y fue liquidando todo cuanto pudiera quedar de las viejas izquierdas. Con ellas hizo lo que Mitterrand hiciera antes con los socialistas. No estará demasiado bien de la cabeza. Puede. Pero, en lo de decapitar a los amigos, no ha tenido igual en los dos últimos decenios. Un psicópata eficacísimo, el tal Mélenchon. Y, como todo psicópata eficaz, un superviviente nato. El más digno heredero, en resumen, del cínico François Mitterrand; esta vez, en sincera versión manicomio.
Ahora, todas las encuestas proclaman a Mélenchon seguro candidato a la segunda vuelta presidencial francesa en abril del 27. Frente a una candidata igual de segura: Marine Le Pen. Y el estupor no es ya sólo de Francia. Es la UE la que no acierta a entender qué es este monstruo que ella misma ha creado.